Trampa

Por Cecilia Nancy Bustamante

Aliro, de mediana edad, fuerte como roble añoso, permanece hace un rato sentado en el bus que lo llevará al Sur, descansa sus manos sobre el regazo, observa a través de la ventanilla con su mirada humilde y triste, el terminal bullicioso, con la reiterada salida y llegada de los buses, el incesante ir y venir de la gente que, presurosa deambula en medio del frío y la lluvia que azota la capital en ese momento. Unos con prisa, otros pacientemente esperan partir a su lugar de destino, quizás algunos viajan con alegría esperanzadora y otros con realidades dolorosas, pero sin duda sólo quieren partir y llegar pronto a su destino.
Mientras mira hacia afuera, Aliro tiene sentimientos encontrados: ansiedad, temor, alegría de poder viajar a su tierra, tras la larga ausencia. Su corazón sencillo de campesino añora el hogar, el amor paterno, la naturaleza viva, libre, sana, donde se crió. Durante mucho tiempo, sólo la soledad, el transcurrir sin variaciones de las horas y días, la falta de amor, lejos de los suyos, fueron sus compañeros.
El bus por fin sale y enfila hacia el Sur, mira por última vez ese lugar donde nunca quiere regresar. Siente que los latidos desordenados y fuertes de su corazón lo ahogan, cierra los ojos para tranquilizarse, visualiza los ojos bondadosos, la risa alegre, el cuerpo menudo de Luz, su madre; junto a Ulises, su padre, alto, nervudo, fuerte, de modales toscos que esconden en su interior ternura, sapiencia, pleno de fuerza para extraer de la tierra sus frutos y sacar adelante su familia, es el recuerdo que atesoró todos estos años dentro de él.
¿Cómo estarán, cuánto los hice sufrir con mi partida? se pregunta Aliro. El transcurso del tiempo es implacable, ya entonces mi padre estaba envejecido por el duro trabajo del campo ¿mi madre aún tendrá esa mirada luminosa, tierna y enérgica?
¡Cómo añoró su terruño! en su memoria permaneció inalterable, como un paisaje idílico, como un poema grabado con fuego en sus recuerdos y en su mente. Su tierra rodeada y cercada de olorosos pinos, de eucaliptus cantores cuando el viento y la lluvia arrecia, álamos elevándose al cielo como vigías gigantescos, la chacra y sembradíos que daban verduras todo el año, el gallinero que proporcionaban carne y huevos a la familia, los patos en su charca borrosa, las vacas blanquinegras con su leche y quesos preparados por su madre… los frutales, sólo había que levantar la mano y coger la manzana, el damasco o la pera y saborearla.
¿Cómo olvidar el canal detrás de la casa? En la niñez, junto a sus hermanos los días calurosos del verano se lanzaban al agua fresca que corría cristalina, en sus bordes los sauces llorones y matorrales ofrecían sombra bienhechora, mientras sus risas y juegos llenaban el espacio, con ellos siempre estaba Mañungo, el único hijo de don Hilario, el vecino, que tenía su misma edad.
El bus traga rápido los kilómetros que restan para llegar a su destino, en la obscuridad reinante del bus, escucha los murmullos tenues de una pareja que se ubica delante de su asiento, se besan y acarician sin pudor, la pasión los consume y la complicidad de la noche les acompaña, ella dice al hombre:
―¡Te amaré siempre, sólo seré tuya! ―él la besa con pasión.
Aliro, al escuchar las palabras de la mujer, lucha por evitar que sus recuerdos afloren, para evitar sufrir aún más, pero sus esfuerzos resultan insuficientes y se sume en el dolor una vez más.
¡Dios! ¿ por qué lo permitiste? con nostalgia dolorosa piensa en Rosa, su amor de la niñez, el amor de su vida, piensa en sus ojos verdes, picarescos, sus trenzas castañas que cuando las soltaba caían en cascada por su espalda y ese cuerpo sensual y macizo, siempre lo enloquecieron. Desde pequeños sabían que con el paso del tiempo se casarían.
Con lágrimas en sus ojos, rememora «¡Cuánto la amé!»
Continuó recordando. Hicieron el amor por primera vez en medio de la naturaleza, la tierra como su lecho donde posaron sus cuerpos jóvenes, impetuosos, el cielo estrellado sobre ellos, los matorrales cercanos mecidos por un viento suave, el canto de los grillos y el croar de las ranas acompañaron su pasión desatada y virginal.
Quizá el olor reconocido por su subconsciencia lo despierta. Con emoción y un nudo en la garganta ve que ya llega a su destino, el bus se detiene en la berma, baja despacio quizás con un poco de temor. La lluvia fría lo moja, sintiendo un escalofrío que le recorre todo el cuerpo, la noche está todavía cerrada y el frío lo estremece, se encamina por un sendero cercano, avanza con lentitud, tratando de descubrir el portón, por fin lo ve, se apoya, comprueba que está desvencijado, sus goznes ya viejos y oxidados han cedido, le cuesta abrir, ya que tiene que levantarlo y empujarlo con fuerza, le apena su deterioro. De pronto los ladridos y saltos de un perro a su alrededor lo llenan de miedo, pero en la obscuridad, con sorpresa descubre que es “Copito”.
―¡Me recuerda, me recuerda! piensa, acariciando la cabeza del can, eso le da fuerzas para continuar.
Ya el amanecer naciente apenas ilumina el camino, la llovizna le acompaña, en medio de las tinieblas aparece la casa paterna con su corredor, casi no hay macetas con plantas multicolores que a su madre tanto le gustan, el humo de la chimenea es débil, no es suficiente para dar abrigo y calidez al hogar, como estaba acostumbrado a ver en su casa
Aliro se pregunta «¿Qué sucede?»
Se dirige a la puerta, va a golpear y no alcanza, abren antes, apareciendo el rostro de un anciano que con ojos sorprendidos lo mira, al reconocerle su mirada se transforma y se llena de amor y de alegría
¿Aliro, mijo es usted? Le abre los brazos y el hijo se refugia en ellos, y ambos hombres lloran, por fin, están reunidos de nuevo, enseguida el hijo pregunta.
―¿Papá, dónde está mamá? ¿Cómo está ella?
Él le responde:
―Mijo, no se desespere, ella aún está a nuestro lado, su salud es precaria, pero su espíritu, su alma son fuertes, sólo anhela verte, eso la hará renacer, estoy seguro. Se dirigen hacia la cama donde Luz está acostada, ella al escuchar sus voces abre los ojos, al verles aproximarse abrazados, se incorpora a medias, con dificultad, emocionada con lágrimas en sus ojos cansados, abraza y besa en la frente a Aliro.
―¡Hijo mío, por fin estas con nosotros!
Él los mira emocionado, lleno de amor, con toda la nobleza, y la simplicidad de su corazón de campesino, sin dobleces, confiado, generoso como la tierra misma que le vio nacer.
―¡Vengo a suplicarles su perdón! nunca quise provocarles tanto dolor y vergüenza. Sé que no hay justicia en que yo venga a pedirles que me perdonen si yo mismo no fui capaz de perdonar a Rosa… cuando la vi desnuda en mi propia cama acostada con Mañungo… en el mismo lecho que fue testigo de todo el inmenso amor que le prodigué cada día y sin pensarlo siquiera, en ese instante regresaba de cazar, vine antes de tiempo porque se me había quedado una trampa. Levanté el rifle y les disparé, ahí mismo, enceguecido de dolor y celos. Él era mi mejor amigo y ella la mujer de mi vida.

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Un pensamiento en “Trampa

  1. Un buen cuento, lleva al lector de la mano a través de la historia muy bien contada, nos introduce en la incertidumbre del protagonista, el deseo de enterarnos por qué vuelve a la tierra en que se crió y el por qué abandonó a sus padres. Un buen final, inesperado.

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