Acerca de mariakarmen

Me siento feliz cuando estoy con mis amigos y amigas.

Olvido

Por Margarita Espinoza

El hombre es como la luna,
con una cara oscura que a nadie muestra.
Mark Twain.

La encontré una fría mañana de julio. La divisé de lejos y corrí a su encuentro, la llamé por su nombre, pero no me escuchaba o, tal vez, no me quería escuchar, hasta llegué a dudar que fuera ella… Se veía más flaca y en realidad su apariencia no era la misma. Apuró el paso, pero yo no podía abandonar la intención de alcanzarla, quería advertirle que no volviera… De repente, se detuvo, y pude llegar a ella… se mostró distante, como si no me conociera. Llorando le conté que habían llegado a buscarla al colegio y que el presidente del centro de alumnos pasó sala por sala pidiéndonos que la denunciáramos si la veíamos y nos dio un número telefónico para que avisáramos de su paradero. Entre lágrimas me contó haber escapado de una detención domiciliaria, una ratonera.
Miré a mi alrededor, la calle estaba desierta, sin embargo sentí que era preferible conversar a puerta cerrada, protegida de posibles miradas ocultas tras los visillos que podían haber reparado en nuestro emocionado encuentro. La invité a pasar a mi casa que estaba cerca, confiada aceptó y compartimos un aromático café caliente que nos reconfortó de la gélida mañana y permitió que las palabras fueran fluyendo libremente y así fue hilvanando su historia que voy a narrarles ahora.
«Una noche en que la neblina lo envolvía todo dando un aspecto espectral y siniestro a la ciudad como un presagio de lo que acaecería, me esperaban cerca del ascensor dos señores de civil, altos, macizos, elegantemente vestidos. Subieron conmigo y se presentaron de buena forma. Dentro del departamento, desde mi teléfono llamaron al cuartel anunciando que la tarea estaba cumplida, y además, pidieron instrucciones. Esa noche llegaron para quedarse…
Después del toque de queda llegó un pelotón de infantes de marina con las caras pintadas y metralleta en mano, se tomaron el departamento… Registraron todo, vaciaron los cajones, los closets, dieron vuelta los colchones, la despensa y cada día fueron sacando bolsones grandes llenos de libros, diarios y revistas… Además, se fueron llevando las cosas que más les gustaron, pipas, relojes, muñecas, loza… Así, el espacio fue quedando cada vez más vacío y el eco se introdujo en punta de pie y se encargó de rellenar los rincones.
Los días con sus noches fueron pasando muy lentamente… Para aparentar normalidad, todas las mañanas me sacaban a la calle como si nada pasara, estrechamente vigilada. Fueron días sin comer, noches sin dormir… El miedo se fue instalando en mis tripas vacías y mis vísceras asustadas temblaban de pavor haciendo girar mis rodillas como manecillas de un reloj. Caminaba por la calle como un robot, no miraba a nadie, aterrada de encontrarme con algún compañero o compañera que me saludara, es por eso que ahora no quería encontrarme contigo», dijo.
Pasaron varios años, y un día frío de invierno la encontré en el paseo Ahumada, una espesa neblina lo envolvía todo, la saludé entusiasmada, me respondió y me pidió que la ayudara a refrescar su memoria. Le hablé de nuestro último encuentro, se quedó un momento en silencio y exclamó: «¡Esta vez invito yo!», nos fuimos a un café y me contó como superó la angustia, la ansiedad que le provocaba el no querer delatar a nadie. «Súbitamente, sin proponérmelo, ocurrió el milagro», ―dijo― «…mi memoria se encargó de borrar todo, nombres, rostros, números de teléfono… quedé como colgada, petrificada, muda, sin familia, sin relaciones a quienes pudiera comprometer. Estos encuentros son maravillosos para mí, dijo, porque me permiten rescatar de entre los pliegues ocultos de mi memoria a los amigos y amigas que aún duermen en el olvido pero que gracias a él fueron salvados del horror»

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El Coleccionista

Por Rosa Stuardo

«Yo te propongo que nos amemos, nos entreguemos y en el momento que el tiempo afuera no corra más…»
Cantaba en mi oído, mientras nuestros cuerpos pegados se movían suavemente al compás.
Estaba tan a gusto entre esos brazos fuertes y tibios.
La temperatura de mi cuerpo iba en aumento y podía aceptar cualquier cosa que aconteciera más tarde.

Hacía un año, mi marido abandonó el hogar. Después de eso nunca salí a divertirme. Estaba demasiado dolida y ocupada con mis tres hijos, la casa y el trabajo.
―¿Piensas quedarte como una monja, encerrada toda la vida? –Se burló María Eugenia, mi amiga del alma.
Cuando se enteró que mis hijos estaban en campamento de invierno, con el club de scout, vino a invitarme a salir.
―Ponte linda ―dijo― esta noche vamos a matar.
Empecé a arreglarme con poco entusiasmo. Después de maquillada ajusté el sentador vestido rojo y calcé los zapatos de tacones. La imagen que devolvió el espejo me tranquilizó. Estaba bonita

Hacía frío. Bebimos un whisky antes de salir. En un taxi llegamos a la discoteca. Había poca gente aún y en los parlantes sonaba música lenta.
―Estoy algo incómoda ―le dije a mi amiga― acá se viene con pareja ¿Verdad?
―Pierde cuidado, estás tan linda que pronto encontrarás una. Observa cómo te mira ese morenazo del frente y el amigo no está nada mal. Prepárate, vienen hacia acá.
En efecto, nos sacaron a bailar. Al comienzo estaba rígida, pero poco a poco fui relajándome hasta sentirme cómoda y muy a gusto.
Continuaba cantado en mi oído: «Yo te propongo darte mi cuerpo después de amar y mucho abrigo y más que todo brindarte a ti mi paz».
La música era divina y la letra, murmurada, embriagadora.
Tomamos un trago. Hablamos poco.
―¡Tan linda y sola! ¿Qué pasa con los varones, están ciegos?
―La repetida historia de la esposa abandonada ―dije― sin abundar en explicaciones. Mi nombre es Leonora, mentí.
―A ti ¿Puedo llamarte, Roberto Carlos?
―Como tú quieras, preciosa.
Varias horas seguimos bailando. No le di importancia a María Eugenia cuando hizo una seña de despedida y abandonó el local con la pareja.
Luego le advertí a Roberto Carlos que era tarde y deseaba regresar a casa. Ofreció llevarme y acepté encantada.
En el auto nos besamos larga y apasionadamente.
Frente a mi casa, preguntó si lo invitaba a entrar. Asentí con un movimiento de cabeza.
Nos besamos en el porche, en el living, en el descanso de la escalera y caminamos directo a mi dormitorio. Sobre la cama seguimos besándonos. Nos desnudamos e hicimos el amor como dos locos adolescentes.
Entrada la madrugada nos dormimos abrazados, y fue tan grato el calor de su cuerpo.
Desperté cuando un tímido sol porfiaba por atravesar las gruesas cortinas del ventanal.
Recordé. No era un sueño, pero él no estaba junto a mí. Pensé que estaría en la cocina, preparando desayuno. ¡Tanto tiempo que nadie traía una bandeja a mi cama!
Agucé el oído y no escuché ruido alguno proveniente del primer piso. Pensé en los niños y salté de la cama para buscar el celular. Recordé que lo había dejado en la cartera sobre la mesita del teléfono, en el primer piso. Bajé. Encontré la cartera abierta. No estaba el celular, tampoco la billetera con cincuenta mil pesos. Tampoco estaban el notebook y mi fotografía de estudio con marco de plata, donde todos me encontraban tan bella.
Lo había pasado tan bien que no pude tildarlo de ladrón. Pensé que era un coleccionista de fotografías y otros enseres de mujeres hermosas, con las cuales pasó una noche de placer.

Trampa

Por Cecilia Nancy Bustamante

Aliro, de mediana edad, fuerte como roble añoso, permanece hace un rato sentado en el bus que lo llevará al Sur, descansa sus manos sobre el regazo, observa a través de la ventanilla con su mirada humilde y triste, el terminal bullicioso, con la reiterada salida y llegada de los buses, el incesante ir y venir de la gente que, presurosa deambula en medio del frío y la lluvia que azota la capital en ese momento. Unos con prisa, otros pacientemente esperan partir a su lugar de destino, quizás algunos viajan con alegría esperanzadora y otros con realidades dolorosas, pero sin duda sólo quieren partir y llegar pronto a su destino.
Mientras mira hacia afuera, Aliro tiene sentimientos encontrados: ansiedad, temor, alegría de poder viajar a su tierra, tras la larga ausencia. Su corazón sencillo de campesino añora el hogar, el amor paterno, la naturaleza viva, libre, sana, donde se crió. Durante mucho tiempo, sólo la soledad, el transcurrir sin variaciones de las horas y días, la falta de amor, lejos de los suyos, fueron sus compañeros.
El bus por fin sale y enfila hacia el Sur, mira por última vez ese lugar donde nunca quiere regresar. Siente que los latidos desordenados y fuertes de su corazón lo ahogan, cierra los ojos para tranquilizarse, visualiza los ojos bondadosos, la risa alegre, el cuerpo menudo de Luz, su madre; junto a Ulises, su padre, alto, nervudo, fuerte, de modales toscos que esconden en su interior ternura, sapiencia, pleno de fuerza para extraer de la tierra sus frutos y sacar adelante su familia, es el recuerdo que atesoró todos estos años dentro de él.
¿Cómo estarán, cuánto los hice sufrir con mi partida? se pregunta Aliro. El transcurso del tiempo es implacable, ya entonces mi padre estaba envejecido por el duro trabajo del campo ¿mi madre aún tendrá esa mirada luminosa, tierna y enérgica?
¡Cómo añoró su terruño! en su memoria permaneció inalterable, como un paisaje idílico, como un poema grabado con fuego en sus recuerdos y en su mente. Su tierra rodeada y cercada de olorosos pinos, de eucaliptus cantores cuando el viento y la lluvia arrecia, álamos elevándose al cielo como vigías gigantescos, la chacra y sembradíos que daban verduras todo el año, el gallinero que proporcionaban carne y huevos a la familia, los patos en su charca borrosa, las vacas blanquinegras con su leche y quesos preparados por su madre… los frutales, sólo había que levantar la mano y coger la manzana, el damasco o la pera y saborearla.
¿Cómo olvidar el canal detrás de la casa? En la niñez, junto a sus hermanos los días calurosos del verano se lanzaban al agua fresca que corría cristalina, en sus bordes los sauces llorones y matorrales ofrecían sombra bienhechora, mientras sus risas y juegos llenaban el espacio, con ellos siempre estaba Mañungo, el único hijo de don Hilario, el vecino, que tenía su misma edad.
El bus traga rápido los kilómetros que restan para llegar a su destino, en la obscuridad reinante del bus, escucha los murmullos tenues de una pareja que se ubica delante de su asiento, se besan y acarician sin pudor, la pasión los consume y la complicidad de la noche les acompaña, ella dice al hombre:
―¡Te amaré siempre, sólo seré tuya! ―él la besa con pasión.
Aliro, al escuchar las palabras de la mujer, lucha por evitar que sus recuerdos afloren, para evitar sufrir aún más, pero sus esfuerzos resultan insuficientes y se sume en el dolor una vez más.
¡Dios! ¿ por qué lo permitiste? con nostalgia dolorosa piensa en Rosa, su amor de la niñez, el amor de su vida, piensa en sus ojos verdes, picarescos, sus trenzas castañas que cuando las soltaba caían en cascada por su espalda y ese cuerpo sensual y macizo, siempre lo enloquecieron. Desde pequeños sabían que con el paso del tiempo se casarían.
Con lágrimas en sus ojos, rememora «¡Cuánto la amé!»
Continuó recordando. Hicieron el amor por primera vez en medio de la naturaleza, la tierra como su lecho donde posaron sus cuerpos jóvenes, impetuosos, el cielo estrellado sobre ellos, los matorrales cercanos mecidos por un viento suave, el canto de los grillos y el croar de las ranas acompañaron su pasión desatada y virginal.
Quizá el olor reconocido por su subconsciencia lo despierta. Con emoción y un nudo en la garganta ve que ya llega a su destino, el bus se detiene en la berma, baja despacio quizás con un poco de temor. La lluvia fría lo moja, sintiendo un escalofrío que le recorre todo el cuerpo, la noche está todavía cerrada y el frío lo estremece, se encamina por un sendero cercano, avanza con lentitud, tratando de descubrir el portón, por fin lo ve, se apoya, comprueba que está desvencijado, sus goznes ya viejos y oxidados han cedido, le cuesta abrir, ya que tiene que levantarlo y empujarlo con fuerza, le apena su deterioro. De pronto los ladridos y saltos de un perro a su alrededor lo llenan de miedo, pero en la obscuridad, con sorpresa descubre que es “Copito”.
―¡Me recuerda, me recuerda! piensa, acariciando la cabeza del can, eso le da fuerzas para continuar.
Ya el amanecer naciente apenas ilumina el camino, la llovizna le acompaña, en medio de las tinieblas aparece la casa paterna con su corredor, casi no hay macetas con plantas multicolores que a su madre tanto le gustan, el humo de la chimenea es débil, no es suficiente para dar abrigo y calidez al hogar, como estaba acostumbrado a ver en su casa
Aliro se pregunta «¿Qué sucede?»
Se dirige a la puerta, va a golpear y no alcanza, abren antes, apareciendo el rostro de un anciano que con ojos sorprendidos lo mira, al reconocerle su mirada se transforma y se llena de amor y de alegría
¿Aliro, mijo es usted? Le abre los brazos y el hijo se refugia en ellos, y ambos hombres lloran, por fin, están reunidos de nuevo, enseguida el hijo pregunta.
―¿Papá, dónde está mamá? ¿Cómo está ella?
Él le responde:
―Mijo, no se desespere, ella aún está a nuestro lado, su salud es precaria, pero su espíritu, su alma son fuertes, sólo anhela verte, eso la hará renacer, estoy seguro. Se dirigen hacia la cama donde Luz está acostada, ella al escuchar sus voces abre los ojos, al verles aproximarse abrazados, se incorpora a medias, con dificultad, emocionada con lágrimas en sus ojos cansados, abraza y besa en la frente a Aliro.
―¡Hijo mío, por fin estas con nosotros!
Él los mira emocionado, lleno de amor, con toda la nobleza, y la simplicidad de su corazón de campesino, sin dobleces, confiado, generoso como la tierra misma que le vio nacer.
―¡Vengo a suplicarles su perdón! nunca quise provocarles tanto dolor y vergüenza. Sé que no hay justicia en que yo venga a pedirles que me perdonen si yo mismo no fui capaz de perdonar a Rosa… cuando la vi desnuda en mi propia cama acostada con Mañungo… en el mismo lecho que fue testigo de todo el inmenso amor que le prodigué cada día y sin pensarlo siquiera, en ese instante regresaba de cazar, vine antes de tiempo porque se me había quedado una trampa. Levanté el rifle y les disparé, ahí mismo, enceguecido de dolor y celos. Él era mi mejor amigo y ella la mujer de mi vida.

Encuentro de Yo También Cuento y Andrea Jeftanovic

Jeftanovic

Andrea Jeftanovic (Santiago de Chile, 1970) es narradora, ensayista y docente. Es autora de las novelas Escenario de guerra y Geografía de la lengua (2007); y del volumen de cuentos No aceptes caramelos de extraños. Sus relatos han formado parte de diversas antologías, algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, húngaro, portugués. En el campo de la no ficción, ha publicado el conjunto de testimonios y entrevistas Conversaciones con Isidora Aguirre (Frontera Sur, 2009) y del ensayo Hablan los hijos. Estéticas y discursos en la perspectiva infantil en la literatura contemporánea (Cuarto Propio, 2011).

Es colaboradora habitual de las revistas Quimera (España), Intemperie (Chile), entre otras, y también de suplementos de viajes. Ha dado conferencias y ha participado en residencia de escritores en Alemania, Cuba, Estados Unidos, Portugal y España.

Ha sido merecedora de varios reconocimientos, entre ellos, destacan Premio Consejo Nacional de la Cultura y las Artes mejor novela 2001, Mejores obras de editoriales independientes españolas en el diario El País el 2010, Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile 2011.

Actualmente se desempeña como académica en la Universidad de Santiago de Chile, dicta talleres de narrativa y trabaja en nuevos proyectos literarios.

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SDC10315 SDC10316 SDC10317 SDC10318 SDC10323 SDC10326 SDC10327Nuestro sincero agradecimiento para Andrea Jeftanovic, una autora que sabe movernos el piso con su propuesta creativa, porque nos ofreció una charla magistral sobre memoria y ficción como experiencia de escritura. Con este encuentro cerramos nuestra lectura del libro de cuentos de Jeftanovic: No aceptes caramelos de extraños (Uqbar Editores, 2011)También debemos agradecer al equipo de Sala Novedades de la Biblioteca Municipal de Santiago por brindarnos el espacio y por todo el apoyo y atenciones recibidas.

MATILDA

Marcela Royo

Antes que el reloj le sorprendiera, la mujer abre los ojos. La calle aún duerme, dentro se inicia una jornada. La mano huesuda revolotea cual mariposa y calla la campanilla. Escucha un agitar de hojas en el jardín. Imagina el frío. Las sombras se recogen poco a poco. Pone oído al rincón donde duerme Matilda, escucha un gemido, adivina la cabeza erguida buscándola en la claridad que crece. “Mi consentida, no se levantará hasta que la mañana se asome al descorrer las cortinas”, susurra con un gracioso mohín de vieja querendona.
Un grupo de colegiales que pasa riendo y conversando la deciden a levantarse. Lo hace lento, con movimientos torpes, la edad le robó parte de su visión y le regaló una artrosis a la cadera. Por eso, semanas atrás, otros habían decidido por ella. Matilda no lo sabe. Imposible encontrar palabras, explicar lo que no puede o no quiere. Romper la promesa que hiciera cuando la tuvo en brazos por primera vez. Cierra los ojos y visualiza aquel amanecer de agosto, sobrecogida por el frío bajo el umbral, levantó las hojas de diario que cubrían la caja de zapatos.
Entonces, le vio. Pequeña, indefensa.
El pito de la tetera la saca de sus cavilaciones. Calienta restos de cazuela de ayer. Matilda, en su cobija, se estira, bosteza, sacude el pelo cobrizo que le envidian en el conventillo de la otra cuadra. Luego, se levanta y allega mimosa a las piernas de la anciana.
―No se encariñe con ella, Doña Dolores ―le advirtió el viejo José cuando lo supo―. Se nota su linaje. Tarde o temprano alguien la reclamará ―había agregado, antes de irse pedaleando en su bicicleta con el bolso cargado con la correspondencia.
Pero la mujer no escuchó razones.
Cuando el sol ilumina la sala, le pone la capa polar que compró en Patronato a principios de invierno. Luego, arrebozada en el chal coge el bastón y abre la puerta. El frío le hiere la piel. Adrede olvidó los guantes. Necesita guardar el calor del cuerpo de su regalona en las palmas, la suavidad del pelo, recobrarlo cada vez que quiera. El golpe seco de la muleta marca el compás. A su lado, cabizbaja, camina Matilda, un vago presentimiento le impide alejarse como acostumbra. La anciana comienza explicaciones inentendibles, se enreda, tartamudea. Aprieta con rabia el bastoncillo. Anoche lo pensó cien veces, maldice. Hoy no puede, como si las palabras hubiesen quedado enredadas en las sábanas. Por un segundo quiere creer que todo es un mal sueño, que el aliento húmedo de Matilda le despertará, apurándola con el desayuno.
“No te alejes, querida”, ruega en un reproche cargado de ternura cuando la ve perseguir palomas en la plaza. “Las señoras de la Oficina a donde vamos, encontrarán un hogar para ti. Lo prometieron”, asegura, sin mucha convicción y le parece verla asustada, rodeada de extraños.
“Carajo. Allá viene la veterana”, masculla entre dientes la barrendera de calle Libertad. “Dicen que la Asistente Social del Municipio le consiguió cobijo en un Hogar de Ancianos. Qué avejentada se ve, la pobrecita. ¿Cómo? ¿Abandonará a su regalona en el establecimiento de la otra cuadra? Si supiera cómo se les oye llorar cuando los dejan. Pero, ¿por qué la juzgo? Acaso, no fui yo quien, en la niebla de una mañana, dejé en su puerta la caja de zapatos con la cría dentro. Sabía que era bondadosa y lo sola que estaba desde que el hijo se marchó a Barcelona. Por eso, apenas Agustina parió me deshice de las criaturas. No quise ni pensar que pudieran heredar las costumbres promiscuas de la madre. Ahora, los chismosos dicen por ahí que carezco de piedad y no tengo misericordia. Pero, ¿qué hubiera hecho con cinco cocker spaniel hembras, si a duras penas batallo con el desenfreno de la Agustina?”.

EL AFUERINO

vias de tren

Lucía Stuardo

Un hombre desconocido llegó al pueblo. Afuerinos los llaman en el campo.
Aparentaba ser más viejo, pero no tendría más de sesenta años mal llevados. Piel curtida por el sol, físicamente desgastado por el trabajo duro del campo.
Llegó al hospital en busca de atención médica. Estaba pálido y decaído. Dijo que era oriundo de la Región del Maule. No tenía familia ni domicilio fijo.
Fue atendido por el Doctor y le diagnosticó: “Depresión Bipolar”. Lo hospitalizaron, tomó las medicinas necesarias y cuando se sintió mejor, lo dieron de alta.

Deambulaba por el pueblo haciendo mandados. Lo llamaban “El Maucho” por venir desde El Maule. La gente lo acogió con benevolencia, convirtiéndose en un vecino más. Una señora muy generosa, le proporcionó un cuarto en el patio de su casa, además de las comidas diarias, que él recompensaba con ayuda en el pequeño huerto que ella tenía.

Poco a poco, dejó de tomar sus medicinas. Se tornó huraño y taciturno. Decía que su esposa lo había abandonado y que extrañaba a sus hijas. Que cuando su esposa lo dejó, él salió a caminar por la carretera hacia el Norte. Trabajaba esporádicamente en cualquier lugar y seguía caminando sin rumbo. Así llegó a nuestro pueblo donde fue acogido con cariño.

El último tren de cada día, pasaba a las siete de la tarde. La estación siempre se repletaba de gente. Los que iban a esperar a alguien, a despedir o simplemente a curiosear. Era una entretención ver pasar el tren. Una tarde de verano normal como cualquier otra. Pero, ese día, cuando el tren se alejaba, vimos un grupo de personas en la línea junto al andén.

Con mis amigas nos acercamos y pudimos ver el cuerpo del Maucho, tendido sobre los durmientes y la cabeza apoyada en el riel.
Enseguida levantaron el cuerpo, lo pusieron en una camilla y lo llevaron a la morgue del hospital.

Impactadas y curiosas nos fuimos siguiendo al grupo. Dejaron la camilla en el suelo en espera del médico que lo recibiría. Un carabinero destapó al Maucho y en su pecho tenía prendido un papel que decía: “La tercera es la vencida”.

APARICIÓN

Rosa Stuardo

Un ancho pasillo conducía a los dormitorios, en el segundo piso del internado. Frente a las entradas de éstos, había dos puertas, distantes, algunos metros, una de la otra. Siempre estaban cerradas. Comentaban que era una zona de castigo, para quienes incurrían en “conductas inapropiadas”.
Por casualidad, un día, pude mirar hacia el interior. Era un desván. Se veía un enjambre de maderos, pilares, vigas, tijerales; cañerías de agua potable y alambres eléctricos. Allí se guardaban cosas, porque vi cajas y unos catres de fierro. Su altura, permitía a un adulto caminar por el centro, sin dificultad.
Una noche, Alicia y yo experimentamos un castigo en la zona siniestra.
Durante la cena, tratamos de ocultar la desagradable sopa de cuáquer en una ruma de platos. La estrategia no dio resultado y la sopa chorreó hasta formar un charco sobre la mesa del comedor.
―¿Quién hizo eso? ― preguntó la religiosa de turno.
Sumisas, ambas confesamos. Nos dio un sermón sobre la necesidad de agradecer a Dios por los alimentos y aseguró que desperdiciarlos era pecado. Nos anunció un castigo para después de la cena.
Llegó el momento. La seguimos al segundo piso.
―Aquí se quedarán ― dijo― hasta la hora de dormir.
Nos hizo entrar a sendas puertas. Las cerró con llave y se fue.
Después de la cena, el alumnado gozaba del recreo más largo del día. En ese lapso, todas las religiosas se congregaban a rezar en la capilla.
En el desván, traté de acostumbrar mis ojos a la oscuridad. Pensé que habría ratones y sentí pánico. Empecé a caminar con los brazos extendidos hacia adelante para no golpearme la cabeza.
De pronto, un haz de luz me dio en la cara.
―¿Quién anda ahí? ― pregunté, con voz temblorosa.
―Soy yo, tonta ― gritó Alicia. Encontré una linterna y una caja con los disfraces de la obra de teatro “La peregrinación de José y María”¿Te acuerdas? Mira, te alumbraré y por esa viga podrás caminar hacia acá.
Para matar el tiempo, se nos ocurrió disfrazarnos. Alicia usó el ropaje de María y yo el de José. Decidimos buscar una ventana hacia el patio y hacerles una broma a las compañeras.
Caminamos con dificultad por aquel laberinto.
A un costado divisamos unas líneas de luz. Era una puerta. La abrimos con facilidad y salimos a un recinto estrecho y muy alumbrado. Alicia se ubicó a la derecha y yo a la izquierda de una mole que ocupaba el centro del pequeño espacio.
Abajo se escuchaban voces. Cuando nos dimos cuenta que eran las religiosas rezando el rosario, supimos dónde estábamos. En la parte más alta del altar mayor de la capilla; en el ábside o bóveda, donde se alzaba imponente, la enorme imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Y, nosotras, una a cada lado, como María y José.
Con un grito, ahogado por la sorpresa y la emoción, la religiosa que llevaba la voz cantante en el rezo, exclamó:
―¡Hermanas! ¿Ven eso? ¡Sagrado Corazón, es un milagro!
Todas miraron. Se golpearon el pecho y bajaron la cabeza en señal de adoración.
Instante aprovechado por nosotras, para desaparecer de la escena.

LOOK

Ana M. Fuentes C.

―¡Qué bien instalados quedaron Juan y su señora! Es un departamento central, seguro, cerca del metro. ¿No te parece?, ―dice Esteban, mi marido, mientras conduce el auto.
―¡Claro!― respondo, llevándole el amén.
―Lo mejor es que dejaron el plasma en el living, así Juan podrá ver cómodamente el fútbol.
―¡Claro! ―vuelvo a asentir, mientras pienso en los lindos muebles que compró mi cuñada, la cocina americana y el confort que le otorga el espacio bien distribuido, ¡ojalá yo viviera en uno así! ¡Ah! y el ojo mágico gigante que instaló en la puerta, es lo máximo, lo observé con detención, es color ámbar y hasta me fijé en la marca: “Look”. Picada por la sana envidia, que surge ante la circunstancia, pienso en nuestra situación, que ya hace treinta años habitamos el mismo piso, el baño y la cocina están deteriorados.

UntitledLlegamos. Nuestro “Hogar dulce hogar” nos espera. Al entrar al departamento se siente olor a cebolla y ajo, la mirilla de la puerta es pequeñísima, nada se ve. Quisiera compartir mi anhelo con Esteban, pero prefiero que él tome sus decisiones.

―¿Quieres tomar té o prefieres un trago?― Pregunto solícita.
―Llévame un trago al dormitorio― Veré si hay de fútbol o noticias que me interesen.
Se lo llevo y me quedo a su lado mientras tomo un té, a Esteban le gusta que lo acompañe mientras ve el fútbol. A mí me carga ese deporte, mis amigas me dirían que lo deje solo y que me dedique a tejer a crochet, mi pasión, pero Esteban no me lo permitiría, ¿para qué lo voy a contradecir? Es tan bueno conmigo, no podría vivir sin él.
―Mi amor― me acurruco junto a él y sacando fuerzas de flaqueza le digo: de todo lo flamante que vimos donde tu hermana, lo que me gustó a morir fue el ojo mágico. ¡Qué práctico sería para nosotros! ¿Lo podríamos cambiar? Me suelto el moño del pelo e inclino la cabeza en su hombro.
―Valentina, sabes que soy enemigo de comprar cosas porque sí, además no tenemos los detalles de marca, precio, dónde se adquiere, etc.
―Es marca “LOOK”, le costó cuarenta mil pesos y se compra en los Almacenes Fierro ―digo― lo averigüé todo.
―Bien, esta vez ganas tú, solo por esta vez, que quede claro, pero tú lo compras y lo haces instalar.

Sorprende que Esteban haya cedido tan fácilmente, es él quien lleva el pandero, le gusta mandar, su actitud se corresponde con su físico: alto, macizo, atlético, moreno.
Lo hice, elegí color verde botella, diámetro cinco centímetros… “Aumenta tres veces el tamaño natural.” Dijo el señor que lo instaló. La primera vez que lo probé recién instalado vi a través de él y todo estaba excelente. Se miraba cada detalle del rostro del que estuviera del otro lado de la puerta. Pero algo extraño ocurrió la otra noche, fui a curiosear porque escuché un ruido extraño. Me acerqué sigilosa y descubrí que este ojo traspasa los muros, ¡si veo hasta el interior del departamento de mi vecina!, hay negros alojados en el living, son tres familias con mujer e hijos pequeños, hasta veo un bebé de pocos días amamantado por su madre. ¡Qué raro! Margarita es una distinguida abogada que trabaja en Tribunales y vive sola con su hijo.

Días después vi que había bolivianos o peruanos, eran todos bajitos de pelo liso y renegrido; eran unas seis familias. Y los negros ¿qué se habrán hecho? Al volver a mirar, me ha salido un archivo y allí, en imágenes, están todas las fotos de los habitantes de Margarita donde cada uno tiene sus datos personales, por ejemplo, María Mamamni, oriunda de Chiclayo, 23 años con dos hijos de dos y un año, ubicada como asesora del hogar en Chicureo; José Pérez, dieciocho años, de Tacna, trabaja en Constructora Aconcagua. ¿De qué se trata esto?
―No se meta en lo que no le corresponde. ―dice la voz del ojo mágico― vaya a atender a su marido.
―Pero esto ¿es una mirilla o un computador?― pregunto con temor.
―Ambos ―contesta el ojo.

El piso comienza a moverse bajo mis pies, se llena de humo el departamento, el ojo mágico se agranda cada vez más, convertido en un túnel inmenso sin fin por el que me precipito. Cuando me recupero escucho una grabación: “Este es un experimento de Bill Gates destinado a estudiar el comportamiento de las personas curiosas, ahora vuelva a la normalidad”.

MANJAR

Hugo Mora Mella

Jamás pensé introducirme en él de esa forma y por esa circunstancia. La oscuridad más negra me envolvió. Había llegado recién de la escuela y pasé de puntillas por la pieza de mi abuelita. Sabía dónde escondía su tesoro; lo tomé rápido guardándolo en la mochila. Los pasos y voces eran de mamá y tía Rosario que volvían de compras esa tarde. Sentí cuando colocaban los paquetes y bolsas sobre la mesa, arrimaron dos sillas y luego mi madre caminaba diciendo:
―Esto lo guardaré mientras tanto en el armario. Sí, era mamá, su voz resonaba con fuerza en mis oídos.
¡Dios mío, me van a pillar con las manos en la masa! Contuve la respiración, esperando lo peor. Rogué por misericordia.
―Pero antes, voy donde doña Elcira, aquí al lado por un encargo― agregó. Los pasos regresaron a la mesa.
Respiré algo aliviada.
― ¿Y la Nena, llegó de la escuela? ―Preguntó mi tía.
― No te preocupes, debe haber pasado al taller de Armando.
― Tan trabajador mi cuñadito. ¿Hasta qué hora trabaja?
― Está por llegar― Contesta mamá un tanto seria, mientras retira una bandeja de la vitrina contigua al armario.
Mamá tan amable y condescendiente con su hermana menor. Es linda mi tía: rubia, ojos claros, tez blanca, muy extrovertida. Viste siempre muy elegante y tan… “pizpireta”; como decía mi abuelita. Tiene la mitad de los años de mamá, quien recién había cumplido cuarenta y dos.
Por el orificio de la cerradura podía captar parte del exterior. Al quedar sola, tía Rosario se acercó al ventanal. Descolgó de la pared unas fotos enmarcadas donde aparecía mi papá y a cada una le estampó un beso. Claro, mi papá era un hombre bien plantado y varonil. Conversador, amistoso y bueno para contar chistes. ¿Sería por eso que le gustaban las fotos?
¡Si supiera que estoy en el armario! Rato después con el delito aún en mis manos, una débil claridad me hacía guiños desde la parte posterior del mueble. Sentí una mezcla de olores: a queso rancio, seguro los zapatos de mi papá ―pensé―. Las ropas de mamá y papá con sus típicos perfumes. Los chales y polleras de mi abuela con olor a naftalina.
Seguí mirando a mi linda tía mientras se contoneaba dando pequeños pasos, desde la puerta al armario. Entonces yo quedaba sin respirar, quieta como estatua. En una de esas maniobras se soltó de mis manos el tarro de manjar que había robado a mi abuela, produciendo un fuerte ruido. Ella, con rápidos pasos se aproximó al armario, para encontrarse a boca de jarro con Minino que aparecía desde un costado del mueble. ―¡Ah, eres tú! le dijo, acariciándolo.
Sentí cuando tomó asiento y empezó a ojear algunas revistas, luego pasos en la escalera: las típicas zancadas de papá.
―¡Hola mi linda cuñadita! ―saludó―. Mi tía no alcanzó a contestar porque un apasionado beso le impidió hablar. Segundos, minutos, no sé. No quise mirar más, y me puse a llorar en silencio. Momentos después salieron al parrón, aproveché para salir justo cuando llegó mamá.
― Nena, llegaste un poco tarde, ―me dijo ― ¿Qué te pasó? Estás pálida.
―Estaba en mi pieza, mamá―. Mentí.
De mala gana saludé a papá y acepté el abrazo de mi tía Rosario. Más tarde como una delincuente cargada de culpa rescaté del armario mi mochila y el tarro abollado que devolví al dormitorio de la abuela. Desde entonces cada vez que pruebo el manjar me queda un sabor amargo en la boca.

SATANÁS

Por Ana María Fuentes

A la memoria de don Francisco Eleazar Duarte Ramírez.

campesinos

Siempre existió una enemistad entre Humberto, el mozo de las caballerizas, y ‘on Chuma, el encargado del corral de los chanchos. El primero poseía más instrucción, no solo leía y escribía sino que también sacaba cuentas y llevaba al día los libros de contabilidad. El segundo era “huaso bruto”, nunca aprendió a leer, situación agravada por su labio leporino lo que trató de paliar aceptando cualquier labor encomendada.
─Tempranito te quiero ver ordenándome a la Pinta, ya hace falta que cortes leña y no te olvides de limpiar los gallineros.
─ Sí, don Humberto, no se preocupe que toito se lo haré.
Estas labores siempre fueron asumidas por cada uno en su rancho. Pero ‘on Chuma no alegaba, ejecutándolas de buen talante aunque en el fondo de su corazón algo le decía que se estaban aprovechando de su buena voluntad.
“Llegará el día en que me desquitaré”, se decía a sí mismo.
Todas las tardes, junto a otros campesinos se reunían en casa de doña Mercedes a tomar un vinito y a conversar junto a la luz de una vela. Como era de esperar, siempre se les pasaba la mano y terminaban mareados.
Uno de esos días a Humberto se le ocurrió hacerles una broma. Cuando llegaron al punto de estar borrachos, les dijo:
─¿Sabían ustedes que en la pieza del fondo se aparece el demonio?
─¡No sea así don Humberto! ¡Quién se lo va a creer!
─Bien, yo iré a llamarlo y ustedes lo escucharán.
A oscuras, se dirigió a la última habitación, entró y preguntó:
─¿Dónde estás Satanás?
─¡AQUÍ ME TENÉIS!─ Contestó él mismo simulando una voz de ultratumba.
Los huasos empalidecieron, a algunos se les espantó la borrachera, otros se levantaron de sus asientos prestos a arrancar si era necesario, cuando nuevamente escucharon:
─¡Satanás! ¿Dónde estás?─
Ahora se sintieron ruidos de cadenas y nuevamente la respuesta infernal:
─¡AQUÍ ME TENÉIS!─
Muertos de pavor, se retiraron todos entre las penumbras del campo.
Humberto se desternilló de la risa a costa de la credulidad de los huasos.
Y así lo fue repitiendo todas las tardes causando gran alarma entre los campesinos y corriéndose pronto la voz que en casa de doña Mercedes, estaba el diablo. Lo que provocó que más campesinos fueran a su casa a conocer esa aparición.
Pero a ‘on Chuma le pareció extraño todo esto, era analfabeto pero no tonto. Se prometió investigar mejor los hechos. Una tarde, temprano fue a lo de doña Mercedes pretextando el olvido de sus cigarrillos. Pidió permiso y aprovechando que ésta se disponía a dormitar en su sillón de mimbre, entró a la fatídica pieza y, a la luz del día, la revisó cuidadosamente. No encontró indicio alguno de que ahí estuviera el demonio.
Entonces se le ocurrió urdir un plan y así desquitarse de don Humberto.
Esa tarde nuevamente estaban todos tomando su vaso de vino luego de la agotadora jornada.
Envalentonado con el susto que les estaba haciendo pasar y sintiéndose superior a los demás, Humberto se dispuso a repetir su jueguito. Con paso firme se dirigió a la pieza del fondo y preguntó fuertemente:
─¿Dónde estás Satanás?
─¡AQUÍ ME TENÉIS!─ retumbó otra voz y unas manos lo agarraron por el cuello. A Humberto se le heló la sangre y las piernas le flaquearon. Se dieron un par de trompadas hasta que ‘on Chuma lo soltó y salió junto a su víctima hacia el corredor mostrándolo a todos los presentes.
─¡Con que éste era Satanás! ¡Menuda la bromita que nos gastabas!─ Y hubo grandes risotadas y burlas hacia Humberto, quien se sintió humillado.
─¡Huaso de mierda! ¡Me las vas a pagar!─ Le espetó. Pero lo cierto es que no volvió a repetir la broma ni tampoco molestar a ‘on Chuma.
Desde entonces, cada vez que se encuentran en el pueblo, Humberto elude su presencia y cruza a la vereda del frente, más ‘on Chuma le grita desde la otra acera:
─¡AQUÍ ME TENÉIS! ¡AQUÍ ME TENÉIS!