Acerca de nosotros

¡YO TAMBIÉN CUENTO! TALLER DE ESCRITURA, somos los que estamos:

Astrid Veloso Yáñez (Chilena) es trabajadora social, está enfocada en la micro narrativa. Es una mujer activa, jovial y muy creativa. Se ha propuesto publicar antes de que acabe el mundo.

 

 

 

Ruperto Vidal (Chileno) de oficio arquitecto y escritor por vocación. Ha publicado su primer libro Café Divino en 2011 apoyado por la alcaldía de Santiago y el SENAMA.

 

 

Claudia Malavera (Colombiana) Investigadora y docente universitaria. Quien además de ser una gran bailarina de cumbias, sones y merengues es una prodigiosa escritora. Está aún inédita pero pronto publicará sus primeros trabajos.

 

 

Cecilia Nancy Bustamante Reyes (Chilena) Es la más admirable dueña de casa que se haya conocido. Es nuestra ejecutiva, relacionista pública, modelo (cuando necesitamos una), coordinadora de eventos etc, pero una de las principales gestoras de nuestro proyecto. Tiene mucho que mostrar y demostrar cuando escribe.

 

María del Carmen Pérez Cuadra (Nicaragüense) Es docente de  literatura hispanoamericana y la que más publicaciones tiene, por ahora, pero comparte con mucha humildad y entusiasmo todo cuanto le ha dejado la experiencia.

 

 

Tania Llanos (Chilena) es una virtuosa artesana y artista plástica que publicó en 2011 su primer libro de narraciones cortas: El viento en movimiento con el patrocinio de la alcaldía de Santiago y el SENAMA.

 

 

Helga Aceval Sunkel (Chilena) Nos llena de entusiasmo a todos porque siempre tiene ganas de aprender, y eso es contagioso. Ha publicado su trabajo en la antología “Ensoñaciones” que produjo el Taller Luna en 2010.

 

 

Florentino Rojas (Chileno) Es además de gran docente, un excelente narrador y poeta. Nunca faltan sus bellos poemas en nuestros encuentros.

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Entradas recientes

Olvido

Por Margarita Espinoza

El hombre es como la luna,
con una cara oscura que a nadie muestra.
Mark Twain.

La encontré una fría mañana de julio. La divisé de lejos y corrí a su encuentro, la llamé por su nombre, pero no me escuchaba o, tal vez, no me quería escuchar, hasta llegué a dudar que fuera ella… Se veía más flaca y en realidad su apariencia no era la misma. Apuró el paso, pero yo no podía abandonar la intención de alcanzarla, quería advertirle que no volviera… De repente, se detuvo, y pude llegar a ella… se mostró distante, como si no me conociera. Llorando le conté que habían llegado a buscarla al colegio y que el presidente del centro de alumnos pasó sala por sala pidiéndonos que la denunciáramos si la veíamos y nos dio un número telefónico para que avisáramos de su paradero. Entre lágrimas me contó haber escapado de una detención domiciliaria, una ratonera.
Miré a mi alrededor, la calle estaba desierta, sin embargo sentí que era preferible conversar a puerta cerrada, protegida de posibles miradas ocultas tras los visillos que podían haber reparado en nuestro emocionado encuentro. La invité a pasar a mi casa que estaba cerca, confiada aceptó y compartimos un aromático café caliente que nos reconfortó de la gélida mañana y permitió que las palabras fueran fluyendo libremente y así fue hilvanando su historia que voy a narrarles ahora.
«Una noche en que la neblina lo envolvía todo dando un aspecto espectral y siniestro a la ciudad como un presagio de lo que acaecería, me esperaban cerca del ascensor dos señores de civil, altos, macizos, elegantemente vestidos. Subieron conmigo y se presentaron de buena forma. Dentro del departamento, desde mi teléfono llamaron al cuartel anunciando que la tarea estaba cumplida, y además, pidieron instrucciones. Esa noche llegaron para quedarse…
Después del toque de queda llegó un pelotón de infantes de marina con las caras pintadas y metralleta en mano, se tomaron el departamento… Registraron todo, vaciaron los cajones, los closets, dieron vuelta los colchones, la despensa y cada día fueron sacando bolsones grandes llenos de libros, diarios y revistas… Además, se fueron llevando las cosas que más les gustaron, pipas, relojes, muñecas, loza… Así, el espacio fue quedando cada vez más vacío y el eco se introdujo en punta de pie y se encargó de rellenar los rincones.
Los días con sus noches fueron pasando muy lentamente… Para aparentar normalidad, todas las mañanas me sacaban a la calle como si nada pasara, estrechamente vigilada. Fueron días sin comer, noches sin dormir… El miedo se fue instalando en mis tripas vacías y mis vísceras asustadas temblaban de pavor haciendo girar mis rodillas como manecillas de un reloj. Caminaba por la calle como un robot, no miraba a nadie, aterrada de encontrarme con algún compañero o compañera que me saludara, es por eso que ahora no quería encontrarme contigo», dijo.
Pasaron varios años, y un día frío de invierno la encontré en el paseo Ahumada, una espesa neblina lo envolvía todo, la saludé entusiasmada, me respondió y me pidió que la ayudara a refrescar su memoria. Le hablé de nuestro último encuentro, se quedó un momento en silencio y exclamó: «¡Esta vez invito yo!», nos fuimos a un café y me contó como superó la angustia, la ansiedad que le provocaba el no querer delatar a nadie. «Súbitamente, sin proponérmelo, ocurrió el milagro», ―dijo― «…mi memoria se encargó de borrar todo, nombres, rostros, números de teléfono… quedé como colgada, petrificada, muda, sin familia, sin relaciones a quienes pudiera comprometer. Estos encuentros son maravillosos para mí, dijo, porque me permiten rescatar de entre los pliegues ocultos de mi memoria a los amigos y amigas que aún duermen en el olvido pero que gracias a él fueron salvados del horror»

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