El chevrolet del barrio

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Hilda Zamorano

Esa primavera mi padre había decidido restaurar la fachada de nuestra casa por lo que ésta se había llenado de maestros y albañiles.
Fea se veía mi casa, llena de barro y pedacitos de latón adheridos con cemento a la pared. Grandes andamios no me permitían salir hacia el Liceo con el uniforme limpio, mis zapatos recién lustrados quedaban cubiertos de polvo. El único consuelo era la promesa de mi padre que la casa se vería preciosa una vez terminados los trabajos. Mi anhelo era que estuviera lista para celebrar en ella mis dieciocho años.
Recuerdo que en esos días al mirar la casa de Silvia, mi amiga de enfrente, me producía un gran desasosiego. Silvia, la chica mas linda del barrio, la única rubia de pelo largo, de estilizada figura, me había empezado a mirar con cierto desdén; su cambio de actitud coincidió con la llegada de un vehículo negro, un brillante Chevrolet comprado por su padre, que hasta ese momento era el único auto de la cuadra.
El papá de Silvia era un señor muy gordo y bajito, de cara roja, ojos saltones, y movimientos bruscos. Después de su valiosa adquisición, el señor apenas inclinaba la cabeza en señal de saludo a sus vecinos. Se le veía a menudo limpiando y encerando minuciosamente el vehículo con movimientos enérgicos y cuidadosos, daba la impresión de estar puliendo una joya. Diariamente iba a dejar al colegio a su hija antes de irse a su burócrata oficina en el banco. Y los domingos la familia entera luciendo sus ropas elegantes salía para asistir a la misa dominical. Esto no hubiera llamado la atención si no hubiera sido porque la iglesia quedaba solo a cuatro cuadras de su casa. Tiesos y sin mirar a nadie, esperaban que el señor pusiera en marcha el vehículo.
La mamá de Silvia, la señora Angélica, quién antes del acontecimiento era una persona agradable que a menudo deleitaba a sus vecinas con entretenidas conversaciones en el negocio de la cuadra, también había adoptado un aire distraído al saludar.
Y para completar el cuadro, Rubén, el pesado hermano chico de Silvia se burlaba de mi cada vez que podía diciéndome : “ tu casa es la mas fea de la cuadra…”
Yo estaba muy nerviosa en esos días, mi papá me había prometido un tocadiscos para mi fiesta de cumpleaños. Me preguntaba si habría música y si estaría lista mi casa.
En ese tiempo me gustaba mucho un joven que vivía en la misma cuadra, se llamaba Felipe y era cadete de la Escuela Militar. Moreno, de alta estatura, delgado, muy buen mozo, pestañas largas y labios gruesos, con un sutil parecido a Yul Brynner. En cambio yo no sobresalía del resto de mis amigas , mi cuerpo era demasiado delgado, sin mucha gracia y había acentuado un carácter tímido que trataba de superar. Solo me caracterizaba por mi gran afición a la lectura, que compartía con Felipe. Con él conversaba mucho sobre la novela rusa, sobre la prosa dramática de Dostowieski. A ambos nos gustaba la poesía, amábamos a Federico García Lorca.
Con grandes esfuerzos había conseguido permiso para salir con él dos veces al cine. Un día, al despedirnos, lo miré antes de entrar a casa y ví que se le acercaba Silvia, luego los observé caminando en dirección a la casa de ella.

Cerré la puerta de calle y casi sin aliento apoyé mi espalda en ella tragándome las lágrimas. Mi mamá preocupada me preguntó que me pasaba y por supuesto respondí que nada. Cuando logré aplacar mi tristeza empecé un frenético paseo entrando y saliendo de casa. El brillo del Chevrolet indicaba que el padre de Silvia había llegado. Mi madre puso fin a mi naciente neurosis llamándome a cooperar con los quehaceres domésticos y dejándome así suspendida en mi furia.
Desde ese día se terminaron mis conversaciones y mis salidas con Felipe, solo nos saludábamos cada vez que él iba a visitar a Silvia. Viéndolos juntos me sentía muy mal pero me sentí peor cuando lo vi subir al auto. Pasaron los días y no pasaba mi pena. No podía borrar de mi mente la imagen de Felipe junto a Silvia dentro del vehículo que había comenzado a odiar.
Por fin llegó el día de mi cumpleaños, Los arreglos de la casa habían llegado a su fin y las voces de “The Platters” inundaba la sala.. Con mi mamá preparábamos los canapés para la fiesta. Mi vestido nuevo esperaba encima de mi cama. Me inundaba una gran ansiedad. Estaba muy ilusionada con mi primera fiesta bailable.
Empezaron a llegar los amigos y Silvia una de las primeras invitadas. Recibí muchos regalos, varios long play y algunos libros.
Las chicas se veían muy lindas en sus faldas “plato”, se sentaron frente a los jóvenes vestidos ellos también muy elegantemente. Nos servimos canapés y un ponche suavecito que preparó mi padre.
Se escucharon los primeros compases de un rock and roll y casi al mismo tiempo sonó el timbre. Era Felipe quién desde su altura me miraba con un gran ramo de flores y un disco de “Los cuatro Ases” con una hermosa dedicatoria: “discúlpame por haber sido tan tonto, te quiero mucho”.
Emocionada le di las gracias y nos pusimos a bailar y a pololear oficialmente.
No me di cuenta de la hora hasta que alguien se despedía de mi, era Silvia, quién se acercó con aire presuntuoso a decirme que se iba porque al día siguiente muy temprano ella y su familia se irían en el auto a la playa.
Felipe y yo solo sonreímos.

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2 pensamientos en “El chevrolet del barrio

  1. Recuerdos de una época muy bien delineada, del primer amor, de los celos y la envidia. Personajes bien descritos, el lector los imagina, incluso con vestimenta de la época. Muy bien narrado, es ameno, atrae a su lectura.

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