LA MANO

Por Marcela Royo Lira

La historia comenzó con los golpes en la puerta. Rectifico, fue con la carta en cuestión. Quizás, incluso antes, cuando desde el balcón el hombre vio al cartero en la vereda de enfrente y supo al verlo atravesar la calle y verificar los números, que llamaría a su casa. Demoró adrede en atender. Un presentimiento lo mantuvo inmóvil detrás de la madera. Escuchó el suspiro del otro, algo como un imperceptible rezongo. Lo imaginó agachado, aprontándose a deslizar el sobre por debajo de la puerta. Entonces, abrió de golpe. El mensajero dio un respingo y pidió disculpas sin haber por qué.
Una vez solo, el hombre se enteró que la enviaban desde un bufete de abogados. ¿Qué querrán estos leguleyos? se dijo entre dientes. No sabía por qué pero una ligera inquietud lo había alertado. Revisó mentalmente sus actos de los últimos tres años. Por si acaso. Nunca se sabe, pensó. Y se acordó, cuando un año atrás una conocida casa comercial había iniciado una persecución judicial en su contra por la compra de un electrodoméstico. Una mujer, que no conocía, dio su dirección. Le costó, dinero y tiempo, convencerlos que nada tenía que ver con ella. Amenazaron con embargarle parte de su mobiliario.
Ahora la cita era para dentro de dos días. No especificaban de qué trataba.
Cuarenta y ocho horas después, cuando abandonaba la oficina de abogados, el hombre sonreía incrédulo de su suerte. Como único beneficiario, heredaba, de un tío de su madre, una casona en Santiago, de once habitaciones, tres salones y un patio interior de naranjos y hortensias, ubicada en el antiguo barrio de Avenida Matta.
De vuelta al Puerto de Valparaíso, donde actualmente vivía, recordó haberlo visitado siendo niño en dos o tres ocasiones. Un viejo cascarrabias que lo obligaba mantenerse quieto mientras los mayores conversaban, a veces en voz tan baja que los creía urdiendo maldades de las cuales él no podía enterarse. Se acordó también del olor a encierro y humedad, a naftalina y orina de animal; del tapiz de los muebles viejos, sucio y hediondo. Y de las ratas que corrían en el entretecho, del gato tuerto y al parecer sordo que dormitaba junto al brasero. También, de la caja grande con soldaditos de plomo que le hizo llegar, a los nueve años, para una navidad. Fue la última vez que supo de él, su madre murió poco tiempo después y cesó el contacto.
Una tarde fría y amenazante de lluvia, viajó a la capital a reconocer la vieja casa de adobe que siempre había querido olvidar.
Sabe que es absurdo, pero el antiguo llamador de la puerta de calle, comunmente llamado La Mano de Fátima, lo inquieta. Hace un mes habita la casona de calle Lord Cochrane. Las puertas de todas las habitaciones abren a un largo pasillo en penumbras. Hay tragaluz en los salones y otro en el baño principal. Las piezas son oscuras, sin ventanas al exterior. Recuerda el miedo que sentía al entrar. Escondido tras la mampara su madre debía poco menos que arrastrarlo hacia el interior.
Pero hoy es adulto. Es absurda esta desazón, se decía cada vez que cruzaba la entrada.
Todo comenzó el día que llegó a instalarse. En la calle, esperaba el camión cargado con los muebles y la ropa repartida en un baúl y dos maletas. En el momento en que había introducido la llave en la cerradura le pareció que la mano giraba levemente, como si quisiera conocer al nuevo dueño. Horas más tarde, mientras se tomaba un vaso de whisky, la escuchó golpear con fuerza la madera, sin embargo, al abrir no había nadie. Tuvo la desagradable impresión, mientras se preparaba otro trago (este era el tercero) que no se iban a entender. Cuando niño se entretenía jugando con ella, la levantaba y dejaba caer abruptamente.
─Deja de hacer eso, hijo. La vas a cansar ─lo regañó su madre en varias ocasiones. El tío, en un arranque de furia, le había golpeado las manos con una varilla y él, en un descuido de los mayores, encendió una vela y mantuvo la llama sobre la mano largo rato. Riendo malévolo, como si percibiera el dolor del bronce.
En el transcurso de los meses el llamado a horas imprevistas e inoportunas lo tenían al borde del colapso. Al principio pensó en jugarretas de niños, era la única casa que aún mantenía ese tipo de llamador, o en gente ociosa. Incluso en los “okupas” de la otra cuadra, pero cuando la descubrió vigilando sus horas de salidas y llegadas, en el mismo movimiento imperceptible del primer día, supo que el asunto iba en serio y sólo era entre los dos. Se aficionó al whisky, bebía a deshoras y en mayores cantidades. Cuando venía de vuelta se disfrazaba como un encapuchado para ver si así no lo reconocía. Sin embargo, la mano siempre daba los dos golpecitos, como en sorna.
Sucedió de madrugada.
Llovía y hacía frío. Llevaba dos días en cama con fiebre y un fuerte dolor de garganta, sin ánimo para levantarse. Al séptimo llamado, harto de la jugarreta, cogió el combo de acero, que había encontrado entre la leña de la cocina, y se dirigió a la puerta de entrada. Entonces, con todas sus fuerzas y de un golpe seco, la arrancó de cuajo. En el suelo, continuó golpeándola, a pesar que los golpes no hacían mella en el bronce. Luego, envuelta en hojas de diario, como si fuese un ratón muerto, la arrojó dentro del tacho de la basura.
Días después, alertados por los vecinos del mal olor, la policía lo halló en su cama, muerto por estrangulación. La Mano de Fátima yacía junto a él.

LAS MALAS COSTUMBRES SE CONTAGIAN

Era mitad de mañana y hacía frío. Eché de menos el chaquetón que no quise ponerme antes de salir. Caminé varias cuadras con el notebook, en busca de un local donde tomar una taza de café. Lo necesitaba. Salí de casa malhumorada, molesta, y quería meditar sin bulla. El gentío de Irarrázaval y avenida Macul me estorbaban. Torcí por Dublé Almeyda y entré a The marraqueta Factory. Me gustó: mesas solitarias y el silencio en el interior de la casona. Ubiqué un lugar junto a la ventana. Las flores de los jacarandás habían cubierto de una alfombra morada la vereda. “El viento las roba, les besa y, como mal amante, las abandona”, recuerdo que pensé mientras me acomodaba, dispuesta a trabajar.
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Con el computador portátil abierto sobre la mesa comencé a idear una historia. Al día siguiente tenía taller de literatura y el profesor era severo con los textos. El perro, en la calle, me distrajo durante un breve instante. No sé a quién le ladraba. No se veía a nadie. Volví a lo mío.
Al poco rato, un hombre joven, de terno y corbata, empujó la puerta de entrada. Los ladridos que lo habían seguido se quedaron al otro lado. El muchacho permaneció inmóvil, vacilante. Miró en rededor. De pronto, cuando me vio, dibujó en su rostro una expresión de asombro, como si me reconociera.
─¡Ah! Usted es escritora ─exclamó, dándose una palmada en la frente─. Lo sé, porque quiso estar a solas, escribiendo en el computador portátil.
Luego, se acercó a mi mesa.
─¿Puedo? ─dijo, señalando la otra silla.
─¿Por qué no? ─pensé y dije en voz alta. Me gustan los hombres bien vestidos.
Resultó un joven culto. Contó que era de Punta Arenas y que se vino a estudiar Licenciatura en Arte en la Universidad de Chile. Hablamos de libros, de ópera y las distintas escuelas de pintura. Las horas pasaron raudas. Miré el reloj. Las dos de la tarde. Pensé en mi marido, en casa. Debía estar furioso esperando el almuerzo. Antes de despedirme, fui al baño.
─Cuídame las cosas ─le pedí con un guiño.
Habíamos descubierto que éramos vecinos. Cuando le conté, en respuesta a su pregunta, que vivía en Exequiel Fernández, a pocas cuadras del Café, de inmediato confesó que alojaba en el edificio de la esquina, donde su madrina. “Apenas entré supe que la había visto en alguna parte”, dijo con una sonrisa encantadora y puso su mano sobre la mía. Me sentí halagada. Un muchacho apuesto, moreno, de grandes ojos negros, fijándose en mí, madre de dos hijos de su misma edad. Increíble, pensé sin ruborizarme.
Estuve un rato largo en el baño. Arreglé mis cabellos, me puse rouge en los labios y unas gotitas de esencia detrás de las orejas. En mi boca, una pastilla de menta.
─Señora, su sobrino dijo que iba por un taxi. Que la esperaba en la otra cuadra ─dijo el mozo al verme.
─¿Mi sobrino?
─El joven que estaba con usted. Se llevó el notebook para que no anduviera cargando peso. ¿Qué le pasa, señora? ¿Se siente mal?
En casa no me atreví a contar lo sucedido. Tuve vergüenza que mi marido y mis hijos se enteraran que había sufrido el cuento del tío. La tarde anterior habíamos comentado lo crédulas que son algunas mujeres, especialmente adulto mayores.
Viví contrariada durante meses. Cómo pude caer, me recriminaba.
Hasta que…
Volvía en bus, precisamente de clases del taller literario, cuando lo vi. Viajaba sentado junto a una señora que, con los ojos cerrados, parecía haberse dormido. Su bolso con el notebook estaba en el piso, a los pies de ella. Lo dejé actuar, maravillándome de su audacia y sangre fría. No me reconoció. El vehículo venía lleno de pasajeros, hartos escolares y sus mochilas.
Descendió a las pocas cuadras. Bajé detrás.
─¡Jaime, querido sobrino! ─exclamé en voz alta para que la gente que estaba en el paradero escucharan─. Qué bueno que te veo. Iba para tu casa. Necesito que me lo devuelvas. Tengo que hacer un trabajo importante para mañana─. Y estiré la mano. Tuvo el instinto de correr, pero la presencia de dos carabineros que nos observaban se lo impidió.
En las tardes, cuando escribo mis textos, pienso en la señora dueña de este notebook. También en el joven buenmozo con quien una mañana de invierno nos tomamos cuatro tazas de café cortado y conversamos largo rato de literatura.

EL GRIFO

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Marcela Royo Lira

Me crucé con él una tarde. Al principio creí que hablaba conmigo. Lo miré, tratando de entender lo que decía. Sin embargo, lo suyo era un monólogo. No supe con quién estaba furioso ni qué le había hecho “ese otro”, pero cuántos garabatos escupió en el rato en que lo tuve cerca. Hasta gesticuló con el puño en alto. Tuve miedo. Pensé que de pronto en su locura, volcaría en mí la furia acumulada.
Todos en el barrio lo conocíamos. Lo apodaban: el Grifo. Porque era bajo y ancho de cuerpo. Además, en los veranos, se encargaba de abrir todos los grifos del sector para que los niños disfrutaran bañándose en el chorro de agua.
Ese día hacía calor. La brisa de enero, que se deja caer a la hora de la siesta, no asomó. Ni un alma en las calles. Sólo él y yo. Caminamos juntos las cuatro cuadras hasta el paradero. Por un segundo, simulé quedarme atrás. El Grifo se detuvo y me esperó.
Llegó la micro. Subió conmigo y se deslizó sin pagar pasaje. Temí que el chofer lo hiciera bajar, hasta pensé pagarle, pero el hombre cerró la puerta e hizo partir el vehículo. El muchacho siguió con sus groserías. Noté la incomodidad de los escasos pasajeros, se refugiaron en lo que aparentemente ocurría en las calles. Pero nada especial pasaba afuera. Los hechos sucedían dentro del bus. Llegué a mi destino. Toqué el timbre y bajé. El Grifo bajó conmigo.
Ese día iba al dentista por un dolor de muelas. No sé qué me dio. Quizás vislumbré la excusa para no llegar a tiempo al consultorio. El asunto es que lo invité a una cerveza. “Cerveza no compadre. Me la prohibió el médico”, dijo. “Pero, si es tan amable tomaría una coca cola bien helada”. Y me sonrió.
Media hora después, me preguntaba qué hacía yo con un tipo como ese bebiendo cerveza a las tres y media de la tarde, de ese lunes de enero.
Reconozco que la conversación resultó interesante. Emitía un ruido desagradable al llevarse la botella a la boca, chupando del gollete y tragando. Pero, a esa hora no había nadie en el boliche y no importaba. Además, el dueño, un chino macizo, dormía la siesta con la cabeza entre los brazos, apoyado en el mesón. De pronto, el Grifo se puso de pie y golpeó con un gran mazo el gong gigante que había en la entrada del local. El samurái despertó sobresaltado y a empujones e improperios nos echó a la calle.
Después de eso me despedí de él, sin sacarme la muela.
Cuando conté lo ocurrido en casa, mi tío dijo que era un muchacho inofensivo que había sufrido un trauma muy grande cuando niño.
Sucedió hará unos once años. El Grifo tenía nueve. En ese tiempo vivía en Peñalolén, a orillas del Canal San Carlos, en una media agua. La madre trabajaba de nana, puertas afuera, en una casa de La Reina. Los siete niños quedaban solos durante el día, a cargo de la mayor de apenas trece. Esa mañana, uno de los hermanos menores tiró la pelota de fútbol del Grifo al canal. Se la habían enviado de regalo los patrones de su madre cuando supieron que fue seleccionado para el equipo del municipio. Tío Eugenio agregó que decían que era una promesa y que el Colo Colo le tenía echado el ojo. Los niños se quedaron mirando cómo el agua se llevaba el balón. En un arranque desesperado el Grifo gritó: ¡anda a buscarla, huevón! Y empujó al hermano.
Nunca encontraron el cuerpo del niño.
De vez en cuando lo veo. Camina por Avenida La Aguada escupiendo improperios. Suelo invitarlo a tomarse una coca cola y conversamos. No es mal tipo. Sabe de gasfitería. Los vecinos acuden a él cuando tienen algún problema de cañerías.
No hace mucho me pidió le escribiera una carta a su madre. Quiere saber si lo perdonó. De eso hace un mes y no hay respuesta. “Tal vez ya no vive en Peñalolén”, le digo excusándola. Entonces, se agarra el pelo y se lo tironea hasta hacerse daño. Cuando logro que se calme, ruega que lo acompañe a verla.”Usted es educado. Sabe expresarse. Ella lo escuchará”, insiste. “Está bien, Jonathan. Uno de estos días” prometo. Merece el abrazo de su madre. Lo espera hace mucho.
Un lunes, a media tarde, tomamos la micro hacia el antiguo barrio del Grifo, en los faldeos de la cordillera. Tuvimos que hacer trasbordo en Irarrázaval. Demoramos hora y media en llegar. Al loco se le ocurrió ponerse a cantar y cobrarle a los pasajeros. Luego, se sentó a mi lado y me pasó las monedas. “Para el pasaje, jefe”, dijo. Rojo de vergüenza, repuse que las guardara para cigarrillos.
Estaba nublado y hacía frío. Aseguró que no llovería. “No me duele el hueso de la pierna que me quebré”, dijo. Cuando salí había tomado dos casacas. “Gracias, compadre. Pero me gusta más la otra”, repuso cuando le ofrecí una de ellas. Se quedó con la nueva, la había comprado tres días atrás.
Quedamos en pana. Faltaban como veinte cuadras para Plaza Egaña. Tuvimos que esperar la micro que venía atrás. Tardó media hora. El Grifo compró dos helados de agua, pese al frío. Lo lengüeteó como cabro chico. Traté de apurar el mío. Lo mordía. Tragaba pedazos grandes. “Saboréelo, compadre”, me advirtió.
Nos subimos a un vehículo lleno de gente, hartos escolares y sus mochilas. Mamás con niños. Los colegios habían terminado la jornada. Todo el mundo iba de mal genio. Ni hablar del chofer. El Grifo se puso a discutir con unos muchachos. Lo zarandeé de la manga, le dije que se calmara. Los estudiantes se corrieron para atrás.
Pasado el Puente Arrieta nos bajamos. El Grifo se desorientó. Había cambiado su paisaje. Construcciones nuevas, recintos cerrados. No se acordaba del nombre de la calle. “Antes tenían números”, alegó. Quería ir a la orilla del canal, pero no le tuve confianza. Caminamos. El Grifo seguramente recordaba que allí se bañaba en los veranos con sus hermanos.
─¡Jonathan! ─llamó una mujer, desde la entrada de un almacén.
─¡Madrina! ─respondió él. Se abrazaron largo rato.
“Tu mamá hace como cinco años que se fue” “Antes que construyeran el condominio” “No, no sé donde vive” “No se despidió de nadie” “Sólo el Juanjo vivía con ella” “Los demás niños se fueron primero”, iba explicando la mujer a medida que el Grifo preguntaba. Comencé a preocuparme. No sabía cómo podría reaccionar. “Necesito ayuda, Jonathan” “Los sacos de papas y del azúcar pesan” “Estoy vieja” “¿Por qué no te quedas? “¿El Tito?” “Murió. Poco después de que te fuiste” “Ninguno de tus hermanos quiso vivir conmigo” “Pasaron harta hambre cuando tu mamá quedó sin pega de la noche a la mañana” “El Rafa y el Lucho salían a robar” “Dicen que el mayor de tus hermanos está preso en San Miguel”. Increíble cómo la mujer contaba los sucesos uno tras otro sin detenerse.
Y de este modo tan propio del pobre en mi país, que acogen en un santiamén a otro en la casa, lo invitó a vivir con ella.
Han pasado los años. A veces, cuando veo un grifo, pienso en Jonathan. Y me dan deseos de verlo y tomar una coca cola bien helada.

Mujer enamorada

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Por: Marcela Royo Lira

─¿Alberto, sabes quién dejó esta mañana un mensaje en el buzón de voz?
─Intuyo que me dirás algo interesante, querida. No imaginas cómo gozo ese tono especial tuyo para contarme las novedades.
─No te burles, Alberto. Estoy preocupada. Apenas desayuné, el presentimiento, más que cualquier otra cosa, me hizo levantar el fono y averiguar si tenía un mensaje importante, y en efecto estaba el de ella. Fíjate que Dolores viaja en estos momentos en avión a Uruguay. ¿A qué va? Es lo que quisiera saber.
─¡Bah! ¿Eso te preocupa? De seguro se inscribió en algún viaje de la tercera edad.
─Qué poco la conoces, Alberto. Somos amigas desde que íbamos al liceo. Le conozco bien.
─La conocí el mismo día en que me enamoré de ti, querida. Entré al pub y allí estaban riendo, las dos solas en una mesa con una copa de vino blanco en la mano. Llamó mi atención la risa despreocupada de Dolores. Por eso, me acerqué. Tú eras más tímida…
─No la conoces como yo. Temo sea otra de sus locuras. Te conté de cuando vivió exiliada en Suecia, su locura por ese muchacho chascón de los Inti Illimani. Fue atroz. Su madre se moría de vergüenza con las noticias que nos llegaban.
─Querida… querida, por favor. ¡Es una mujer apasionada!
─¿Y cuando le dio por irse a Lisboa detrás de ese fadista, casado y con cinco hijos?
─Recuerdo que reconociste que cualquier mujer podría volverse loca por un hombre como él…
─No sólo su voz… era otra cosa. El tono especial, la fuerza de su interpretación. ¡Pero partir detrás de él! ¡Seguirlo por gran parte de América y toda Europa!
─Conociéndola ¿no se te ocurre qué puede pretender en Uruguay?
─No lo sé, querido. Pero tengo una mala espina, siento miedo. Habló de un viejo tupamaro. Encenderé la televisión, quizás encuentre un programa que me haga olvidar a Dolores.
─Voy a comprar pan y El Mercurio. ¿Necesitas algo más?
─No, gracias.

**

─¿Qué sucede? ¿Por qué gritas, mujer? De la calle se te escucha.
─Ay, Alberto. ¡Es ella! ¡Ella, mírala!
─¿Dónde? Es un tumulto de mujeres.
─Abre los ojos… la de chomba azul… la que abraza a José Mujica… esa que lo besa en la boca ¡delante de todos!
─¿El presidente uruguayo?
─Está loca, Alberto. La semana pasada me dijo que se había enamorado. ¡Que este hombre sí que no se le escapaba!

RESTOS DEL VELERO

Por Marcela Royo Lira

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Amanece. Las embarcaciones dejan de ser sombras. A nuestras espaldas, los cerros de Valparaíso con sus casas afirmándose unas a otras. Matías me pasa el porro y aspiro profundo, trago con el humo gotas de rocío. Tengo la piel húmeda y la ropa pegada al cuerpo. Eduardo, con esos ojos de perro apaleado que pone cuando quiere salirse con la suya, nos pidió que le cediéramos por algunas horas la habitación con vista a la bahía, que habíamos arrendado para nosotros tres por el fin de semana. Lo noté, como pocas veces, entusiasmado con la gringa que conoció en el pub, donde comenzamos la noche. Es la razón que, Matías y yo, estemos congelándonos sentados en la escalinata de cemento que lleva a las lanchas que pasean a los turistas. “Cuando niño papá me traía en los veranos y nos subíamos a la que está allá atrás, de nombre Chela”, le conté a Matías, señalándosela, pero no respondió. A veces olvido que no conoció al suyo y no tiene recuerdos para compartir.

            En uno de esos silencios que se producen cuando dos personas se conocen demasiado para inventarse, le dije que me contara un cuento de los que él escribe cuando está borracho. Son extraordinarios, diferentes a los poemas en prosa que le gusta leer para enamorar a las muchachas.

Escucho su voz somnolienta y pastosa, como emergiendo de la claridad donde ya no podemos ocultarnos. Un perro se acerca, creyendo, tal vez, que tenemos comida. “Esta historia es de Matías y mía”, mascullo y lo corro de un manotazo. Luego, escucho.

 “Sobre cubierta un hombre solo, despierto desde la noche. Brazos lacerados tras un forcejeo de tormenta, cazadas de apuro. Los días contados sin instrumentos…”

            -¿Qué pasa, Matías? Sigue con tu historia. Quiero saber más del hombre solitario en el velero. Es un buen comienzo, lo sabes.  ¡Ah! Conozco tus borracheras. Debí esconder la botella de ron. Terminaré yo el cuento. Eduardo dijo que abriría la ventana para indicarnos que podíamos subir y todavía está cerrada, agrego mirando al cerro. Luego, aspiro profundo y mi voz rompe la monotonía:

            “Flota en el aire una fragancia tenue, enredada al aroma salobre, pero no sabe definirla. El murmullo del mar le atiborra los oídos, la mente, la sangre. No logra pensar con claridad. El monótono oleaje, el golpeteo de las olas en la madera, sus manos adoloridas, laceradas, la flojera de las piernas. Le urge salir de allí. Hubo un antes, está seguro. Sin embargo, no consigue recordar, como si hubiese nacido al fragor de la borrasca y ésta, mala madre, lo abandonara a su suerte.

            Abre los ojos inmensos, se obliga a reconocerse en el cuerpo tirado en la cubierta, a pensar. La claridad de la mañana desvaneció lo que había creído divisar durante la noche: unos arrecifes y la esperanza de que alguien lo viera. Trata de incorporarse, el sol le danza en los ojos. Tiene deseos de fumar.  Por un segundo se visualiza en un bar con un grupo de hombres. Fumaban y bebían, pero no distingue quienes eran. Desea con ansias una botella de ron, sentir cómo el calor lo quema por dentro y le da las fuerzas que necesita, pero en los restos del velero no hay nada que pueda ayudarlo. Comprendió de golpe lo infinitamente desvalido y pequeño que es el hombre ante la soledad.   Algo se le quiebra muy dentro, tornándolo temeroso como un infante ante el sinfín que lo rodea. Debe tranquilizarse, ordenar sus ideas, buscar un recuerdo que lo sostenga, respirar bajo el sol quemante que siguió a la tempestad.

            A lo lejos, se escucha el motor de una lancha, pero por más que intenta ubicar el lugar de donde viene, no lo consigue. Sólo mar y cielo. Aislamiento, silencio. El vaivén lo va adormeciendo. El sol vertical lo abrasa. Tanta agua a su alrededor y no puede beber ni una gota. Siente la garganta seca, la piel bañada en sudor, se le acalambran las piernas y volteando la cabeza vomita, salpica su ropa. En la cintura, el frío metal de un cuchillo. Cae en modorra.

            Cuando abre los ojos tiene la impresión que lleva años sobre la cubierta de esa embarcación. Si hasta se palpa la barba y los cabellos crecidos, las uñas como garras de un animal. “Ni siquiera vale la pena llorar”, murmura, y cree que lo dice alguien más allí con él. Por eso, grita: ¿Qué?, pero nadie le responde.

            El sol desciende en intensidad, la brisa le acaricia la piel ampollada. Intenta pensar, saber qué hace en el velero… tal vez, si se moviera, si pudiese ponerse de pie, coger el timón, avanzar hacia alguna parte…

            Entonces…

            En el instante en que trata de incorporarse dos manos se asoman en el borde, las observa incrédulo, temeroso, restriega sus ojos y vuelve a fijar la vista en esos dedos fuertes, de nudillos duros, que avanzan ágiles, seguros en su derecho de alcanzarlo y adueñarse del resto del velero para salvar su propio pellejo. Con la poca fuerza que le queda, coge el cuchillo y lo deja caer sobre ellos, cercenándolos.

            Días después, un ballenero japonés recoge los restos de una embarcación. En la cubierta el cadáver de un hombre, una expresión de miedo grabada en el rostro.  Sobre la borda una sustancia viscosa, adherida a la madera. El muerto no portaba documentación, anotaron en el informe”.

            -¡Despertaste, Matías! Terminé el cuento que habías comenzado hace un rato. Vieras con la atención que me escuchaba el perro, si hasta en una ocasión ladeó la cabeza y creí que aportaría lo suyo.  

Río, pero mi amigo, atrapado quizás en algún sueño, no me mira ni responde, se queda mirando a lo lejos, en el horizonte.

-El aire salobre me dio sueño -agrego, bostezando sin disimulo.- Eduardo debe haberse despedido de la gringa. La ventana está a medio abrir.

-¡Ah!  -digo, poniéndome de pie-, se acabó el ron y la botillería que nos fió cerró por duelo.

CANASTO DE MIMBRE

Marcela Royo Lira

—Están golpeando –dice alguien en sordina. Son las voces que llegan en el sosiego de la tarde. Permanezco en la mecedora con el diario sobre la falda. Afuera el viento sopla fuerte y una rama raspa la ventana de la cocina.

Los golpes cobran fuerza.  Desaparece la timidez de las  primeras veces.  Trato de leer. En la pieza del fondo algo cae, como un resbalar de papeles.

—Llaman –insiste la voz. Me fastidia su intromisión, vivo sola hace años. A veces me sucede, sombras que se hacen presentes y, si estoy de ánimo,  conversamos.

Debería ir a ver, sin embargo, no me muevo. Hojeo el periódico y el sutil sonido de las hojas, de algún modo, me reconforta. Vuelven a llamar, esta vez con los puños. Imagino esas manos cerradas, conteniendo la rabia. Quién está afuera sabe que estoy aquí.

Ahora, gritan: “señora, señora…”  Me parece oír, en el último llamado, un sollozo.

Me levanto y abro.

Es una mujer joven y pregunta por doña Eloísa.

—Aquí no vive  –digo.

Nos miramos a las sombras del día que se apaga, huelo perfume a rosas y a tierra húmeda. Lejos, se escucha la bocina de un vehículo. Reparo en la expresión tímida de la muchacha y que viste ropa de verano, a pesar de la lluvia de anoche. La desconocida baja la vista y sin despedirse se aleja arrastrando un bolso pesado, en la otra mano sostiene un canasto de  mimbre. Antes de entrarme miro la calle desierta y no sé por qué me inquieto, es un fin de semana largo y la mayoría de los vecinos viajó fuera de Santiago. Vuelvo a la sala a continuar la lectura. Demoro en concentrarme, por alguna razón no olvido a la chica.

Una hora después, vuelven a llamar.

Es la misma jovencita. Insiste en preguntar por la señora Eloísa. Le repito que está equivocada, que quizás viva en alguna casa de la otra cuadra, en la villa las construcciones son iguales.  Es una mal educada, se marcha sin decir adiós ni  pide disculpas. Ni siquiera me dio tiempo para invitarla a una taza de manzanilla y galletas de jengibre (las hice esta mañana y el aroma impregna la casa). La noté cansada, con expresión de enferma. La forma de inclinar la cabeza y morder la punta de su cabello  me recuerda a alguien, pero no sé a quién. Cuando espero el pito de la tetera para servirme el té de la noche vuelven a golpear. Esta vez abro la puerta de golpe y le grito que aquí no vive ninguna Eloísa. Tengo deseos de patear lejos el canasto de mimbre, en uno similar dormía la Pecosa, una perrita poodle que tuve y murió atropellada.  “Traes allí un doloroso recuerdo”, vocifero, señalándoselo a la luz del farol de la calle.

La joven abre muy grandes los ojos y pestañea rápido, una expresión compungida se le dibuja en el rostro, por un instante, temo que se ponga a llorar. Al cabo de un rato, musita:

—¿Eloísa? Busco a doña Luisa. Mamá dijo que en la escuela fueron amigas, incluso compartieron el banco dos años y que a los dieciséis fue novia de su hermano. “De seguro te dará alojamiento mientras buscas trabajo en la capital”, agregó, envolviendo un pedazo de queso de cabra como regalo. Me contó que dejaron de verse cuando yo tenía tres años y ella se fue a Río Bueno.

—Mi nombre es Luisa –reconozco… ¡ Ay, Dios! –exclamo, golpeándome la frente con la palma—. Olvidé, sin abrir y encima del mueble de las copas, la carta que recibí hace dos semanas.