LA MANO

Por Marcela Royo Lira

La historia comenzó con los golpes en la puerta. Rectifico, fue con la carta en cuestión. Quizás, incluso antes, cuando desde el balcón el hombre vio al cartero en la vereda de enfrente y supo al verlo atravesar la calle y verificar los números, que llamaría a su casa. Demoró adrede en atender. Un presentimiento lo mantuvo inmóvil detrás de la madera. Escuchó el suspiro del otro, algo como un imperceptible rezongo. Lo imaginó agachado, aprontándose a deslizar el sobre por debajo de la puerta. Entonces, abrió de golpe. El mensajero dio un respingo y pidió disculpas sin haber por qué.
Una vez solo, el hombre se enteró que la enviaban desde un bufete de abogados. ¿Qué querrán estos leguleyos? se dijo entre dientes. No sabía por qué pero una ligera inquietud lo había alertado. Revisó mentalmente sus actos de los últimos tres años. Por si acaso. Nunca se sabe, pensó. Y se acordó, cuando un año atrás una conocida casa comercial había iniciado una persecución judicial en su contra por la compra de un electrodoméstico. Una mujer, que no conocía, dio su dirección. Le costó, dinero y tiempo, convencerlos que nada tenía que ver con ella. Amenazaron con embargarle parte de su mobiliario.
Ahora la cita era para dentro de dos días. No especificaban de qué trataba.
Cuarenta y ocho horas después, cuando abandonaba la oficina de abogados, el hombre sonreía incrédulo de su suerte. Como único beneficiario, heredaba, de un tío de su madre, una casona en Santiago, de once habitaciones, tres salones y un patio interior de naranjos y hortensias, ubicada en el antiguo barrio de Avenida Matta.
De vuelta al Puerto de Valparaíso, donde actualmente vivía, recordó haberlo visitado siendo niño en dos o tres ocasiones. Un viejo cascarrabias que lo obligaba mantenerse quieto mientras los mayores conversaban, a veces en voz tan baja que los creía urdiendo maldades de las cuales él no podía enterarse. Se acordó también del olor a encierro y humedad, a naftalina y orina de animal; del tapiz de los muebles viejos, sucio y hediondo. Y de las ratas que corrían en el entretecho, del gato tuerto y al parecer sordo que dormitaba junto al brasero. También, de la caja grande con soldaditos de plomo que le hizo llegar, a los nueve años, para una navidad. Fue la última vez que supo de él, su madre murió poco tiempo después y cesó el contacto.
Una tarde fría y amenazante de lluvia, viajó a la capital a reconocer la vieja casa de adobe que siempre había querido olvidar.
Sabe que es absurdo, pero el antiguo llamador de la puerta de calle, comunmente llamado La Mano de Fátima, lo inquieta. Hace un mes habita la casona de calle Lord Cochrane. Las puertas de todas las habitaciones abren a un largo pasillo en penumbras. Hay tragaluz en los salones y otro en el baño principal. Las piezas son oscuras, sin ventanas al exterior. Recuerda el miedo que sentía al entrar. Escondido tras la mampara su madre debía poco menos que arrastrarlo hacia el interior.
Pero hoy es adulto. Es absurda esta desazón, se decía cada vez que cruzaba la entrada.
Todo comenzó el día que llegó a instalarse. En la calle, esperaba el camión cargado con los muebles y la ropa repartida en un baúl y dos maletas. En el momento en que había introducido la llave en la cerradura le pareció que la mano giraba levemente, como si quisiera conocer al nuevo dueño. Horas más tarde, mientras se tomaba un vaso de whisky, la escuchó golpear con fuerza la madera, sin embargo, al abrir no había nadie. Tuvo la desagradable impresión, mientras se preparaba otro trago (este era el tercero) que no se iban a entender. Cuando niño se entretenía jugando con ella, la levantaba y dejaba caer abruptamente.
─Deja de hacer eso, hijo. La vas a cansar ─lo regañó su madre en varias ocasiones. El tío, en un arranque de furia, le había golpeado las manos con una varilla y él, en un descuido de los mayores, encendió una vela y mantuvo la llama sobre la mano largo rato. Riendo malévolo, como si percibiera el dolor del bronce.
En el transcurso de los meses el llamado a horas imprevistas e inoportunas lo tenían al borde del colapso. Al principio pensó en jugarretas de niños, era la única casa que aún mantenía ese tipo de llamador, o en gente ociosa. Incluso en los “okupas” de la otra cuadra, pero cuando la descubrió vigilando sus horas de salidas y llegadas, en el mismo movimiento imperceptible del primer día, supo que el asunto iba en serio y sólo era entre los dos. Se aficionó al whisky, bebía a deshoras y en mayores cantidades. Cuando venía de vuelta se disfrazaba como un encapuchado para ver si así no lo reconocía. Sin embargo, la mano siempre daba los dos golpecitos, como en sorna.
Sucedió de madrugada.
Llovía y hacía frío. Llevaba dos días en cama con fiebre y un fuerte dolor de garganta, sin ánimo para levantarse. Al séptimo llamado, harto de la jugarreta, cogió el combo de acero, que había encontrado entre la leña de la cocina, y se dirigió a la puerta de entrada. Entonces, con todas sus fuerzas y de un golpe seco, la arrancó de cuajo. En el suelo, continuó golpeándola, a pesar que los golpes no hacían mella en el bronce. Luego, envuelta en hojas de diario, como si fuese un ratón muerto, la arrojó dentro del tacho de la basura.
Días después, alertados por los vecinos del mal olor, la policía lo halló en su cama, muerto por estrangulación. La Mano de Fátima yacía junto a él.

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