El Coleccionista

Por Rosa Stuardo

«Yo te propongo que nos amemos, nos entreguemos y en el momento que el tiempo afuera no corra más…»
Cantaba en mi oído, mientras nuestros cuerpos pegados se movían suavemente al compás.
Estaba tan a gusto entre esos brazos fuertes y tibios.
La temperatura de mi cuerpo iba en aumento y podía aceptar cualquier cosa que aconteciera más tarde.

Hacía un año, mi marido abandonó el hogar. Después de eso nunca salí a divertirme. Estaba demasiado dolida y ocupada con mis tres hijos, la casa y el trabajo.
―¿Piensas quedarte como una monja, encerrada toda la vida? –Se burló María Eugenia, mi amiga del alma.
Cuando se enteró que mis hijos estaban en campamento de invierno, con el club de scout, vino a invitarme a salir.
―Ponte linda ―dijo― esta noche vamos a matar.
Empecé a arreglarme con poco entusiasmo. Después de maquillada ajusté el sentador vestido rojo y calcé los zapatos de tacones. La imagen que devolvió el espejo me tranquilizó. Estaba bonita

Hacía frío. Bebimos un whisky antes de salir. En un taxi llegamos a la discoteca. Había poca gente aún y en los parlantes sonaba música lenta.
―Estoy algo incómoda ―le dije a mi amiga― acá se viene con pareja ¿Verdad?
―Pierde cuidado, estás tan linda que pronto encontrarás una. Observa cómo te mira ese morenazo del frente y el amigo no está nada mal. Prepárate, vienen hacia acá.
En efecto, nos sacaron a bailar. Al comienzo estaba rígida, pero poco a poco fui relajándome hasta sentirme cómoda y muy a gusto.
Continuaba cantado en mi oído: «Yo te propongo darte mi cuerpo después de amar y mucho abrigo y más que todo brindarte a ti mi paz».
La música era divina y la letra, murmurada, embriagadora.
Tomamos un trago. Hablamos poco.
―¡Tan linda y sola! ¿Qué pasa con los varones, están ciegos?
―La repetida historia de la esposa abandonada ―dije― sin abundar en explicaciones. Mi nombre es Leonora, mentí.
―A ti ¿Puedo llamarte, Roberto Carlos?
―Como tú quieras, preciosa.
Varias horas seguimos bailando. No le di importancia a María Eugenia cuando hizo una seña de despedida y abandonó el local con la pareja.
Luego le advertí a Roberto Carlos que era tarde y deseaba regresar a casa. Ofreció llevarme y acepté encantada.
En el auto nos besamos larga y apasionadamente.
Frente a mi casa, preguntó si lo invitaba a entrar. Asentí con un movimiento de cabeza.
Nos besamos en el porche, en el living, en el descanso de la escalera y caminamos directo a mi dormitorio. Sobre la cama seguimos besándonos. Nos desnudamos e hicimos el amor como dos locos adolescentes.
Entrada la madrugada nos dormimos abrazados, y fue tan grato el calor de su cuerpo.
Desperté cuando un tímido sol porfiaba por atravesar las gruesas cortinas del ventanal.
Recordé. No era un sueño, pero él no estaba junto a mí. Pensé que estaría en la cocina, preparando desayuno. ¡Tanto tiempo que nadie traía una bandeja a mi cama!
Agucé el oído y no escuché ruido alguno proveniente del primer piso. Pensé en los niños y salté de la cama para buscar el celular. Recordé que lo había dejado en la cartera sobre la mesita del teléfono, en el primer piso. Bajé. Encontré la cartera abierta. No estaba el celular, tampoco la billetera con cincuenta mil pesos. Tampoco estaban el notebook y mi fotografía de estudio con marco de plata, donde todos me encontraban tan bella.
Lo había pasado tan bien que no pude tildarlo de ladrón. Pensé que era un coleccionista de fotografías y otros enseres de mujeres hermosas, con las cuales pasó una noche de placer.

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