¡A QUIEN SE LE HABRÁ OCURRIDO!

mujer escribiendo

(Verso a lo poeta) Ana M. Fuentes C.

A quien se le habrá ocurrido
las décimas aprender
activando mis neuronas
aumentando mi saber.

La ocasión hace al ladrón
y también a la escritora
yo que he sido profesora
la escritura es mi pasión.
Un panfleto cual pendón
en la clase he leído.
El profesor lo ha traído
Sergio Bueno es el culpable
que yo en décimas les hable
¡a quién se le habrá ocurrido!

Don Sergio no tiene idea
de estos alumnos brillantes
que demuestran buen talante,
Si parezco Dulcinea.
Nos inspira Atenea
que representa el saber.
Ampliar la mente y querer
expresar las emociones
por eso estas acciones:
las décimas aprender.

Si parece que es un juego
de conceptos y palabras
verdadero abracadabra
ya no me siento tan lego.
Me ha aumentado mucho el ego
escribiendo en mi poltrona.
Le diré a doña Ramona
que gocemos escribir
es una forma de vivir:
activando mis neuronas.

Décimas, brindis, cuartetas,
redondilla, pie forzado,
ovillejo es obligado
hay que tener mucha treta.
Que se llene la maleta:
versos habrá por doquier.
Poetisa hay que ser
con ideas muy folklóricas
y así sentirse pletórica:
aumentando mi saber.

Hasta aquí llegan las coplas
de este verso a lo poeta
me despido cual saeta
con el viento que resopla.
Cubriéndonos como aureola
y gracias al profesor.
Soy ahora transmisor
y me siento realizada
de tarea efectuada
de las payas propulsor.

CUANDO EN POLVO ME CONVIERTA (Décimas)

muerte

Ana M. Fuentes

Cuando en polvo me convierta
ahí yo los quiero ver
¿también van a perecer
aunque la occisa se invierta?
Esto es grave a ciencia cierta
morirse tan lentamente.
Todo esto es inminente
ahora estiro la pata
les daré toda la plata
ininterrumpidamente.

Ininterrumpidamente
gozaré toda la vida
la muerte no me es temida
yo viviré plenamente.
Sembrar cual mujer demente
amor, bondad que divierta.
Y que a nadie desconcierta
flores, olores y versos
mi cuerpo estará muy terso
cuando en polvo me convierta.

AMELIA

MAS TACOS ALTOS
Hilda Zamorano

<em>La puntualidad no ha sido precisamente una característica de Amelia. Este es un gran día, nos citamos a las 7 de esta tarde y por supuesto tendré que esperarla…..como siempre., es decir como lo hacía en Santiago cuando éramos estudiantes del Pedagógico y nos poníamos de acuerdo para estudiar. Siempre llegaba tarde, usaba trajes adheridos a su hermosa figura, y siempre con zapatos de tacón alto, en una época en que todas usábamos jeans y zapatillas.

Despistada o coqueta, no sé, ella quería andar siempre bien vestida y por supuesto para ello necesitaba mucho tiempo, del que nosotros no disponíamos, por lo tanto ella llegaba atrasada a todas partes. Musky, no molestes a las niñitas de la mesa vecina, échate a mis pies, ya pronto llegará mi amiga.
¿Cómo se encontrará después de la muerte de Gabriel? Aún debe sentirse muy angustiada, pobre mi amiga, lo quería tanto! Uf, que calor hace aquí, anunciaron 40 grados. Pediré una cerveza bien heladita mientras espero. Musky ¿quieres un poco de agua? Ahora te la pido, pero siempre que te quedes quieto.
Recuerdo cuando Amelia conoció al que después fue su marido. Ibamos juntas caminando apuradas por los jardines del Peda, y ambas nos dimos vuelta cuando vimos pasar cerca de nosotras un joven guapo, alto y muy delgado. . Nos sedujo su vestimenta informal, con un pañuelo en forma de cintillo tratando de sujetar sus cabellos negros y largos que le cubrían el rostro, en sus muñecas se apreciaban unas pulseras hechas de cuero. Para algunas personas hubiera sido un joven excéntrico pero a nosotras nos fascinó. Iba con un montón de carpetas y planos y sucedió lo típico: se le cayeron algunos planos que nos apresuramos a recoger. Amelia y él se quedaron mirando como hipnotizados. A mí nadie me vió y eso era difícil en aquel tiempo, yo no pasaba desapercibida debido principalmente a mi volumen. No se separaron nunca más. En las fiestas giraban como verdaderos profesionales del rock and roll, o al ritmo del tango, mientras nosotras los mirábamos embelesadas y envidiosas. Yo hubiera querido bailar asi pero no me atreví nunca, además solo mi hermano me sacaba a bailar de pura pena de verme sentada sola, estoy segura. Si me vieran ahora mis compañeras, no me reconocerían después de las innumerables dietas y de tantos gimnasios por fin estoy con un peso normal. Pero hace tantos años que no he visto a nadie, no he regresado a Santiago, aún tengo la “L” en mi pasaporte que me impide entrar a mi país. Ya me vino la nostalgia! Y no quiero ponerme a llorar, no ahora que voy a ver a mi querida Amelia después de tantos años. Vino a México a visitar a sus hijos y aprovecharemos de recordar viejos tiempos.
Musky, quieres una galleta? Toma una y no sigas molestando a las niñitas, su mamá está furiosa, sí, yo sé que son ellas las que te hacen gestos con sus manos, si no te estoy retando……….
Amelia sigue tan impuntual como antes.
En aquellos años creo que todas estábamos un poco enamoradas de Gabriel, pero él eligió a la morena mas estupenda de la escuela de bibliotecología, y a la más baja, porque a pesar de subirse a unos enormes tacones apenas le llegaba al hombro. Se casaron una vez que Gabriel se tituló de arquitecto en una ceremonia en una de las pocas iglesias góticas de Santiago. Una tía de él nos emocionó hasta las lágrimas cuando entonó el Ave Maria de Schubert. Al salir de la iglesia se subieron a una carroza tirada por caballos, de esas antiguas, solamente disponibles para personas cercanas a la Cochera Presidencial, gracias a gestiones hechas por el padre de mi amiga. El velo de la novia flotaba sedoso al viento.
El tío Vicente les regaló el viaje de novios a Ibiza, él no pudo asistir al matrimonio.
Regresaron felices y mas enamorados que nunca. El primer encuentro con los amigos fue en el pequeño departamento que habitaron. Después no nos vimos como antes. Amelia se tuvo que preocupar de su hogar y de su marido. Se transformó en “dueña de casa” y se fue quedando en el tiempo.
Nacieron dos preciosos hijos, yo soy la madrina de Isabel quién sigue los pasos de su padre y está en México ahora realizando una maestría. Gabriel, el hijo, se fue a Francia dotado de una sensibilidad especial para la música, se dedicó al clavecín.
En París se enamoró y decidió vivir con su pareja. Amelia no se explicaba la conducta de su hijo, su marido la culpaba a ella de haberlo mimado excesivamente. Ella le decía que el responsable era él, siempre frío e indiferente con el hijo, cómo iba a confiarle sus dudas si para él solo existía la hija y despreciaba la elección sexual de éste. Amelia viajaba a Parías cuantas veces podía a visitar a su hijo, aunque para ella también era muy difícil aceptar la relación de éste con otro joven. El año pasado se enteró que Gabriel tenía sida. Fue un golpe tremendo, sus cartas eran gritos de lamentos, cómo no entenderla!
Quiso llevarlo a Chile pero los médicos la desaconsejaron. Los últimos meses los vivió con él y la pareja de su hijo, creándose entre ellos un gran afecto nacido en lo más profundo del dolor.
Tengo tantos deseos de ver a mi amiga, abrazarla y decirle cuánto la quiero. Ya se ha tardado demasiado, Musky, despierta, iremos a ver si se ha perdido, ella no conoce esta enorme ciudad.
Caminemos.
Que hará tanta gente allí?. Algo pasó, tengo un mal presentimiento. Permiso, señor, permiso, déjeme pasar por favor!
Dios mío es un accidente, y es una mujer la atropellada, allí hay un zapato de tacón alto. Está vestida de negro, pero le cubrieron el rostro, parece que falleció al instante. Pobrecita, quién será?
Vamos Musky, no me tires la correa, regresaremos a casa a esperar que me llame Amelia y me explique qué le pasó, estoy segura que se perdió…….

TESTAMENTO

Marcela Royo Lira

Algún día ella vendrá. Quién sabe si una brisa inesperada anuncie su visita. O el silencioso copo de nieve, arrimado al marco, le abra mi ventana. Llegará. Eso es seguro. ¿Hoy? ¿Mañana? No importa. La espero. Cuando mis ojos se cierren y el corazón de su último latido, los demás querrán saber qué les heredo.
Mis lágrimas, todas ellas, para que no dejen de fluir los ríos y, quizás, alguien calme su sed.
La risa, cual mariposa, deslizándose juguetona y libre por la casa desde muy niña. Pedí al picaflor, que llega al jardín en primavera, la reparta entre quienes lloran. Que esos hipos llorosos se conviertan en sonrisa.
Abrazos. ¿Cuántos abrazos he dado en todos estos años? Quiero se hagan uno sólo, inmenso, y abrace a los niños que sufren hambre o la guerra.
El calor de mi piel a quienes pude amar y no lo hice.
Ay, si pudiera heredaría estos ojos que gozaron amaneceres cálidos y de la lluvia en los inviernos. Mi placer por el rosal que enciende sus hijas a mediados de Septiembre. El gorjeo de los pájaros, cada mañana, desde el nogal y la higuera. Y su perfume cuando me sentaba a la sombra a leer una novela. Al poeta que hilvana los primeros versos, el sonido del teclear de mi máquina de escribir. Sólo así sabrá del mundo que visité por años y de los cientos de personajes que me contaron una historia diferente cada tarde.
A los niños, las mariposas que dejaron de venir sin que me diera cuenta. Son las hadas en nuestra realidad.
Heredo el viento y los aromas que arrastra desde el confín de la tierra a las ciudades de cemento y edificios que pretenden alcanzar el cielo. Les dejo mi gozo por tantos amaneceres y las últimas horas de la tarde.
Quisiera poder heredarles un mundo tan distinto. Haber sido ese grano de arena, que unido a otros, lo pudimos cambiar. Y lo llenamos de risa, de canto y ternura.
Dejo en herencia mis narraciones.
Como dije, hace algunos años refiriéndome al libro, ser para otros como el “señor de las tres E”: Enseñar. Entretener. Emocionar. Tres principios que me llevaron por el pedregoso camino de la literatura.

VIDA Y MUERTE

(Verso a lo poeta)
Ana M. Fuentes C. Diciembre 1 de 2014.

imagen vida y nuerte

Esta vida es verdadera
la otra cara es la muerte
la misma medalla son
hay que tenderles un puente.

Apreciemos el valor
que esta vida nos ofrece
disfrutémosla con creces
degustemos su sabor.
Aspirémosla cual flor
que se muestra en primavera.
Cojamos sendas certeras
y si erramos lo arreglamos
corregir no será en vano
esta vida es verdadera.

Observar el firmamento
contar todas las estrellas
es la tarea más bella
de gozar este momento.
El cielo será el cimiento
y el altar de nuestra suerte.
Es bueno vida tenerte
presente siempre y muy cálida
aunque te tornes muy pálida
la otra cara es la muerte.

Muerte y vida es un contraste
es el alfa y el omega
la ambivalencia me ciega
las dos tienen gran arrastre.
Reflexiono ¡qué desastre!
amémonos con pasión.
Entonemos la canción
del vivir y del morir
muerte y vida distinguir
la misma medalla son.
La vida es naturaleza
pájaros, árboles, montes
movimientos, ruidos que absorben
Contemplemos con presteza.
La brisa del mar nos besa
a los humanos conscientes.
Vida y muerte consecuentes
una existe con la otra
morir no será derrota
hay que tenderles un puente.

Se terminaron los versos
reflexionando la vida
también la muerte temida
y pensamientos diversos.
Me despido con mil besos
cogollito de azahar.
Cuento de nunca acabar
me nombran Ana María
me voy con mucha alegría
Y la décima final.

LA SEÑORA SILVIA

Agrupación_de_Familiares_de_Detenidos_Desaparecidos_de_Chile_(de_Kena_Lorenzini)

Por: Hilda Zamorano

Si pudieras ver lo hermosa que está la Plaza Brasil en esta época del año, es esa de la que tanto te he hablado al contemplar los hermosos “zócalos” de tu
país. Permanece casi igual que antes de irme: los mismos árboles añosos que parecen estirar los brazos buscando la tibieza de la primavera; los mismos escaños de madera vieja, descolorida la rodean completamente; solo una fuente de agua de formas modernas cambiaron un poco su fisonomía de plaza señorial, testigo de tantos amores y desamores y en su momento también, de las más cruentas batallas entre cadetes del ejército y los jóvenes del colegio cercano, en donde yo estudiaba.

En el lugar que ahora es ocupado por un restaurant chino, estaba el cine del barrio. Allí mi hermana y yo nos íbamos huyendo de las aburridas clases de la señora Silvia. Te he contado alguna vez acerca de ella? Enseñaba historia con una voz ronca, un tanto masculina, sería por eso que los alumnos la respetábamos tanto, (o le temíamos). Sin embargo su voz contrastaba con su figura pequeña, delgada, casi efímera, su rápido taconeo se oía a través de los pasillos como de alguien a quien el tiempo no le es nunca suficiente. Al acercarse al salón de clases, con una mano se tocaba las horquillas que afirmaban su “moño” de tres pisos, como decía mi hermana. Usaba siempre trajes sastres, pero contrariamente a lo que se pudiera pensar, se veía muy femenina, tal vez porque los colores que usaba combinaban de maravilla con sus ojos celestes, escrutadores, y sobre todo alegres. Pero lo que más nos gustaba de ella era …….. su hijo Rodrigo.

Una vez me contaste que en tu adolescencia te habías enamorado de tu profesor de inglés, y que cada vez que lo veías sentías que te faltaba el aire y tenías la sensación de estar siempre con la cara roja, por lo que te costaba mucho concentrarte en tus estudios. Bueno, por eso te lo cuento, sé que me entenderás, me pasaba eso mismo cada vez que veía llegar a Rodrigo, aunque creo que todas las alumnas estábamos secretamente enamoradas de él. Y creo también que Rodrigo sabía lo que producía entre nosotras porque cada vez que iba a buscar a su madre se paseaba con petulancia por los pasillos del colegio, alisando con una mano su cabello negro con brillos dorados. El estudiaba violín en el Conservatorio Nacional de Música, una vez conversamos un poco mientras yo bendecía a mi abuela que me había obligado a ocho años de escalas y solfeos, jurando que sería pianista. Me contó que en las vacaciones se iría a Buenos Aires a encontrarse con su papá, en cambio en mis vacaciones yo debía concentrarme en estudiar para el examen pendiente de Matemática que debía dar en marzo.

De regreso de las vacaciones, con gran alegría recibí mi nota que me permitía pasar de curso, me prometí en el futuro, estudiar mucho más para no tener que hacerlo nunca más durante las vacaciones. Vi pocas veces a Rodrigo cuando regresó de Argentina, allá había conocido a una chica que también estaba de paso y desde entonces se frecuentaban. Mi vida hubiera seguido igual a no ser por los acontecimientos del mes de septiembre de 1973 que cambiaron para siempre nuestras vidas y nuestra historia.

Del resto no te cuento ya lo conoces, llegué a tu país con mi familia y es allí en mi país adoptivo en donde hemos vivido todos estos años, se quedó atrás la adolescencia, nos hicimos mujeres, aumentó la familia, tenemos hijos que nacieron en tu tierra y que son felices. Sin embargo, a pesar de todo, vivimos siempre con “la maleta lista” en ese tiempo de espera. No había podido regresar a mi país porque una letra “L” en mi pasaporte me lo impedía, pero en cuanto la borraron vine a reencontrarme con mi gente, con mis calles, con mi cordillera, con este entorno que siempre vivió dentro de mí.

Por eso te escribo amiga querida, para compartir mis emociones contigo. Por mi garganta no termina de pasar un trago amargo y un frío recorre mi espalda desde que la ví. Era ella, la señora Silvia. En cada paso dejaba un poco de la energía que ya casi se le extinguía. Con cansancio, con tristeza infinita me miró, iba con un grupo de mujeres protestando por la calle. Tuvo solo un leve parpadeo, Yo un estremecimiento. El retrato de su hijo desaparecido colgaba de su cuello.

ESCONDIDO EN EL ARMARIO

Por: Ana M. Fuentes C.

Marzo de 2015.

Escuché un ruido y me escondí en el armario, el calor es sofocante, respiro un fuerte olor a orines y excremento de ratones, espero lo que pueda ocurrir. No me atrevo a abrir la puerta, doña Ernestina me busca para darme la pega más embromada, limpiar los ventanales de su departamento, miraré entre las tablas, es probable que pase con su cabeza llena de ondulines, bata de vampiresa y sandalias doradas. Ya escucho su voz, son más bien chillidos aflautados:
-¡Filiberto, Filiberto!! ¿Dónde se metió este muchacho?
Contengo la respiración mientras avanza frente al mueble.
¡Pobre doña Ernestina! vive sola con sus cinco gatos y se ha neurotizado con el aseo, la semana pasada estuve un día completo limpiando los azulejos y los muebles de cocina, después que terminé, con una linterna constató que todo estuviera impecable.
La observo, al parecer, entró a su habitación seguramente a ver su teleserie favorita y a pintarse las uñas. ¡Quién imaginaría que esta niña hermosa que conocí de quince años a punto de casarse con su novio de toda la vida iba a terminar criando gatos después que Miguel León, su prometido, muriera en una balacera de narcotraficantes. Nunca se supo si tuvo algo que ver con los narcos.
-¡Filiberto, Filiberto!! Arremete otra vez, yo sigo en mi escondite, sudo abundantemente, estoy muy incómodo, traté de ponerme en cuclillas y se me acalambraron las piernas ¡Qué dolor más grande por la chita! Me debo aguantar los gritos, me sobo fuertemente la pantorrilla, trato de distender el músculo, me inmovilizo esperando que pase el peligro.
Ahora que aguzo el oído, me doy cuenta que no es el timbre de voz característico de doña Ernestina, sino el de alguien muy parecido, es raro, no lo reconozco, llevo diez años como conserje de este edificio y me extraña esta voz. ¿Salgo o no salgo? ¿Quién será? La curiosidad me vence, salgo. Camino en puntillas, me parapeto detrás del ficus, observo por el espejo, es un joven bien vestido con zapatillas de colores, collares, pulseras y melena corta, ¿me engaño? Parece que va maquillado. ¡Cómo no lo advertí antes! Es el mariquita de la botillería que me busca para jugar a las cartas. No sé a quién temer más, a doña Ernestina o a José Ramón. Me armo de valor y paso delante del armario con tan mala suerte que el mueble cae sobre mí.
-¡Pero qué le pasó amigo mío! Es José Ramón quien me auxilia levantando el mueble y recogiéndome.
-Filiberto, este encargo es para usted, la vecina del ochocientos dos se lo dejó. Es doña Ernestina, pienso. Me pasa una botella de whisky con una tarjeta que dice: “Te amo”.

El Cuatrero

Juan Vera Valderrama.

Tomé el pullman de las siete y media de la mañana que hacía el recorrido Santiago, San Antonio. Debía bajarme en Malvilla para combinar con la Porteña, micro que debía pasar por ahí, más o menos a las nueve y media y dejarme en el lugar de destino, mi aldea natal, Lagunillas, alrededor de las once.
Llevaba una maleta con mi ropa y varios libros, además de un canasto de mimbre cuadrado con un gallo en su interior. Era el regalo que mí apoderado en Santiago mandaba a la tía donde pasaría mis vacaciones de invierno.
Justo cuando me acerco al chofer del pullman para pedirle que me pare en el cruce de Malvilla, veo que la Porteña pasa raudamente hacia Valparaíso. Bajé y me puse a esperar otro vehículo que pudiera llevarme. En ese tiempo, 1947, los vehículos motorizados eran muy escasos. Después de un largo rato, el canto lejano de un gallo empezó a estimular mi imaginación. Estaba en un punto de una ancha franja que partiendo de Santiago, se extendía entre San Antonio y Valparaíso y que según las leyendas estaba llena de “entierros” que habían dejado los españoles en su huída al Perú después de la Batalla de Chacabuco. Que estos entierros estaban ubicados cercanos a sitios con grandes piedras que tenían figuras talladas o en corralitos del mismo material y que cuando el reloj daba las doce de la noche, un gallito anunciaba la existencia del entierro cantando sobre esos lugares.
Un segundo canto del gallo mi hizo volver a la realidad. El que cantaba era el gallo del canasto y se sentía lejano producto del encierro. Preocupado por su estado levanté un poco la tapa, para evitar que escapara. Era un ave hermosísima. Las gallinas de mi tía se van a volver locas cuando lo vean. Entre todas imaginé a algunas describiéndolo: “Cosa más linda, ahora si que me voy a la cresta, decía la trintre a la cogote pelado, mira lo grande y erecta que la tiene”. No sólo la cresta, dijo la cogote pelado, mira sus gruesas patas amarillas y sus espolones para agarrarse firme. Celestina, mirando el cielo, manifestó poéticamente, que pintor daría esos brochazos en su cola, miren ese verde, ese rojo y ese azul renegrido, realmente es para volverse loca. Cállate mejor dijo la trintre, no lo traen para hacer poesía, si no para que nos pise. Me lo imagino pasando su hermosa e inflada pechuga dorada con pintas rojas y blancas sobre mi espalda. Que va a ser del pobre Ramón dijo la vieja Cristina.
En esas divagaciones estaba cuando el gallo cantó por tercera vez. Si no pasaba ningún vehículo debía caminar. Así lo hice. Até con mi pañuelo la maleta y el canasto me los coloqué sobre uno de mis hombros y emprendí la marcha sobre el barro. Si bien ya no llovía, negras nubes amenazaban con hacerlo.
Después de caminar más o menos una hora llegué a un pueblecito llamado Lo Zárate. Ahí se inicia una larga cuesta que debe tener unas 10 o 12 curvas. Empecé a subirla, a mi lado, el silencio iba de la mano con la soledad. Como también el miedo se hizo el invitado, comencé a mirar hacia todos lados. Varias animitas con pequeñas casitas y una cruz arriba descansaban a la orilla del camino. Hacia adelante, nada, y hacia atrás, sorpresa. Un hombre de mediana estatura, seguramente un cuatrero, caminaba en la misma dirección a más o menos un cuadra de distancia. La imaginación empezó a trabajar: las animitas, ¿serían atropellos o asaltos? Obviamente eran preguntas sin respuesta. El hombre usaba un sombrero negro, pequeño, calzaba ojotas, y vestía un raído poncho que el tiempo fue pintando de plomo y unos pantalones ajustados que le llegaban un poco más arriba del tobillo.
Se notaba que quería alcanzarme. En cada curva lo perdía de vista, pero al empezar la siguiente, aparecía de nuevo, cada vez más cerca. Era joven y tenía la ventaja que no llevaba carga. Al llegar a la cumbre de la cuesta, no daba más de cansancio. Pese al frío reinante estaba empapado de transpiración. De todos modos él me alcanzaría, así es que decidí enfrentar la situación. Dejé el canasto en el barro y sobre él, la maleta.
“Tas, que venía apurao, amigo, le ayuo a llevar.”Fue su saludo.
Si no es molestia.
“Ninguna, ¿paonde va?”
A Lagunillas, soy estudiante. Voy de vacaciones de invierno y usted ¿de donde es?.
“Soy de Quillaicillo, así que le pueo ayudar a llevar hasta el cruce”.
Muchas gracias. Le pasé la maleta, Caminábamos. A ratos callados a ratos conversando.
No me va a creer, he oído hablar mucho de Quillaicillo, pero no lo conozco, ¿Cómo es?
“Es muy reonito iñor, algún día vaya a conocelo”.
A lo mejor algún día voy.
Y ¿Cómo es Lagunillas?
También es un pueblo aunque chiquito, muy bonito.
Llegamos al cruce de Quillaicillo. Nos detuvimos. Me pasó la maleta y me dijo: “Güeno pus amigo, hasta aquí no más pueo ayuarlo”.
Muchas gracias.
Presentí que algo me acercaba a ese hombre, tal vez saber que nunca más lo volvería a ver. No sabría explicarlo pero me sentía raro, como si algo nos faltara por decir. De pronto el hombre, mirándome a los ojos, como en una actitud desafiante y al mismo tiempo amable, con una voz suave, diría que casi un murmullo, me dice: “fíjese que yo tenía un tío en Lagunillas, a lo mejor usté lo conoció”.
Claro que debo haberlo conocido, Lagunillas no es más que una calle larga con casitas por ambos lados y conozco a toda su gente, desde el lenguancha por arriba hasta el maestro Salas por abajo. No hay barrios, sólo arribanos y abajinos. Y ¿cómo se llamaba su tío?
“Murió hace como 10 o 12 años, se llamaba Juan de Dios Vera Flores.”
Un temblor recorrió todo mi cuerpo.
Está equivocado, en agosto se van a cumplir nueve años que murió.
“Y usté como lo sabe.”
Lo se, y muy bien, porque Juan De Dios Vera Flores era mi padre, así es que somos primos.
“No pueeser.”
¿Por qué no?
“Mire como anda usté y mire como ando yo.”
Eso no tiene nada que ver, ¿como se llama su madre? mi tía.
Isolina.
¿Y su padre?
Juan González.
¿Y Ud. Cómo se llama?
José.
Mire la casualidad, hay un escritor que tiene su mismo nombre: José Santos González Vera.
“Yo no tengo nada de Santo y solamente se escrebir con el arado: un surco pacá otro pallá y así toda la vida. Pero me contenta de saber que tengo un primo rico.”
Yo no soy rico.
“Pero anda como jutre.”
Así nos vestimos en la ciudad.
Me gustaría andar así. Debe ser lindo vivir en la ciudad.
A veces sí, a veces no. En cambio el campo es siempre hermoso.
“Ta equiocao primo, en los inviernos hay veces que nuay que comer, nuay donde ir a comprar y sólo si se tiene harina crúa dele a las pantrucas por semanas. En los veranos sí que es bonito, vienen las cosechas y hay plata. Hasta el sol se apura pa’ leantarse más temprano y se demora pa’ irse a dormir. Se nota que a él le gusta tamién el campo en verano, en cambio en invierno ni se asoma. Hey tenio el gusto de conocelo.”
Igual yo.
Nos dimos un fuerte abrazo y cada cual tomó su camino, ambos chapoteando el barro y salpicando recuerdos.
Iría a unos veinte a treinta metros, le grité, saludos a la tía Isolina.
“Noseapoer.”
¿Por qué?
“Ta muerta.”
Valga la intención.
Gracias.
Llegué a Lagunillas rendido y hambriento, mi tía como siempre, cariñosa, me preparó algo de comer. No se quien estaba más contenta con el gallo, si ella o las gallinas.
Un largo y sonoro tiquitiquití congregó a todas las gallinas en el patio. Tomó el canasto con delicadeza y soltó el gallo. El alboroto fue grande, los cocorococó, salieron de los picos de casi todas ellas. Sólo don Ramón el viejo gallo existente, demostraba su amargura. La trintre quería acaparar al gallo nuevo, no les dije que era lindo chiquillas. Y don Ramón le contestaron algunas, se va a morir de tristeza.
Aquí no se muere nadie dijo el gallo, ¿quién es don Ramón?
Yo soy contestó el gallo viejo y usted ¿Como se llama?
Tenorio.
Oyeron chiquillas y se llama Tenorio, insistía la trintre, que las más viejas se queden con don Ramón y las jóvenes nos vamos con Tenorio.
No me gustan las divisiones en los grupos dijo Tenorio y para que vea que no quiero aprovecharme, don Ramón, le hago la siguiente proposición que yo considero justa.
Diga don Tenorio.
¿Cuántas gallinas hay?
Treinta y tres gritaron ellas a coro.
Bien, se van a formar en una fila y para que nadie se sienta afectado, don Ramón empieza a pisar por un lado y yo por el otro.
Muy de acuerdo afirmó don Ramón, pero tengo una costumbre muy de gallo de bien y cada vez que las voy a pisar les digo al oído: “con permiso gallinita” y cuando me bajo “muchas gracias gallinita”.
No hay problema, dijo Tenorio yo haré lo mismo.
Formaron las gallinas y cuando don Ramón iba en la Tercera, siente una tromba que viene por el otro lado, con permiso gallinita, muchas gracias gallinita, con permiso gallinita, muchas gracias gallinita, con permiso don Ramón, muchas gracias don Ramón.

EL RELOJ

autora Marcela Royo Lira

Hoy trajino la memoria. Desempolvo recuerdos. Deshago telarañas. Lo veo venir en el tiempo, arrastrando risas y travesuras. Mauricio y yo, de cuatro años, nos quedábamos con la Nana. Los dos mayores iban al colegio. Disponíamos de toda la casa para nosotros, mientras Juana barría, lavaba ropa y preparaba el almuerzo.
Recuerdo la tibieza de esa mañana, del sol asomado en la puerta que conducía al patio, como espiando maldades.
Él estaba allí. Lo sabíamos. Escondido en su pequeña casa. Como todos los días, esperábamos verlo asomarse y escucharle cantar. Tan pequeño, travieso. La idea fue mía, debo confesar. Encaramada en una escalera que habíamos entrado entre los dos del patio, a escondidas de la nana, tensa, lo esperaba.
De pronto, abrió la puertecilla y cantó: ¡Cucú, cucú!
Mi mano, en rápido movimiento, lo coge, impidiendo que entre y cierre la puerta.
Asustados, no supimos que hacer con el pajarillo que se había desprendido de la maquinaria del reloj. Al rato, sugerí: “Y si le decimos al papá y a la mamá que voló por la ventana”. “No, tonta, repuso Mauricio. ¿Está muerto?” “Sí, ya no canta”:
Esa noche, cuando volvieron los papás, nos castigaron con la correa. Me acuerdo que dormimos llorando, cada uno en su pieza. Al día siguiente, mi mellizo dijo mientras desayunábamos (otra vez estábamos solos con la Juana)
“Lo recogí de la basura”. “Papá botó el reloj”. Y del bolsillo sacó el pajarito muerto.
Fue nuestro primer funeral. Con el juego de palitas para la playa hicimos un hoyo en el patio y lo enterramos, muy cerca de la acequia. Luego rezamos las oraciones que decíamos al acostarnos. Por un tiempo largo, le pusimos una flor a diario. A los seis años empezamos a ir al colegio y las nuevas preocupaciones nos hicieron olvidar la pequeña tumba. Un día en que me asomé, descubrí las huellas de Gitano, el perro de la casa.
Quien sabe qué hizo con él. Nunca lo encontramos, a pesar de la ayuda de nuestros hermanos mayores, que a esta altura del cuento ya conocían la historia.

DE LO ACONTECIDO EN EL REINO DE GERGACATICO Ana M. Fuentes C. junio 2014

Había una vez un reino llamado Gergacatico que era gobernado por el rey Dunpirinplín a quien sus súbditos adoraban por la bondad de su corazón. Si alguien tenía un problema o necesidad, solo había que recurrir a él.
“Su majestad Dunpirinplín
Mi plata llegó a su fin”.
El rey entonces sacaba de su bolsillo un montón de monedas y las entregaba al hombre.
“Su majestad Dunpirinplín
No tengo arroz ni aserrín”
Esta vez enviaba a su lacayo a llenar dos bolsas con lo solicitado.
Y así transcurría la vida en Gergacatico: cada uno preocupado de sus labores y el rey haciendo el bien.
Pero un día sucedió lo más extraordinario jamás visto: el agua de los caños y canales se presentó cristalizada en forma de cubos de hielo, sin poder deshacerse.
Las mamás pusieron los hielos en el mesón de la cocina y a tablazo limpio quisieron quebrarlos, pero éstos quedaron iguales.
Los mozos del lugar dieron grandes hachazos y tampoco se quebraron.
Los más viejos llenaron carretilladas de hielo y lo fueron a moler al molino, donde tampoco se quebró.
De a poco, empezó a cundir la desesperación:
─ la piscina del rey era de cubos de hielo y no se podía bañar porque si se tiraba, se rompía la crisma
─ de la ducha salían hielos y solo los más valientes se atrevían a usarla
.─ las mamás no podían hacer leche asada, porque el horno tampoco derretía el hielo
─ los campos no se podían regar pues los canales de regadío eran hielos de barro y podían quemar las plantaciones.
La tristeza y consternación empezó a apoderarse de los corazones de los gergacatiquenses.
De nada sirvió convocar al consejo de ancianos ni a los sabios del reino. El pobre rey Dunpirinplín sentía que les había fallado a sus súbditos a quienes tanto quería.
Ahora todos andaban sucios, los cultivos empezaron a secarse y las comidas eran con hielo y no todos las podían ingerir. Los gergacatiquenses comenzaron a adelgazar.
Una noche, un gran monstruo de larga barba y ojos que echaban chispas apareció frente al rey diciéndole:
─ Su Majestad, no es bueno cómo les resuelves los problemas a tus súbditos, cuando tú no estés, ellos no sabrán qué hacer. Lo mejor es que aprendan a cultivar la tierra, a moler el trigo y el maíz, a aprovechar la madera construyendo sus viviendas, a tener reservas de agua y alimentos, a confeccionarse sus vestimentas.─
Y dando un gran resoplido, desapareció.
Estas palabras calaron hondamente en el rey y lo hicieron reflexionar sobre su conducta y decidió apoyar a sus súbditos contratando maestros que les enseñaran estas habilidades. Llegaron entonces, zapateros, carpinteros, sembradores, molineros, cocineros, etc.
Entre ellos apareció un forastero que venía entonando una tonadilla:
“Dunpirinplín, Dunpirinplín
Que se acabe el embrujo
Que llegue a su fin”
Y dando grandes saltos tomó de las manos a todos los niños del reino, formó una gran ronda a la que se sumaron los habitantes de Gergacatico coreando este estribillo
El ritmo de esta danza fue tan grande que aumentó y aumentó hasta que un gran relámpago seguido por un trueno, rompió la cantinela e hizo caer una lluvia torrencial que logró deshacer los hielos.
Y los gergacatiquenses comenzaron a fabricar sus casas, a labrar la tierra, a construir diques, a confeccionar sus zapatos y vestimentas, a moler los granos y volvieron a ser felices.
“Dunpirinplín,Dunpirinplín,
Esta historia ha llegado a su fin”.