Olvido

Por Margarita Espinoza

El hombre es como la luna,
con una cara oscura que a nadie muestra.
Mark Twain.

La encontré una fría mañana de julio. La divisé de lejos y corrí a su encuentro, la llamé por su nombre, pero no me escuchaba o, tal vez, no me quería escuchar, hasta llegué a dudar que fuera ella… Se veía más flaca y en realidad su apariencia no era la misma. Apuró el paso, pero yo no podía abandonar la intención de alcanzarla, quería advertirle que no volviera… De repente, se detuvo, y pude llegar a ella… se mostró distante, como si no me conociera. Llorando le conté que habían llegado a buscarla al colegio y que el presidente del centro de alumnos pasó sala por sala pidiéndonos que la denunciáramos si la veíamos y nos dio un número telefónico para que avisáramos de su paradero. Entre lágrimas me contó haber escapado de una detención domiciliaria, una ratonera.
Miré a mi alrededor, la calle estaba desierta, sin embargo sentí que era preferible conversar a puerta cerrada, protegida de posibles miradas ocultas tras los visillos que podían haber reparado en nuestro emocionado encuentro. La invité a pasar a mi casa que estaba cerca, confiada aceptó y compartimos un aromático café caliente que nos reconfortó de la gélida mañana y permitió que las palabras fueran fluyendo libremente y así fue hilvanando su historia que voy a narrarles ahora.
«Una noche en que la neblina lo envolvía todo dando un aspecto espectral y siniestro a la ciudad como un presagio de lo que acaecería, me esperaban cerca del ascensor dos señores de civil, altos, macizos, elegantemente vestidos. Subieron conmigo y se presentaron de buena forma. Dentro del departamento, desde mi teléfono llamaron al cuartel anunciando que la tarea estaba cumplida, y además, pidieron instrucciones. Esa noche llegaron para quedarse…
Después del toque de queda llegó un pelotón de infantes de marina con las caras pintadas y metralleta en mano, se tomaron el departamento… Registraron todo, vaciaron los cajones, los closets, dieron vuelta los colchones, la despensa y cada día fueron sacando bolsones grandes llenos de libros, diarios y revistas… Además, se fueron llevando las cosas que más les gustaron, pipas, relojes, muñecas, loza… Así, el espacio fue quedando cada vez más vacío y el eco se introdujo en punta de pie y se encargó de rellenar los rincones.
Los días con sus noches fueron pasando muy lentamente… Para aparentar normalidad, todas las mañanas me sacaban a la calle como si nada pasara, estrechamente vigilada. Fueron días sin comer, noches sin dormir… El miedo se fue instalando en mis tripas vacías y mis vísceras asustadas temblaban de pavor haciendo girar mis rodillas como manecillas de un reloj. Caminaba por la calle como un robot, no miraba a nadie, aterrada de encontrarme con algún compañero o compañera que me saludara, es por eso que ahora no quería encontrarme contigo», dijo.
Pasaron varios años, y un día frío de invierno la encontré en el paseo Ahumada, una espesa neblina lo envolvía todo, la saludé entusiasmada, me respondió y me pidió que la ayudara a refrescar su memoria. Le hablé de nuestro último encuentro, se quedó un momento en silencio y exclamó: «¡Esta vez invito yo!», nos fuimos a un café y me contó como superó la angustia, la ansiedad que le provocaba el no querer delatar a nadie. «Súbitamente, sin proponérmelo, ocurrió el milagro», ―dijo― «…mi memoria se encargó de borrar todo, nombres, rostros, números de teléfono… quedé como colgada, petrificada, muda, sin familia, sin relaciones a quienes pudiera comprometer. Estos encuentros son maravillosos para mí, dijo, porque me permiten rescatar de entre los pliegues ocultos de mi memoria a los amigos y amigas que aún duermen en el olvido pero que gracias a él fueron salvados del horror»

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El Coleccionista

Por Rosa Stuardo

«Yo te propongo que nos amemos, nos entreguemos y en el momento que el tiempo afuera no corra más…»
Cantaba en mi oído, mientras nuestros cuerpos pegados se movían suavemente al compás.
Estaba tan a gusto entre esos brazos fuertes y tibios.
La temperatura de mi cuerpo iba en aumento y podía aceptar cualquier cosa que aconteciera más tarde.

Hacía un año, mi marido abandonó el hogar. Después de eso nunca salí a divertirme. Estaba demasiado dolida y ocupada con mis tres hijos, la casa y el trabajo.
―¿Piensas quedarte como una monja, encerrada toda la vida? –Se burló María Eugenia, mi amiga del alma.
Cuando se enteró que mis hijos estaban en campamento de invierno, con el club de scout, vino a invitarme a salir.
―Ponte linda ―dijo― esta noche vamos a matar.
Empecé a arreglarme con poco entusiasmo. Después de maquillada ajusté el sentador vestido rojo y calcé los zapatos de tacones. La imagen que devolvió el espejo me tranquilizó. Estaba bonita

Hacía frío. Bebimos un whisky antes de salir. En un taxi llegamos a la discoteca. Había poca gente aún y en los parlantes sonaba música lenta.
―Estoy algo incómoda ―le dije a mi amiga― acá se viene con pareja ¿Verdad?
―Pierde cuidado, estás tan linda que pronto encontrarás una. Observa cómo te mira ese morenazo del frente y el amigo no está nada mal. Prepárate, vienen hacia acá.
En efecto, nos sacaron a bailar. Al comienzo estaba rígida, pero poco a poco fui relajándome hasta sentirme cómoda y muy a gusto.
Continuaba cantado en mi oído: «Yo te propongo darte mi cuerpo después de amar y mucho abrigo y más que todo brindarte a ti mi paz».
La música era divina y la letra, murmurada, embriagadora.
Tomamos un trago. Hablamos poco.
―¡Tan linda y sola! ¿Qué pasa con los varones, están ciegos?
―La repetida historia de la esposa abandonada ―dije― sin abundar en explicaciones. Mi nombre es Leonora, mentí.
―A ti ¿Puedo llamarte, Roberto Carlos?
―Como tú quieras, preciosa.
Varias horas seguimos bailando. No le di importancia a María Eugenia cuando hizo una seña de despedida y abandonó el local con la pareja.
Luego le advertí a Roberto Carlos que era tarde y deseaba regresar a casa. Ofreció llevarme y acepté encantada.
En el auto nos besamos larga y apasionadamente.
Frente a mi casa, preguntó si lo invitaba a entrar. Asentí con un movimiento de cabeza.
Nos besamos en el porche, en el living, en el descanso de la escalera y caminamos directo a mi dormitorio. Sobre la cama seguimos besándonos. Nos desnudamos e hicimos el amor como dos locos adolescentes.
Entrada la madrugada nos dormimos abrazados, y fue tan grato el calor de su cuerpo.
Desperté cuando un tímido sol porfiaba por atravesar las gruesas cortinas del ventanal.
Recordé. No era un sueño, pero él no estaba junto a mí. Pensé que estaría en la cocina, preparando desayuno. ¡Tanto tiempo que nadie traía una bandeja a mi cama!
Agucé el oído y no escuché ruido alguno proveniente del primer piso. Pensé en los niños y salté de la cama para buscar el celular. Recordé que lo había dejado en la cartera sobre la mesita del teléfono, en el primer piso. Bajé. Encontré la cartera abierta. No estaba el celular, tampoco la billetera con cincuenta mil pesos. Tampoco estaban el notebook y mi fotografía de estudio con marco de plata, donde todos me encontraban tan bella.
Lo había pasado tan bien que no pude tildarlo de ladrón. Pensé que era un coleccionista de fotografías y otros enseres de mujeres hermosas, con las cuales pasó una noche de placer.

Trampa

Por Cecilia Nancy Bustamante

Aliro, de mediana edad, fuerte como roble añoso, permanece hace un rato sentado en el bus que lo llevará al Sur, descansa sus manos sobre el regazo, observa a través de la ventanilla con su mirada humilde y triste, el terminal bullicioso, con la reiterada salida y llegada de los buses, el incesante ir y venir de la gente que, presurosa deambula en medio del frío y la lluvia que azota la capital en ese momento. Unos con prisa, otros pacientemente esperan partir a su lugar de destino, quizás algunos viajan con alegría esperanzadora y otros con realidades dolorosas, pero sin duda sólo quieren partir y llegar pronto a su destino.
Mientras mira hacia afuera, Aliro tiene sentimientos encontrados: ansiedad, temor, alegría de poder viajar a su tierra, tras la larga ausencia. Su corazón sencillo de campesino añora el hogar, el amor paterno, la naturaleza viva, libre, sana, donde se crió. Durante mucho tiempo, sólo la soledad, el transcurrir sin variaciones de las horas y días, la falta de amor, lejos de los suyos, fueron sus compañeros.
El bus por fin sale y enfila hacia el Sur, mira por última vez ese lugar donde nunca quiere regresar. Siente que los latidos desordenados y fuertes de su corazón lo ahogan, cierra los ojos para tranquilizarse, visualiza los ojos bondadosos, la risa alegre, el cuerpo menudo de Luz, su madre; junto a Ulises, su padre, alto, nervudo, fuerte, de modales toscos que esconden en su interior ternura, sapiencia, pleno de fuerza para extraer de la tierra sus frutos y sacar adelante su familia, es el recuerdo que atesoró todos estos años dentro de él.
¿Cómo estarán, cuánto los hice sufrir con mi partida? se pregunta Aliro. El transcurso del tiempo es implacable, ya entonces mi padre estaba envejecido por el duro trabajo del campo ¿mi madre aún tendrá esa mirada luminosa, tierna y enérgica?
¡Cómo añoró su terruño! en su memoria permaneció inalterable, como un paisaje idílico, como un poema grabado con fuego en sus recuerdos y en su mente. Su tierra rodeada y cercada de olorosos pinos, de eucaliptus cantores cuando el viento y la lluvia arrecia, álamos elevándose al cielo como vigías gigantescos, la chacra y sembradíos que daban verduras todo el año, el gallinero que proporcionaban carne y huevos a la familia, los patos en su charca borrosa, las vacas blanquinegras con su leche y quesos preparados por su madre… los frutales, sólo había que levantar la mano y coger la manzana, el damasco o la pera y saborearla.
¿Cómo olvidar el canal detrás de la casa? En la niñez, junto a sus hermanos los días calurosos del verano se lanzaban al agua fresca que corría cristalina, en sus bordes los sauces llorones y matorrales ofrecían sombra bienhechora, mientras sus risas y juegos llenaban el espacio, con ellos siempre estaba Mañungo, el único hijo de don Hilario, el vecino, que tenía su misma edad.
El bus traga rápido los kilómetros que restan para llegar a su destino, en la obscuridad reinante del bus, escucha los murmullos tenues de una pareja que se ubica delante de su asiento, se besan y acarician sin pudor, la pasión los consume y la complicidad de la noche les acompaña, ella dice al hombre:
―¡Te amaré siempre, sólo seré tuya! ―él la besa con pasión.
Aliro, al escuchar las palabras de la mujer, lucha por evitar que sus recuerdos afloren, para evitar sufrir aún más, pero sus esfuerzos resultan insuficientes y se sume en el dolor una vez más.
¡Dios! ¿ por qué lo permitiste? con nostalgia dolorosa piensa en Rosa, su amor de la niñez, el amor de su vida, piensa en sus ojos verdes, picarescos, sus trenzas castañas que cuando las soltaba caían en cascada por su espalda y ese cuerpo sensual y macizo, siempre lo enloquecieron. Desde pequeños sabían que con el paso del tiempo se casarían.
Con lágrimas en sus ojos, rememora «¡Cuánto la amé!»
Continuó recordando. Hicieron el amor por primera vez en medio de la naturaleza, la tierra como su lecho donde posaron sus cuerpos jóvenes, impetuosos, el cielo estrellado sobre ellos, los matorrales cercanos mecidos por un viento suave, el canto de los grillos y el croar de las ranas acompañaron su pasión desatada y virginal.
Quizá el olor reconocido por su subconsciencia lo despierta. Con emoción y un nudo en la garganta ve que ya llega a su destino, el bus se detiene en la berma, baja despacio quizás con un poco de temor. La lluvia fría lo moja, sintiendo un escalofrío que le recorre todo el cuerpo, la noche está todavía cerrada y el frío lo estremece, se encamina por un sendero cercano, avanza con lentitud, tratando de descubrir el portón, por fin lo ve, se apoya, comprueba que está desvencijado, sus goznes ya viejos y oxidados han cedido, le cuesta abrir, ya que tiene que levantarlo y empujarlo con fuerza, le apena su deterioro. De pronto los ladridos y saltos de un perro a su alrededor lo llenan de miedo, pero en la obscuridad, con sorpresa descubre que es “Copito”.
―¡Me recuerda, me recuerda! piensa, acariciando la cabeza del can, eso le da fuerzas para continuar.
Ya el amanecer naciente apenas ilumina el camino, la llovizna le acompaña, en medio de las tinieblas aparece la casa paterna con su corredor, casi no hay macetas con plantas multicolores que a su madre tanto le gustan, el humo de la chimenea es débil, no es suficiente para dar abrigo y calidez al hogar, como estaba acostumbrado a ver en su casa
Aliro se pregunta «¿Qué sucede?»
Se dirige a la puerta, va a golpear y no alcanza, abren antes, apareciendo el rostro de un anciano que con ojos sorprendidos lo mira, al reconocerle su mirada se transforma y se llena de amor y de alegría
¿Aliro, mijo es usted? Le abre los brazos y el hijo se refugia en ellos, y ambos hombres lloran, por fin, están reunidos de nuevo, enseguida el hijo pregunta.
―¿Papá, dónde está mamá? ¿Cómo está ella?
Él le responde:
―Mijo, no se desespere, ella aún está a nuestro lado, su salud es precaria, pero su espíritu, su alma son fuertes, sólo anhela verte, eso la hará renacer, estoy seguro. Se dirigen hacia la cama donde Luz está acostada, ella al escuchar sus voces abre los ojos, al verles aproximarse abrazados, se incorpora a medias, con dificultad, emocionada con lágrimas en sus ojos cansados, abraza y besa en la frente a Aliro.
―¡Hijo mío, por fin estas con nosotros!
Él los mira emocionado, lleno de amor, con toda la nobleza, y la simplicidad de su corazón de campesino, sin dobleces, confiado, generoso como la tierra misma que le vio nacer.
―¡Vengo a suplicarles su perdón! nunca quise provocarles tanto dolor y vergüenza. Sé que no hay justicia en que yo venga a pedirles que me perdonen si yo mismo no fui capaz de perdonar a Rosa… cuando la vi desnuda en mi propia cama acostada con Mañungo… en el mismo lecho que fue testigo de todo el inmenso amor que le prodigué cada día y sin pensarlo siquiera, en ese instante regresaba de cazar, vine antes de tiempo porque se me había quedado una trampa. Levanté el rifle y les disparé, ahí mismo, enceguecido de dolor y celos. Él era mi mejor amigo y ella la mujer de mi vida.

DESOLACIÓN

Lucía Stuardo H.

Cuando grito…¡Te amo!

Mi voz suena, vibra,

Y el sonido se quiebra,

Se esfuma, se evapora,

Como el rocío al sol de la mañana,

Se queda suspendido en el aire,

Y el eco devuelve mi voz a mis oídos.

No hay oídos  que escuchen ya mi voz,

Ni otras voces que contesten mi llamado,

Todo el amor que tengo aquí guardado,

Se envejece conmigo, en el silencio,

Y me pesa tener que transportarlo,

De un lugar a otro, sin destino,

Sin saber donde pueda ya dejarlo

O esconderlo en el olvido.

Mi espalda está curva por el peso,

Mis huesos ya se quejan del esfuerzo

Yo no tengo un lugar para el reposo

Y mi invierno llega silencioso.

UN ENCUENTRO INESPERADO

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Hilda Zamorano

Una tenue lluvia caía sobre el pavimento, Valentina apretó nerviosamente el volante debido al tránsito detenido a esa hora. Presentía un retraso a ese encuentro tan importante.
Finalmente logra estacionarse y corre en busca del Café Tavelli de Providencia..
Sus ojos recorren las mesas hasta ubicar una desocupada al lado de una pareja que solo tiene ojos para sí misma.
El paraguas cuelga de su brazo, toma asiento y lo abre ante la mirada atónita del mesero.
– Señora – dice éste – aquí no se llueve.
– No se preocupe, será solo un momento para que alguien me ubique, responde Valentina, con énfasis y cerrando un ojo al pronunciar “alguien” con cierta intención.
A esta hora empiezan a llegar los locos, piensa para sí el camarero.
Qué ridícula me debo ver con el paraguas rojo abierto en medio de las mesas del café, piensa Valentina, casi adivinando el pensamiento del camarero, pero así acordamos con Francisco para reconocernos.
El único que contestó el anuncio de El Mercurio, donde decía que vendía el Roll Royce.
Es lamentable que tenga que vender el auto herencia de mis padres, pero es absolutamente necesario poner mucha distancia entre Renato y yo, tanta distancia como sea posible.Todo comenzó hace algunos años atrás en Milán. Conocí al ser más tierno, amoroso y bello que no había visto jamás. Alto, delgado, de cabellos castaños y ojos de un extraño color ámbar, un color intermedio entre el marrón y el avellana. Fueron sus ojos, o más bien, su mirada la que perturbó mi alma, no podía dejar de mirarlo en esa fiesta a la que acudí sin deseos y que sin embargo estaba llena de sorpresas. Había muchos jóvenes hombres y mujeres bellos todos como la mayoría de los italianos. Y para la guinda de la torta, como diría mi prima Alejandra, cantaba como los dioses.
Ese día conversamos un poco, logré saber que era psicólogo, que estaba soltero (yo también) y que adoraba la música (yo también…)
Me las arreglé para que me fuera a dejar a mi casa y obviamente lo invité a pasar ofreciéndole un café…
Comenzamos a descubrir tantas cosas que nos acercaban, como la literatura por ejemplo y la música clásica que nos trastornaba por igual
Desde entonces me sentí la mujer más dichosa del mundo saliendo con él, a exposiciones, a conciertos, al cine, a la ópera en la Scala de Milán, pero también conocí con él lugares bohemios como la Via Brera, etc.
Comenzamos una intensa relación amorosa. Me encantaba su espalda cuando hacíamos el amor, el color y la suavidad de su piel me atraía mucho, su sensibilidad, su delicadeza eran mi complemento, no había conocido antes un hombre con esas características, nunca había sido tan feliz.
Después de algunos meses hicimos planes para irnos a París durante las vacaciones de Agosto, compramos los boletos, todo estaba en orden hasta el momento.
Renato trabajaba en una empresa de gobierno como psicólogo laboral, yo en una Clínica Psiquiátrica, por lo que ambos teníamos horarios parecidos.
Faltaban unos días para nuestras vacaciones y decidí comprar algunas cosas que me hacían falta, Renato no me pudo acompañar porque había llegado un amigo suyo del extranjero a quién quería saludar.
Ese día no nos vimos y creo que fue el primero en esa vorágine en la que nos vimos sumergidos.
Al día siguiente no se presentó en la Clínica como hacía todos los días para irme a buscar, le llamé por teléfono pero no respondió.
En fin, me dije, estará ocupado, ya me llamará.
Pero no me llamó tampoco al día siguiente, pasaron varios días en que yo le busqué y no le encontré en ninguna parte.
Faltaba poco para nuestra partida a París, para disfrutar de las tan anheladas vacaciones y su ausencia me trajo un mal presentimiento.
Estábamos en Italia, las mujeres italianas son bellas, yo no era fea pero distaba mucho de competir con ellas, ¿será que se había enamorado de otra? Esos pensamientos no me dejaban en paz.
Finalmente decidí no moverme frente a su domicilio hasta que llegara, lo que hizo bastante tarde y un poco ebrio, pero no venía solo. Junto a él llegaba otro hombre a quién no pude distinguir con claridad desde mi coche.
Pensé con qué facilidad los hombres salen a juerga mientras una sufre el alejamiento del ser amado.
Bueno pues, entraron en el departamento sin que ninguno de los dos se diera cuenta de mi presencia.
En los meses vividos juntos me había dado una llave que en ese momento no quise ocupar, no sé por qué razón, y toqué el timbre.
Lo hice insistentemente varias veces pero nunca me abrieron.
Entonces decidí abrir la puerta con mis llaves.
Mejor no lo hubiera hecho, el espectáculo ante mis ojos me derrumbó, mi amado Renato y su acompañante se besaban con una pasión digna de la mejor película italiana.
Decir que sentí un gran dolor está lejos de la realidad, creí que me moría de angustia.
Era tanta la emoción que los envolvía que no se dieron cuenta de mi presencia, di la vuelta y con pasos vacilantes me alejé de allí.
Por mis mejillas caían unas torpes lágrimas que enjugué con fastidio.
En ese momento decidí regresar a mi país en lugar de irme sola a París. Las vacaciones se fueron alargando, la cercanía de mi familia ayudó mucho para que pudiese olvidar la terrible experiencia pasada en Milán. Decidí quedarme en Santiago e ingresé a trabajar en una prestigiosa Clínica de Providencia.
Y después de tanto tiempo el destino se encargó de ponerlo nuevamente en mi camino: Renato llegó a Chile con su novio a trabajar en el mismo lugar en donde trabajo yo.
Por fin llegó el posible comprador del Roll Royce, me dará pena deshacerme del coche pero ese dinero me dará un pasaje que me llevará al fin del mundo.

LA MANO

Por Marcela Royo Lira

La historia comenzó con los golpes en la puerta. Rectifico, fue con la carta en cuestión. Quizás, incluso antes, cuando desde el balcón el hombre vio al cartero en la vereda de enfrente y supo al verlo atravesar la calle y verificar los números, que llamaría a su casa. Demoró adrede en atender. Un presentimiento lo mantuvo inmóvil detrás de la madera. Escuchó el suspiro del otro, algo como un imperceptible rezongo. Lo imaginó agachado, aprontándose a deslizar el sobre por debajo de la puerta. Entonces, abrió de golpe. El mensajero dio un respingo y pidió disculpas sin haber por qué.
Una vez solo, el hombre se enteró que la enviaban desde un bufete de abogados. ¿Qué querrán estos leguleyos? se dijo entre dientes. No sabía por qué pero una ligera inquietud lo había alertado. Revisó mentalmente sus actos de los últimos tres años. Por si acaso. Nunca se sabe, pensó. Y se acordó, cuando un año atrás una conocida casa comercial había iniciado una persecución judicial en su contra por la compra de un electrodoméstico. Una mujer, que no conocía, dio su dirección. Le costó, dinero y tiempo, convencerlos que nada tenía que ver con ella. Amenazaron con embargarle parte de su mobiliario.
Ahora la cita era para dentro de dos días. No especificaban de qué trataba.
Cuarenta y ocho horas después, cuando abandonaba la oficina de abogados, el hombre sonreía incrédulo de su suerte. Como único beneficiario, heredaba, de un tío de su madre, una casona en Santiago, de once habitaciones, tres salones y un patio interior de naranjos y hortensias, ubicada en el antiguo barrio de Avenida Matta.
De vuelta al Puerto de Valparaíso, donde actualmente vivía, recordó haberlo visitado siendo niño en dos o tres ocasiones. Un viejo cascarrabias que lo obligaba mantenerse quieto mientras los mayores conversaban, a veces en voz tan baja que los creía urdiendo maldades de las cuales él no podía enterarse. Se acordó también del olor a encierro y humedad, a naftalina y orina de animal; del tapiz de los muebles viejos, sucio y hediondo. Y de las ratas que corrían en el entretecho, del gato tuerto y al parecer sordo que dormitaba junto al brasero. También, de la caja grande con soldaditos de plomo que le hizo llegar, a los nueve años, para una navidad. Fue la última vez que supo de él, su madre murió poco tiempo después y cesó el contacto.
Una tarde fría y amenazante de lluvia, viajó a la capital a reconocer la vieja casa de adobe que siempre había querido olvidar.
Sabe que es absurdo, pero el antiguo llamador de la puerta de calle, comunmente llamado La Mano de Fátima, lo inquieta. Hace un mes habita la casona de calle Lord Cochrane. Las puertas de todas las habitaciones abren a un largo pasillo en penumbras. Hay tragaluz en los salones y otro en el baño principal. Las piezas son oscuras, sin ventanas al exterior. Recuerda el miedo que sentía al entrar. Escondido tras la mampara su madre debía poco menos que arrastrarlo hacia el interior.
Pero hoy es adulto. Es absurda esta desazón, se decía cada vez que cruzaba la entrada.
Todo comenzó el día que llegó a instalarse. En la calle, esperaba el camión cargado con los muebles y la ropa repartida en un baúl y dos maletas. En el momento en que había introducido la llave en la cerradura le pareció que la mano giraba levemente, como si quisiera conocer al nuevo dueño. Horas más tarde, mientras se tomaba un vaso de whisky, la escuchó golpear con fuerza la madera, sin embargo, al abrir no había nadie. Tuvo la desagradable impresión, mientras se preparaba otro trago (este era el tercero) que no se iban a entender. Cuando niño se entretenía jugando con ella, la levantaba y dejaba caer abruptamente.
─Deja de hacer eso, hijo. La vas a cansar ─lo regañó su madre en varias ocasiones. El tío, en un arranque de furia, le había golpeado las manos con una varilla y él, en un descuido de los mayores, encendió una vela y mantuvo la llama sobre la mano largo rato. Riendo malévolo, como si percibiera el dolor del bronce.
En el transcurso de los meses el llamado a horas imprevistas e inoportunas lo tenían al borde del colapso. Al principio pensó en jugarretas de niños, era la única casa que aún mantenía ese tipo de llamador, o en gente ociosa. Incluso en los “okupas” de la otra cuadra, pero cuando la descubrió vigilando sus horas de salidas y llegadas, en el mismo movimiento imperceptible del primer día, supo que el asunto iba en serio y sólo era entre los dos. Se aficionó al whisky, bebía a deshoras y en mayores cantidades. Cuando venía de vuelta se disfrazaba como un encapuchado para ver si así no lo reconocía. Sin embargo, la mano siempre daba los dos golpecitos, como en sorna.
Sucedió de madrugada.
Llovía y hacía frío. Llevaba dos días en cama con fiebre y un fuerte dolor de garganta, sin ánimo para levantarse. Al séptimo llamado, harto de la jugarreta, cogió el combo de acero, que había encontrado entre la leña de la cocina, y se dirigió a la puerta de entrada. Entonces, con todas sus fuerzas y de un golpe seco, la arrancó de cuajo. En el suelo, continuó golpeándola, a pesar que los golpes no hacían mella en el bronce. Luego, envuelta en hojas de diario, como si fuese un ratón muerto, la arrojó dentro del tacho de la basura.
Días después, alertados por los vecinos del mal olor, la policía lo halló en su cama, muerto por estrangulación. La Mano de Fátima yacía junto a él.

Encuentro de Yo También Cuento y Andrea Jeftanovic

Jeftanovic

Andrea Jeftanovic (Santiago de Chile, 1970) es narradora, ensayista y docente. Es autora de las novelas Escenario de guerra y Geografía de la lengua (2007); y del volumen de cuentos No aceptes caramelos de extraños. Sus relatos han formado parte de diversas antologías, algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, húngaro, portugués. En el campo de la no ficción, ha publicado el conjunto de testimonios y entrevistas Conversaciones con Isidora Aguirre (Frontera Sur, 2009) y del ensayo Hablan los hijos. Estéticas y discursos en la perspectiva infantil en la literatura contemporánea (Cuarto Propio, 2011).

Es colaboradora habitual de las revistas Quimera (España), Intemperie (Chile), entre otras, y también de suplementos de viajes. Ha dado conferencias y ha participado en residencia de escritores en Alemania, Cuba, Estados Unidos, Portugal y España.

Ha sido merecedora de varios reconocimientos, entre ellos, destacan Premio Consejo Nacional de la Cultura y las Artes mejor novela 2001, Mejores obras de editoriales independientes españolas en el diario El País el 2010, Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile 2011.

Actualmente se desempeña como académica en la Universidad de Santiago de Chile, dicta talleres de narrativa y trabaja en nuevos proyectos literarios.

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SDC10315 SDC10316 SDC10317 SDC10318 SDC10323 SDC10326 SDC10327Nuestro sincero agradecimiento para Andrea Jeftanovic, una autora que sabe movernos el piso con su propuesta creativa, porque nos ofreció una charla magistral sobre memoria y ficción como experiencia de escritura. Con este encuentro cerramos nuestra lectura del libro de cuentos de Jeftanovic: No aceptes caramelos de extraños (Uqbar Editores, 2011)También debemos agradecer al equipo de Sala Novedades de la Biblioteca Municipal de Santiago por brindarnos el espacio y por todo el apoyo y atenciones recibidas.

DÉCIMAS A GABRIELA

GABRIELA MISTRAL

Ana M. Fuentes C. Mayo 2015

Un homenaje a Gabriela
la insigne poetisa
que escribe cual una brisa
imitarla uno quisiera.
Ojalá que se pudiera
conocer toda su obra.
La cultura nunca sobra
enseñemos sus poemas
levantémoslos cual lema
será una buena maniobra.

“Velloncito de mi carne”
el más tierno de los versos
el más dulce de los besos
cuando acuna una madre.
Que es la sangre de su sangre
“que en mi entraña yo tejí”.
Con este verso yo mecí
a mis hijos en la cuna
cantando bajo la luna
con mis bebés lo sentí.

“Una niña que era inválida”
los “Piececitos de niño”
son poemas de armiño
salidos de la crisálida.
Cantados en noches cálidas
para sensibilizar.
Que yo quiero entonar
lanzar a los cuatro vientos
y degustar el momento
que nos dispone a amar.

Nos ha honrado con el Nobel
que es el mayor galardón
lo asumimos cual pendón
cual cáliz de hidromiel.
Maestra es que quiso ser
desempeñó varios cargos.
Pasó momentos amargos
entre el amor y la muerte
tuvimos una gran suerte
no aceptó nunca el letargo.

Tuvo cargos diplomáticos
en los países del mundo
con ahínco muy profundo
su quehacer fue catedrático.
Con poemas aromáticos
a despedirme comienzo.
Escribiré en un lienzo
mi nombre es Ana María
disculpen la algarabía
de esto que yo les comento.

TESTAMENTO

testamento

(Verso a lo poeta) Ana M. Fuentes Noviembre 2014

Me han pedido un testamento
Repartirlo entre herederos
Serán bienes duraderos
Mi riqueza del momento.

Estoy pensando con calma
La herencia que puedo dejar:
Los dolores mitigar
Mejor entregaré mi alma
Y belleza que hace falta.
Que el mundo esté muy contento
La alegría es fundamento
De un pasar siempre mejor
Que me inspire el Hacedor
Me han pedido un testamento.

Que la verdad siempre impere
Aunque le pongan mordaza
Y la tomen con tenazas
Es mejor para los seres.
Aunque la huella perdiere
Seremos todos sinceros
La verdad es derrotero
Parece tarea fácil
Pero creo que es más ágil
Repartirlo entre herederos.

Que nunca falte la música
Que es el arte más perfecto
Para oídos tan selectos
Aunque de apariencia rústica.
Tendré que poner mi rúbrica
Frente a muchos caballeros.
Lo que es perecedero:
Jazmines, nieve y pájaros
Aire puro, cielo diáfano
Serán bienes duraderos.

Gozar la naturaleza
Las plantas, los animales
Admirar tantos rosales
Desterrar toda pereza.
Comer juntos en la mesa
Amarnos con sentimiento.
Creernos todos el cuento
Que este mundo es el mejor
Les entrego una flor
Mi riqueza del momento.

Cuando la haya repartido
Esta declarada herencia
Me presento ante la audiencia
Fuentes Cáceres han sido
Por siempre mis apellidos
Y de nombre Ana María.
Me despido a la salida
Cogollito de verbena
Con olores de azucena
Será herencia compartida.

El chevrolet del barrio

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Hilda Zamorano

Esa primavera mi padre había decidido restaurar la fachada de nuestra casa por lo que ésta se había llenado de maestros y albañiles.
Fea se veía mi casa, llena de barro y pedacitos de latón adheridos con cemento a la pared. Grandes andamios no me permitían salir hacia el Liceo con el uniforme limpio, mis zapatos recién lustrados quedaban cubiertos de polvo. El único consuelo era la promesa de mi padre que la casa se vería preciosa una vez terminados los trabajos. Mi anhelo era que estuviera lista para celebrar en ella mis dieciocho años.
Recuerdo que en esos días al mirar la casa de Silvia, mi amiga de enfrente, me producía un gran desasosiego. Silvia, la chica mas linda del barrio, la única rubia de pelo largo, de estilizada figura, me había empezado a mirar con cierto desdén; su cambio de actitud coincidió con la llegada de un vehículo negro, un brillante Chevrolet comprado por su padre, que hasta ese momento era el único auto de la cuadra.
El papá de Silvia era un señor muy gordo y bajito, de cara roja, ojos saltones, y movimientos bruscos. Después de su valiosa adquisición, el señor apenas inclinaba la cabeza en señal de saludo a sus vecinos. Se le veía a menudo limpiando y encerando minuciosamente el vehículo con movimientos enérgicos y cuidadosos, daba la impresión de estar puliendo una joya. Diariamente iba a dejar al colegio a su hija antes de irse a su burócrata oficina en el banco. Y los domingos la familia entera luciendo sus ropas elegantes salía para asistir a la misa dominical. Esto no hubiera llamado la atención si no hubiera sido porque la iglesia quedaba solo a cuatro cuadras de su casa. Tiesos y sin mirar a nadie, esperaban que el señor pusiera en marcha el vehículo.
La mamá de Silvia, la señora Angélica, quién antes del acontecimiento era una persona agradable que a menudo deleitaba a sus vecinas con entretenidas conversaciones en el negocio de la cuadra, también había adoptado un aire distraído al saludar.
Y para completar el cuadro, Rubén, el pesado hermano chico de Silvia se burlaba de mi cada vez que podía diciéndome : “ tu casa es la mas fea de la cuadra…”
Yo estaba muy nerviosa en esos días, mi papá me había prometido un tocadiscos para mi fiesta de cumpleaños. Me preguntaba si habría música y si estaría lista mi casa.
En ese tiempo me gustaba mucho un joven que vivía en la misma cuadra, se llamaba Felipe y era cadete de la Escuela Militar. Moreno, de alta estatura, delgado, muy buen mozo, pestañas largas y labios gruesos, con un sutil parecido a Yul Brynner. En cambio yo no sobresalía del resto de mis amigas , mi cuerpo era demasiado delgado, sin mucha gracia y había acentuado un carácter tímido que trataba de superar. Solo me caracterizaba por mi gran afición a la lectura, que compartía con Felipe. Con él conversaba mucho sobre la novela rusa, sobre la prosa dramática de Dostowieski. A ambos nos gustaba la poesía, amábamos a Federico García Lorca.
Con grandes esfuerzos había conseguido permiso para salir con él dos veces al cine. Un día, al despedirnos, lo miré antes de entrar a casa y ví que se le acercaba Silvia, luego los observé caminando en dirección a la casa de ella.

Cerré la puerta de calle y casi sin aliento apoyé mi espalda en ella tragándome las lágrimas. Mi mamá preocupada me preguntó que me pasaba y por supuesto respondí que nada. Cuando logré aplacar mi tristeza empecé un frenético paseo entrando y saliendo de casa. El brillo del Chevrolet indicaba que el padre de Silvia había llegado. Mi madre puso fin a mi naciente neurosis llamándome a cooperar con los quehaceres domésticos y dejándome así suspendida en mi furia.
Desde ese día se terminaron mis conversaciones y mis salidas con Felipe, solo nos saludábamos cada vez que él iba a visitar a Silvia. Viéndolos juntos me sentía muy mal pero me sentí peor cuando lo vi subir al auto. Pasaron los días y no pasaba mi pena. No podía borrar de mi mente la imagen de Felipe junto a Silvia dentro del vehículo que había comenzado a odiar.
Por fin llegó el día de mi cumpleaños, Los arreglos de la casa habían llegado a su fin y las voces de “The Platters” inundaba la sala.. Con mi mamá preparábamos los canapés para la fiesta. Mi vestido nuevo esperaba encima de mi cama. Me inundaba una gran ansiedad. Estaba muy ilusionada con mi primera fiesta bailable.
Empezaron a llegar los amigos y Silvia una de las primeras invitadas. Recibí muchos regalos, varios long play y algunos libros.
Las chicas se veían muy lindas en sus faldas “plato”, se sentaron frente a los jóvenes vestidos ellos también muy elegantemente. Nos servimos canapés y un ponche suavecito que preparó mi padre.
Se escucharon los primeros compases de un rock and roll y casi al mismo tiempo sonó el timbre. Era Felipe quién desde su altura me miraba con un gran ramo de flores y un disco de “Los cuatro Ases” con una hermosa dedicatoria: “discúlpame por haber sido tan tonto, te quiero mucho”.
Emocionada le di las gracias y nos pusimos a bailar y a pololear oficialmente.
No me di cuenta de la hora hasta que alguien se despedía de mi, era Silvia, quién se acercó con aire presuntuoso a decirme que se iba porque al día siguiente muy temprano ella y su familia se irían en el auto a la playa.
Felipe y yo solo sonreímos.