Acerca de primavera65

Soy narradora-cuentista. Leo mucho, participo en tres talleres de narrativa, socia de la Sociedad de Escritores y Escritoras de Chile, mienbro de SECH MUJER. Dos libros publicados y un tercero en edición.

LA MANO

Por Marcela Royo Lira

La historia comenzó con los golpes en la puerta. Rectifico, fue con la carta en cuestión. Quizás, incluso antes, cuando desde el balcón el hombre vio al cartero en la vereda de enfrente y supo al verlo atravesar la calle y verificar los números, que llamaría a su casa. Demoró adrede en atender. Un presentimiento lo mantuvo inmóvil detrás de la madera. Escuchó el suspiro del otro, algo como un imperceptible rezongo. Lo imaginó agachado, aprontándose a deslizar el sobre por debajo de la puerta. Entonces, abrió de golpe. El mensajero dio un respingo y pidió disculpas sin haber por qué.
Una vez solo, el hombre se enteró que la enviaban desde un bufete de abogados. ¿Qué querrán estos leguleyos? se dijo entre dientes. No sabía por qué pero una ligera inquietud lo había alertado. Revisó mentalmente sus actos de los últimos tres años. Por si acaso. Nunca se sabe, pensó. Y se acordó, cuando un año atrás una conocida casa comercial había iniciado una persecución judicial en su contra por la compra de un electrodoméstico. Una mujer, que no conocía, dio su dirección. Le costó, dinero y tiempo, convencerlos que nada tenía que ver con ella. Amenazaron con embargarle parte de su mobiliario.
Ahora la cita era para dentro de dos días. No especificaban de qué trataba.
Cuarenta y ocho horas después, cuando abandonaba la oficina de abogados, el hombre sonreía incrédulo de su suerte. Como único beneficiario, heredaba, de un tío de su madre, una casona en Santiago, de once habitaciones, tres salones y un patio interior de naranjos y hortensias, ubicada en el antiguo barrio de Avenida Matta.
De vuelta al Puerto de Valparaíso, donde actualmente vivía, recordó haberlo visitado siendo niño en dos o tres ocasiones. Un viejo cascarrabias que lo obligaba mantenerse quieto mientras los mayores conversaban, a veces en voz tan baja que los creía urdiendo maldades de las cuales él no podía enterarse. Se acordó también del olor a encierro y humedad, a naftalina y orina de animal; del tapiz de los muebles viejos, sucio y hediondo. Y de las ratas que corrían en el entretecho, del gato tuerto y al parecer sordo que dormitaba junto al brasero. También, de la caja grande con soldaditos de plomo que le hizo llegar, a los nueve años, para una navidad. Fue la última vez que supo de él, su madre murió poco tiempo después y cesó el contacto.
Una tarde fría y amenazante de lluvia, viajó a la capital a reconocer la vieja casa de adobe que siempre había querido olvidar.
Sabe que es absurdo, pero el antiguo llamador de la puerta de calle, comunmente llamado La Mano de Fátima, lo inquieta. Hace un mes habita la casona de calle Lord Cochrane. Las puertas de todas las habitaciones abren a un largo pasillo en penumbras. Hay tragaluz en los salones y otro en el baño principal. Las piezas son oscuras, sin ventanas al exterior. Recuerda el miedo que sentía al entrar. Escondido tras la mampara su madre debía poco menos que arrastrarlo hacia el interior.
Pero hoy es adulto. Es absurda esta desazón, se decía cada vez que cruzaba la entrada.
Todo comenzó el día que llegó a instalarse. En la calle, esperaba el camión cargado con los muebles y la ropa repartida en un baúl y dos maletas. En el momento en que había introducido la llave en la cerradura le pareció que la mano giraba levemente, como si quisiera conocer al nuevo dueño. Horas más tarde, mientras se tomaba un vaso de whisky, la escuchó golpear con fuerza la madera, sin embargo, al abrir no había nadie. Tuvo la desagradable impresión, mientras se preparaba otro trago (este era el tercero) que no se iban a entender. Cuando niño se entretenía jugando con ella, la levantaba y dejaba caer abruptamente.
─Deja de hacer eso, hijo. La vas a cansar ─lo regañó su madre en varias ocasiones. El tío, en un arranque de furia, le había golpeado las manos con una varilla y él, en un descuido de los mayores, encendió una vela y mantuvo la llama sobre la mano largo rato. Riendo malévolo, como si percibiera el dolor del bronce.
En el transcurso de los meses el llamado a horas imprevistas e inoportunas lo tenían al borde del colapso. Al principio pensó en jugarretas de niños, era la única casa que aún mantenía ese tipo de llamador, o en gente ociosa. Incluso en los “okupas” de la otra cuadra, pero cuando la descubrió vigilando sus horas de salidas y llegadas, en el mismo movimiento imperceptible del primer día, supo que el asunto iba en serio y sólo era entre los dos. Se aficionó al whisky, bebía a deshoras y en mayores cantidades. Cuando venía de vuelta se disfrazaba como un encapuchado para ver si así no lo reconocía. Sin embargo, la mano siempre daba los dos golpecitos, como en sorna.
Sucedió de madrugada.
Llovía y hacía frío. Llevaba dos días en cama con fiebre y un fuerte dolor de garganta, sin ánimo para levantarse. Al séptimo llamado, harto de la jugarreta, cogió el combo de acero, que había encontrado entre la leña de la cocina, y se dirigió a la puerta de entrada. Entonces, con todas sus fuerzas y de un golpe seco, la arrancó de cuajo. En el suelo, continuó golpeándola, a pesar que los golpes no hacían mella en el bronce. Luego, envuelta en hojas de diario, como si fuese un ratón muerto, la arrojó dentro del tacho de la basura.
Días después, alertados por los vecinos del mal olor, la policía lo halló en su cama, muerto por estrangulación. La Mano de Fátima yacía junto a él.

TESTAMENTO

Marcela Royo Lira

Algún día ella vendrá. Quién sabe si una brisa inesperada anuncie su visita. O el silencioso copo de nieve, arrimado al marco, le abra mi ventana. Llegará. Eso es seguro. ¿Hoy? ¿Mañana? No importa. La espero. Cuando mis ojos se cierren y el corazón de su último latido, los demás querrán saber qué les heredo.
Mis lágrimas, todas ellas, para que no dejen de fluir los ríos y, quizás, alguien calme su sed.
La risa, cual mariposa, deslizándose juguetona y libre por la casa desde muy niña. Pedí al picaflor, que llega al jardín en primavera, la reparta entre quienes lloran. Que esos hipos llorosos se conviertan en sonrisa.
Abrazos. ¿Cuántos abrazos he dado en todos estos años? Quiero se hagan uno sólo, inmenso, y abrace a los niños que sufren hambre o la guerra.
El calor de mi piel a quienes pude amar y no lo hice.
Ay, si pudiera heredaría estos ojos que gozaron amaneceres cálidos y de la lluvia en los inviernos. Mi placer por el rosal que enciende sus hijas a mediados de Septiembre. El gorjeo de los pájaros, cada mañana, desde el nogal y la higuera. Y su perfume cuando me sentaba a la sombra a leer una novela. Al poeta que hilvana los primeros versos, el sonido del teclear de mi máquina de escribir. Sólo así sabrá del mundo que visité por años y de los cientos de personajes que me contaron una historia diferente cada tarde.
A los niños, las mariposas que dejaron de venir sin que me diera cuenta. Son las hadas en nuestra realidad.
Heredo el viento y los aromas que arrastra desde el confín de la tierra a las ciudades de cemento y edificios que pretenden alcanzar el cielo. Les dejo mi gozo por tantos amaneceres y las últimas horas de la tarde.
Quisiera poder heredarles un mundo tan distinto. Haber sido ese grano de arena, que unido a otros, lo pudimos cambiar. Y lo llenamos de risa, de canto y ternura.
Dejo en herencia mis narraciones.
Como dije, hace algunos años refiriéndome al libro, ser para otros como el “señor de las tres E”: Enseñar. Entretener. Emocionar. Tres principios que me llevaron por el pedregoso camino de la literatura.

El Cuatrero

Juan Vera Valderrama.

Tomé el pullman de las siete y media de la mañana que hacía el recorrido Santiago, San Antonio. Debía bajarme en Malvilla para combinar con la Porteña, micro que debía pasar por ahí, más o menos a las nueve y media y dejarme en el lugar de destino, mi aldea natal, Lagunillas, alrededor de las once.
Llevaba una maleta con mi ropa y varios libros, además de un canasto de mimbre cuadrado con un gallo en su interior. Era el regalo que mí apoderado en Santiago mandaba a la tía donde pasaría mis vacaciones de invierno.
Justo cuando me acerco al chofer del pullman para pedirle que me pare en el cruce de Malvilla, veo que la Porteña pasa raudamente hacia Valparaíso. Bajé y me puse a esperar otro vehículo que pudiera llevarme. En ese tiempo, 1947, los vehículos motorizados eran muy escasos. Después de un largo rato, el canto lejano de un gallo empezó a estimular mi imaginación. Estaba en un punto de una ancha franja que partiendo de Santiago, se extendía entre San Antonio y Valparaíso y que según las leyendas estaba llena de “entierros” que habían dejado los españoles en su huída al Perú después de la Batalla de Chacabuco. Que estos entierros estaban ubicados cercanos a sitios con grandes piedras que tenían figuras talladas o en corralitos del mismo material y que cuando el reloj daba las doce de la noche, un gallito anunciaba la existencia del entierro cantando sobre esos lugares.
Un segundo canto del gallo mi hizo volver a la realidad. El que cantaba era el gallo del canasto y se sentía lejano producto del encierro. Preocupado por su estado levanté un poco la tapa, para evitar que escapara. Era un ave hermosísima. Las gallinas de mi tía se van a volver locas cuando lo vean. Entre todas imaginé a algunas describiéndolo: “Cosa más linda, ahora si que me voy a la cresta, decía la trintre a la cogote pelado, mira lo grande y erecta que la tiene”. No sólo la cresta, dijo la cogote pelado, mira sus gruesas patas amarillas y sus espolones para agarrarse firme. Celestina, mirando el cielo, manifestó poéticamente, que pintor daría esos brochazos en su cola, miren ese verde, ese rojo y ese azul renegrido, realmente es para volverse loca. Cállate mejor dijo la trintre, no lo traen para hacer poesía, si no para que nos pise. Me lo imagino pasando su hermosa e inflada pechuga dorada con pintas rojas y blancas sobre mi espalda. Que va a ser del pobre Ramón dijo la vieja Cristina.
En esas divagaciones estaba cuando el gallo cantó por tercera vez. Si no pasaba ningún vehículo debía caminar. Así lo hice. Até con mi pañuelo la maleta y el canasto me los coloqué sobre uno de mis hombros y emprendí la marcha sobre el barro. Si bien ya no llovía, negras nubes amenazaban con hacerlo.
Después de caminar más o menos una hora llegué a un pueblecito llamado Lo Zárate. Ahí se inicia una larga cuesta que debe tener unas 10 o 12 curvas. Empecé a subirla, a mi lado, el silencio iba de la mano con la soledad. Como también el miedo se hizo el invitado, comencé a mirar hacia todos lados. Varias animitas con pequeñas casitas y una cruz arriba descansaban a la orilla del camino. Hacia adelante, nada, y hacia atrás, sorpresa. Un hombre de mediana estatura, seguramente un cuatrero, caminaba en la misma dirección a más o menos un cuadra de distancia. La imaginación empezó a trabajar: las animitas, ¿serían atropellos o asaltos? Obviamente eran preguntas sin respuesta. El hombre usaba un sombrero negro, pequeño, calzaba ojotas, y vestía un raído poncho que el tiempo fue pintando de plomo y unos pantalones ajustados que le llegaban un poco más arriba del tobillo.
Se notaba que quería alcanzarme. En cada curva lo perdía de vista, pero al empezar la siguiente, aparecía de nuevo, cada vez más cerca. Era joven y tenía la ventaja que no llevaba carga. Al llegar a la cumbre de la cuesta, no daba más de cansancio. Pese al frío reinante estaba empapado de transpiración. De todos modos él me alcanzaría, así es que decidí enfrentar la situación. Dejé el canasto en el barro y sobre él, la maleta.
“Tas, que venía apurao, amigo, le ayuo a llevar.”Fue su saludo.
Si no es molestia.
“Ninguna, ¿paonde va?”
A Lagunillas, soy estudiante. Voy de vacaciones de invierno y usted ¿de donde es?.
“Soy de Quillaicillo, así que le pueo ayudar a llevar hasta el cruce”.
Muchas gracias. Le pasé la maleta, Caminábamos. A ratos callados a ratos conversando.
No me va a creer, he oído hablar mucho de Quillaicillo, pero no lo conozco, ¿Cómo es?
“Es muy reonito iñor, algún día vaya a conocelo”.
A lo mejor algún día voy.
Y ¿Cómo es Lagunillas?
También es un pueblo aunque chiquito, muy bonito.
Llegamos al cruce de Quillaicillo. Nos detuvimos. Me pasó la maleta y me dijo: “Güeno pus amigo, hasta aquí no más pueo ayuarlo”.
Muchas gracias.
Presentí que algo me acercaba a ese hombre, tal vez saber que nunca más lo volvería a ver. No sabría explicarlo pero me sentía raro, como si algo nos faltara por decir. De pronto el hombre, mirándome a los ojos, como en una actitud desafiante y al mismo tiempo amable, con una voz suave, diría que casi un murmullo, me dice: “fíjese que yo tenía un tío en Lagunillas, a lo mejor usté lo conoció”.
Claro que debo haberlo conocido, Lagunillas no es más que una calle larga con casitas por ambos lados y conozco a toda su gente, desde el lenguancha por arriba hasta el maestro Salas por abajo. No hay barrios, sólo arribanos y abajinos. Y ¿cómo se llamaba su tío?
“Murió hace como 10 o 12 años, se llamaba Juan de Dios Vera Flores.”
Un temblor recorrió todo mi cuerpo.
Está equivocado, en agosto se van a cumplir nueve años que murió.
“Y usté como lo sabe.”
Lo se, y muy bien, porque Juan De Dios Vera Flores era mi padre, así es que somos primos.
“No pueeser.”
¿Por qué no?
“Mire como anda usté y mire como ando yo.”
Eso no tiene nada que ver, ¿como se llama su madre? mi tía.
Isolina.
¿Y su padre?
Juan González.
¿Y Ud. Cómo se llama?
José.
Mire la casualidad, hay un escritor que tiene su mismo nombre: José Santos González Vera.
“Yo no tengo nada de Santo y solamente se escrebir con el arado: un surco pacá otro pallá y así toda la vida. Pero me contenta de saber que tengo un primo rico.”
Yo no soy rico.
“Pero anda como jutre.”
Así nos vestimos en la ciudad.
Me gustaría andar así. Debe ser lindo vivir en la ciudad.
A veces sí, a veces no. En cambio el campo es siempre hermoso.
“Ta equiocao primo, en los inviernos hay veces que nuay que comer, nuay donde ir a comprar y sólo si se tiene harina crúa dele a las pantrucas por semanas. En los veranos sí que es bonito, vienen las cosechas y hay plata. Hasta el sol se apura pa’ leantarse más temprano y se demora pa’ irse a dormir. Se nota que a él le gusta tamién el campo en verano, en cambio en invierno ni se asoma. Hey tenio el gusto de conocelo.”
Igual yo.
Nos dimos un fuerte abrazo y cada cual tomó su camino, ambos chapoteando el barro y salpicando recuerdos.
Iría a unos veinte a treinta metros, le grité, saludos a la tía Isolina.
“Noseapoer.”
¿Por qué?
“Ta muerta.”
Valga la intención.
Gracias.
Llegué a Lagunillas rendido y hambriento, mi tía como siempre, cariñosa, me preparó algo de comer. No se quien estaba más contenta con el gallo, si ella o las gallinas.
Un largo y sonoro tiquitiquití congregó a todas las gallinas en el patio. Tomó el canasto con delicadeza y soltó el gallo. El alboroto fue grande, los cocorococó, salieron de los picos de casi todas ellas. Sólo don Ramón el viejo gallo existente, demostraba su amargura. La trintre quería acaparar al gallo nuevo, no les dije que era lindo chiquillas. Y don Ramón le contestaron algunas, se va a morir de tristeza.
Aquí no se muere nadie dijo el gallo, ¿quién es don Ramón?
Yo soy contestó el gallo viejo y usted ¿Como se llama?
Tenorio.
Oyeron chiquillas y se llama Tenorio, insistía la trintre, que las más viejas se queden con don Ramón y las jóvenes nos vamos con Tenorio.
No me gustan las divisiones en los grupos dijo Tenorio y para que vea que no quiero aprovecharme, don Ramón, le hago la siguiente proposición que yo considero justa.
Diga don Tenorio.
¿Cuántas gallinas hay?
Treinta y tres gritaron ellas a coro.
Bien, se van a formar en una fila y para que nadie se sienta afectado, don Ramón empieza a pisar por un lado y yo por el otro.
Muy de acuerdo afirmó don Ramón, pero tengo una costumbre muy de gallo de bien y cada vez que las voy a pisar les digo al oído: “con permiso gallinita” y cuando me bajo “muchas gracias gallinita”.
No hay problema, dijo Tenorio yo haré lo mismo.
Formaron las gallinas y cuando don Ramón iba en la Tercera, siente una tromba que viene por el otro lado, con permiso gallinita, muchas gracias gallinita, con permiso gallinita, muchas gracias gallinita, con permiso don Ramón, muchas gracias don Ramón.

EL RELOJ

autora Marcela Royo Lira

Hoy trajino la memoria. Desempolvo recuerdos. Deshago telarañas. Lo veo venir en el tiempo, arrastrando risas y travesuras. Mauricio y yo, de cuatro años, nos quedábamos con la Nana. Los dos mayores iban al colegio. Disponíamos de toda la casa para nosotros, mientras Juana barría, lavaba ropa y preparaba el almuerzo.
Recuerdo la tibieza de esa mañana, del sol asomado en la puerta que conducía al patio, como espiando maldades.
Él estaba allí. Lo sabíamos. Escondido en su pequeña casa. Como todos los días, esperábamos verlo asomarse y escucharle cantar. Tan pequeño, travieso. La idea fue mía, debo confesar. Encaramada en una escalera que habíamos entrado entre los dos del patio, a escondidas de la nana, tensa, lo esperaba.
De pronto, abrió la puertecilla y cantó: ¡Cucú, cucú!
Mi mano, en rápido movimiento, lo coge, impidiendo que entre y cierre la puerta.
Asustados, no supimos que hacer con el pajarillo que se había desprendido de la maquinaria del reloj. Al rato, sugerí: “Y si le decimos al papá y a la mamá que voló por la ventana”. “No, tonta, repuso Mauricio. ¿Está muerto?” “Sí, ya no canta”:
Esa noche, cuando volvieron los papás, nos castigaron con la correa. Me acuerdo que dormimos llorando, cada uno en su pieza. Al día siguiente, mi mellizo dijo mientras desayunábamos (otra vez estábamos solos con la Juana)
“Lo recogí de la basura”. “Papá botó el reloj”. Y del bolsillo sacó el pajarito muerto.
Fue nuestro primer funeral. Con el juego de palitas para la playa hicimos un hoyo en el patio y lo enterramos, muy cerca de la acequia. Luego rezamos las oraciones que decíamos al acostarnos. Por un tiempo largo, le pusimos una flor a diario. A los seis años empezamos a ir al colegio y las nuevas preocupaciones nos hicieron olvidar la pequeña tumba. Un día en que me asomé, descubrí las huellas de Gitano, el perro de la casa.
Quien sabe qué hizo con él. Nunca lo encontramos, a pesar de la ayuda de nuestros hermanos mayores, que a esta altura del cuento ya conocían la historia.