Creyó

Por: Cecilia Nancy Bustamante Reyes

Pensó que lo iba a encontrar, ya no sabía dónde registrar. Tercer día desaparecido y no quería creer que ya nunca más lo vería, hacía ocho años que la acompañaba, al comienzo se sintió orgullosa de llevarlo consigo, gozaba al dejar que todo el mundo lo viera y supiera que tenía uno, pero poco a poco el entusiasmo se fue enfriando al extremo que últimamente ya casi ni se acordaba que lo llevaba, pero él seguía allí, silencioso y fiel. Así que ¿para qué sacárselo?, ya no le molestaba, aunque el maldito anillo de matrimonio ya no significaba nada para ella, ¡era parte de su dedo!, sólo su peso en oro podía serle útil. ¡Por eso lo único que quería era recuperarlo!

EL HORIZONTE Y EL PERRO

Perro

Por: Cecilia Nancy Bustamante Reyes

La mañana es fría y nublada, el mar refleja en su superficie ondulante el gris de las nubes, Javier camina cabizbajo lentamente por la orilla de la playa solitaria, mientras en el horizonte un barco se desliza diminuto, hacia el puerto cercano.
Es un hombre alto, moreno de verdes ojos y rasgos firmes, su espalda se nota encorvada por el peso de la tristeza. Recuerda la conversación de hace un rato con su hermano Mario, antes de salir a pasear.
―¿Qué te sucede? Te ves angustiado.
―¡Néstor me abandonó!
―¿Cómo sucedió? ―¡Es difícil de creer!
―¡Por supuesto que traté! pero no me escuchó.
―Cuando lo intenté era demasiado tarde, imagina que cuando regresé de uno de mis viajes, estaba drogado.
«¿Por Dios Néstor como llegaste a esto? Nunca lo esperé de ti.»
«¿Qué te sorprende, cuantos días has estado en casa este mes? ¡Responde!» Me dijo, «¡No más de ocho! Tus ausencias me hartaron, tu trabajo es lo primero.»

Javier detiene sus recuerdos un momento, las gaviotas revolotean sobre su cabeza y bajan a la orilla del mar a buscar alimento, sus patas largas y presurosas van dejando huellas débiles y finas en la arena húmeda. La angustia lo invade, siente el dolor de la pérdida, le atenaza y casi le impide respirar, mira el horizonte cree verlo más cercano y luminoso.
Retoma sus añoranzas, todavía está en sus retinas la última vez que se vieron. Néstor llegó a retirar sus cosas, nervioso, alocado, incoherente, lleno de ira hacia él, no logró calmarlo para que hubiesen hablado una vez más, intentó detenerlo, ante lo cual el amante sacó sorpresivamente un arma y amenazó dispararla, lo que aterrorizó a Javier. No pudo hacer nada.
«¡No me retengas, es demasiado tarde! Quédate con tu maldito trabajo y tu vida social. Siempre han sido lo más importantes en tu vida.»
Contempla ese rostro amado y le recuerda cuanta dicha disfrutaron, sus viajes, reuniones con amigos, planes compartidos, sus silencios, el apoyo mutuo, también que ese hogar fue su refugio al rechazo y críticas homofóbicas de los demás.
Años esperando el momento propicio para vivir juntos y develar al mundo su realidad, empezando por sus propias familias. El temor apresaba sus existencias ¿cómo iban a reaccionar en sus respectivos trabajos cuando se enteraran? ¿Cuántas veces escucharon las risas burlonas y crueles de sus compañeros de trabajo y amistades al referirse a personas como ellos?
Todavía Javier recuerda aquel día, la sorpresa y distancia de su padre al saberlo y el velo de tristeza y compasión que cubrió la mirada de su madre.
Todas esas experiencias dolorosas no les detuvieron en su momento para defender su derecho a ser felices y vivir juntos, el amor que sentía el uno por el otro los mantuvo unidos para enfrentar al mundo y su intolerancia. Con temor y lentitud lograron pasar cada valla, permanecer en sus trabajos y lograr una vida normal en su propio hogar. Javier le recuerda todo lo vivido a Néstor, tratando de que no lo abandone y le dice:
«¡Por favor, no te vayas! ¿No ves cómo luchamos para obtener nuestra dicha y tranquilidad?»
Néstor lo mira con rencor, va hacia él y le replica con frialdad. «¿Cómo no voy a recordar?»
Pero nada importó. Javier lo vio tomar sus pertenencias, abrir con urgencia la puerta, para no prolongar más ese momento.
Afuera la lluvia cae inclemente como lágrimas inmensas que se unen al dolor de la ruptura. Desde la puerta vio como se alejaba por la calle sombría y oscura, sintiendo el peso de la soledad y el abandono.
Tiempo después se enteró que viajó a África a trabajar por los más desposeídos del planeta, sin intención de regresar, no había vuelta atrás.
Javier reanuda su caminata, la playa solitaria es como un sedante, de pronto el ladrido sonoro de un perro consigue distraerlo y observa quizás un poco envidioso, cómo el can brinca con gozo mientras se mete al mar, se baña alegre, revolcándose en las olas pequeñas de la orilla, para salir chorreando agua salada, se sacude vigorosamente el agua, que asemeja un abanico a su alrededor y repite travieso una y otra vez lo mismo.
Luego, Javier se percata que el barco ya desapareció en el horizonte, ahora con una luminosidad increíblemente pura y con destellos dorados que lo cubren, se siente atraído como un imán, no puede apartar los ojos de él y camina con decisión y lentitud hacia las olas calmas y grises sumergiéndose poco a poco en ellas.

A LA DISTANCIA

Por: Cecilia Nancy Bustamante

En ese rincón de la céntrica calle se refugia cada día, con dificultad puede mantener la saliva dentro de su boca y más al pronunciar “¡Ayúdeme!” extendiendo su mano hacia los apurados transeúntes, trata de sonreír y apenas logra dibujar una mueca grotesca en su rostro.
Al recibir la limosna sus ojos la agradecen y trabajosamente pone la moneda en el bolsillo del pantalón, mientras, su saliva no quiere permanecer en su lugar y corre espesa y transparente desde los labios hasta la polera húmeda y pastosa.
Para el hombre, el único rayo de luz que ilumina su diario vivir es la presencia de Amelia, la nana de un departamento vecino, que todas las mañanas lo saluda con una sonrisa al pasar.
—¡Hola! ¿Cómo le va?
Ella lo mira de igual a igual, como si la baba que cae por la comisura de sus labios no existiera, y su grotesca mueca con la que parece decir “¡Gracias!”, fuera normal. Quizás el mayor anhelo de él sea poder responderle y conversar con ella.
Es Jueves, llueve cuando él llega, pero su rincón no se moja. Apoyado en la pared siente bienestar, incluso le cuesta menos balbucear lo acostumbrado. Divisa a Amelia que se aproxima por la vereda de enfrente sonriéndole, un poco más lejos se escuchan las sirenas estridentes de autos policiales que se aproximan, de pronto escucha el rechinar de neumáticos, disparos, estruendos y un auto en loca carrera que se aproxima por la calle atestada de vehículos. El auto a gran velocidad sube sobre la cuneta e irrumpe en la vereda, la gente corre despavorida, intentan protegerse ignorantes de lo que sucede. El Baba, así le llaman, sorprendido trata de ver lo que pasa, y de pronto recuerda a Amelia. Mira ansioso hacia donde la vio por última vez, con pavor observa varios cuerpos caídos en la acera, con dificultad y miedo atraviesa la calle y sus temores más recónditos se hacen realidad al verla casi destrozada por el auto que escapa, aún en sus labios está la sonrisa que alegra sus días. El mendigo permanece junto a ella, como esperando a que ella se levante, pero cae pesadamente al suelo al mismo tiempo que siente en su pecho el impacto ardiente y doloroso de un disparo. Abre anchamente los ojos y el mundo se pone patas arriba. En sus retinas queda grabado para siempre el rostro de animal acorralado y lleno de de miedo del mafioso que corre desesperado entre los transeúntes.

Miedo

EivarMoyaPor Tamara Vidaurrázaga

Se metió a la ducha y sintió miedo. Le gustaba bañarse antes de una fiesta, preparándose ante cualquier conquista. Limpio pero nunca perfumado. El olor a transpiración de hombre limpio le gusta a las hembras, pensaba. Les recuerda lo que todavía tienen de animal. Los perfumes son de mariquitas, piensa, mientras se jabona. Tuvo miedo de nuevo, como un apretujón en el estómago, pero prometió portarse concienzudamente esta noche. Ya llegaría mañana con alguna novedad para sus amigos: “A esa hembrita se la comió este pechito”, decía. “Esa carnecita me la serví anoche”, se vanagloriaba. Para él bastaba un beso o unas tocaditas para agregar a una mujer a su larga lista de conquistas presumibles. Le chispearon los ojos imaginándose el manjar que seguramente probaría esta noche. “Esta noche si que no tomo”, se prometió, pensando que así evitaría la vergüenza. Se jabonó el torso ancho y velludo, los brazos musculosos, el miembro por el que sentía tanto orgullo. Salió de la ducha y mientras se secaba las gotas de agua acumulada en su vello, se miró al espejo y dijo en voz alta “Esta noche si que no tomo. Y si tomo, me comporto”. Lo que no dijo en voz alta, pero sí pensó, es que a como diera lugar, en esta fiesta no terminaría como en la anteriores, vestido de mujer y bailando sobre la mesa.

 

*Obra de Eivar Moya. Carboncillo sobre papel.

La mujer que no tenía nada

Torso

*

Astrid Veloso Yáñez

La mujer no tenía brazos ni piernas y el amor de su vida vivía muy lejos. El único camino por el que podía llegar a él estaba infestado de sapos y cucarachas. Ella padecía pavor a estos seres. Entonces recurrió a un método inesperado que cambiaria para siempre su destino.
Realmente, y en honor a la precisión que nos exige este cuento, debemos decir que adoptó dos métodos. En relación a su discapacidad y tomando en cuenta que era mujer de recursos, encargó al extranjero la maravillosa silla Pride Jet 3, también llamada “Scooter Eléctrico Recargable”. También pidió a los fabricantes que le agregaran unas orugas especiales para subir por lugares poco escarpados y/o escaleras, ya que la casa de su amado estaba ubicada en una pequeña colina.

Para sacar del camino a los asquerosos sapos y despreciables cucarachas ideó con la ayuda del técnico la incorporación a su silla de tubos que lanzaban aroma a salvia y ajenjo, como es sabido la mezcla hace que los batracios desaparezcan pues odian estos aromas. Al mismo tiempo el aire salía a menos 5° Celsius, y a las cucarachas el frío no les gusta.

Armada así con este sistema de transporte ya no tenía problemas para visitar al amor de su vida. Pero, durante el proceso de compra de su silla, de la instalación de los mecanismos para alejar a las alimañas, se dio cuenta que “el amor de su vida” era un perfecto patán, que nunca había hecho ningún esfuerzo por visitarla, era un hombre cómodo, flojo e indolente.
Cuestionó seriamente su relación y decidió abandonarlo, se re-encontró consigo misma y valorizó su libertad.

El olor a salvia, más que el del ajenjo provocó efectos especiales entre ella y el técnico, sin darse cuenta se enamoraron perdidamente, se amaron con locura hasta que los efectos del olor a salvia pasaron y el del ajenjo los tranquilizó.

Dicen que una vez calmada la locura amatoria, formalizaron su relación estableciendo una empresa de control de plagas basada en métodos orgánicos no contaminantes.

* annakeiller.com

TREN

Por: Cecilia Nancy Bustamante Reyes

Desde siempre fue el mismo, y el accidente lo confirma, lo que nadie se explica es cómo hizo para salir vivo.
Desde que tiene uso de razón se recordaba escapando de algún hogar de menores, sin padre ni madre, entrando y saliendo de tribunales. Que no lo pueden condenar. Le dicen El Maldito. Es de contextura fuerte, alto, moreno, pelo lacio que le llega casi a los hombros, su mirada es zorruna y escurridiza, un choro por donde lo miren, desde lejos se aprecia su agresividad, ¡duro el güeón!
Su mejilla izquierda la cruza un tremendo tajo, se lo ganó cuando con El Topo, su compañero de correrías de hace años, estaban tomando en un bar de Bandera. Ya estaban casi borrachos cuando a La Poto Loco se le ocurre entrar del burdel de al lado. Era una mina rica, muy joven pero ducha en lo suyo.
Ambos compinches se calientan con la niña, ella no toma partido porque le excita que esos dos choros con cartel de duros se peleen por ella a cuchillada limpia.
Los mira recostada en la barra, con un trago en la mano y una sonrisa socarrona en los labios rojo cereza, la falda diminuta, ajustada al cuerpo y de color púrpura mostraba las piernas largas y torneadas. En el escote un par de tetas grandes amenazaban con salirse de la blusa, ella hacia rato que quería acostarse con uno de los dos, por algo eran famosos en el ambiente.
Los hombres como animales en celo luchan feroces, las cuchillas en sus manos suben, bajan, atraviesan el aire veloces y penetran el cuerpo del rival. Los parroquianos han hecho un círculo alrededor de ellos, avivándolos, esta pelea es un suceso en el lugar, ya que los contrincantes son amigos y socios de fechorías, por lo tanto, no importa quien gane o pierda pues parece ser el fin de la amistad de los dos maleantes.
Entonces El Topo, con precisión de carnicero, le tajea la cara al otro, se lleva a la mujer, y El Maldito con la cara chorreándole la sangre, grita enfurecido. La pareja sale sin mirar para atrás.
—¡Ya los voy a pillar conchesumadre¡, ¡y ahí mismo los mandaré al infierno par de güeones culiados ¡ ¡Me vengaré, de esta no se salvan!
Hasta que llegó el día, los encuentra a la salida de un antro que hacía las veces de bar y motel a un paso de la Estación Central, no alcanzaron ni a darse cuenta de su presencia cuando los charquea a tajo limpio. Sin piedad. La sangre corre por la vereda, las paredes se manchan.
En su afán, El Maldito no se percata que una persona lo ve y llama a la policía. Llega un tira y lo persigue, el matón corre y se mete entre las vías y vagones detenidos en la estación, sabe que si lo atrapa se pudrirá en la cárcel, hasta ahora siempre logró salirse con las suyas, pero de ésta quién sabe… Corre, está seguro de escabullirse, conoce ese sector como la palma de su mano, porque ahí se escondía, desde que era niño. Corre, salta, gira. Logra despistar al policía, espera un tiempo prudente y sale, con una mueca de triunfo en los labios, sonriendo piensa “¡De mí nadie se burla!” Camina displicente y seguro por las vías. Enciende un cigarro y no se da cuenta que la locomotora que se aproxima rápida y silenciosa ya está demasiado cerca.

CANASTO DE MIMBRE

Marcela Royo Lira

—Están golpeando –dice alguien en sordina. Son las voces que llegan en el sosiego de la tarde. Permanezco en la mecedora con el diario sobre la falda. Afuera el viento sopla fuerte y una rama raspa la ventana de la cocina.

Los golpes cobran fuerza.  Desaparece la timidez de las  primeras veces.  Trato de leer. En la pieza del fondo algo cae, como un resbalar de papeles.

—Llaman –insiste la voz. Me fastidia su intromisión, vivo sola hace años. A veces me sucede, sombras que se hacen presentes y, si estoy de ánimo,  conversamos.

Debería ir a ver, sin embargo, no me muevo. Hojeo el periódico y el sutil sonido de las hojas, de algún modo, me reconforta. Vuelven a llamar, esta vez con los puños. Imagino esas manos cerradas, conteniendo la rabia. Quién está afuera sabe que estoy aquí.

Ahora, gritan: “señora, señora…”  Me parece oír, en el último llamado, un sollozo.

Me levanto y abro.

Es una mujer joven y pregunta por doña Eloísa.

—Aquí no vive  –digo.

Nos miramos a las sombras del día que se apaga, huelo perfume a rosas y a tierra húmeda. Lejos, se escucha la bocina de un vehículo. Reparo en la expresión tímida de la muchacha y que viste ropa de verano, a pesar de la lluvia de anoche. La desconocida baja la vista y sin despedirse se aleja arrastrando un bolso pesado, en la otra mano sostiene un canasto de  mimbre. Antes de entrarme miro la calle desierta y no sé por qué me inquieto, es un fin de semana largo y la mayoría de los vecinos viajó fuera de Santiago. Vuelvo a la sala a continuar la lectura. Demoro en concentrarme, por alguna razón no olvido a la chica.

Una hora después, vuelven a llamar.

Es la misma jovencita. Insiste en preguntar por la señora Eloísa. Le repito que está equivocada, que quizás viva en alguna casa de la otra cuadra, en la villa las construcciones son iguales.  Es una mal educada, se marcha sin decir adiós ni  pide disculpas. Ni siquiera me dio tiempo para invitarla a una taza de manzanilla y galletas de jengibre (las hice esta mañana y el aroma impregna la casa). La noté cansada, con expresión de enferma. La forma de inclinar la cabeza y morder la punta de su cabello  me recuerda a alguien, pero no sé a quién. Cuando espero el pito de la tetera para servirme el té de la noche vuelven a golpear. Esta vez abro la puerta de golpe y le grito que aquí no vive ninguna Eloísa. Tengo deseos de patear lejos el canasto de mimbre, en uno similar dormía la Pecosa, una perrita poodle que tuve y murió atropellada.  “Traes allí un doloroso recuerdo”, vocifero, señalándoselo a la luz del farol de la calle.

La joven abre muy grandes los ojos y pestañea rápido, una expresión compungida se le dibuja en el rostro, por un instante, temo que se ponga a llorar. Al cabo de un rato, musita:

—¿Eloísa? Busco a doña Luisa. Mamá dijo que en la escuela fueron amigas, incluso compartieron el banco dos años y que a los dieciséis fue novia de su hermano. “De seguro te dará alojamiento mientras buscas trabajo en la capital”, agregó, envolviendo un pedazo de queso de cabra como regalo. Me contó que dejaron de verse cuando yo tenía tres años y ella se fue a Río Bueno.

—Mi nombre es Luisa –reconozco… ¡ Ay, Dios! –exclamo, golpeándome la frente con la palma—. Olvidé, sin abrir y encima del mueble de las copas, la carta que recibí hace dos semanas.

Llovizna al atardecer

Cecilia Bustamante Reyes

Nicolás cabizbajo y pensativo esta junto a la ribera del río, permanece inmerso en el paisaje dorado con hojas ocres y marrón deslizándose hacia el suelo y una llovizna suave, que apenas perceptible cae sobre la ciudad gris y ruidosa. Espera a Andrea, hace días es presa de un presentimiento, al que no le da cabida y se niega a aceptar, la ama y la desea demasiado, lo tienen prisionero su mirada luminosa, su alegría vibrante, su pasión desbordada. La ve acercarse altiva, serena, va a su encuentro, y ansioso la abraza fuerte, quiere sentir su tibieza, su cuerpo, la suavidad de su rostro y cabello, su perfume. La llovizna se desliza más tupida sobre ellos.
—¡Mírame! —le pide.
—¿Para qué? —responde ella.
Se hunde en sus ojos pardos, ahora tan opacos y fríos, sin la vivacidad y brillo de antaño.
—¡Dime! ¿Qué te sucede?
—¡Nada!— responde Andrea, esquivando la mirada, —debo regresar de inmediato
—¡Pero si acabas de llegar!, —inquiere Nicolás dolido.
Andrea lo mira con infinita tristeza, luego baja la vista, el suelo está alfombrado de hojas doradas y húmedas, las gotas de lluvia le parecen lágrimas cayendo sobre ellos.
—Jorge y los niños me esperan en casa, por favor no vuelvas a llamar. —¡Adiós!
Nicolás ve como se aleja, mientras un aguacero oscuro e implacable azota el paisaje otoñal.

La Dama Blanca

Astrid Veloso Yáñez

A ella la habían comprado en un mercado a las orillas de Nilo, fue Lord Mortimer, quien la escogió entre varias otras como un regalo muy especial para su reina.
Se convirtió en una de las favoritas de la reina, la acompaño por varios años, hasta que empezó a sufrir el desgaste natural que afecta a todas las que son usadas para esas tareas.
Cuando ya no podía seguir prestando sus servicios en la alcoba real, fue abandonada en una pieza del castillo junto a otras igual que ella.
Desde el rincón al que fue confinada, pensaba que aún era útil, que todavía podría seguir sirviendo, quizás no como lo había hecho antes, sino que en una nueva función.
Los rumores que escuchaba de boca de los mozos y sirvientas le daban esperanzas de poder servir tomando en cuenta su estado y edad. Una noche de tormenta apareció Sir Edwin Logan, apodado como “El Quemado” quién le ofreció que se integraría al grupo especial de trabajo que él dirigía, muy contenta aceptó, pero negoció la posibilidad de usar un nombre de fantasía que a ella la enloquecía. Se llamaría “La Dama Blanca”.
Todas las noches, la vieja sábana se despierta y sale a trabajar recorriendo el castillo junto a otros fantasmas.
Cuenta la leyenda que una de las últimas apariciones de La Dama Blanca reportadas fue en el año 1987 cuando se celebraba el solsticio de invierno.

*Nota: Sir Edwin Logan agrupó a varios fantasmas que deambulaban por los alrededores del Castillo y los organizó para asustar a los habitantes del Castillo, como venganza por haberlo quemado vivo, acusándolo de hechicería sin tener las pruebas necesarias para ello.

Una noche junto al lago

Florentino Rojas.

La sombra delineada que veía desde su ventana —que parecía un gran árbol hechizado— estaba siempre allí, al acecho, como esperándola, enfrente pero distante. Para apartarla de su mente recordó los paisajes boscosos del Sur, los de su niñez, e imaginó de nuevo, nítidamente, aquella lubricidad verde, la de lascivas sombras de helechos que subían por sus piernas y rozaban su talle juvenil, entrecortando su aliento.
Salió aquella noche de luna llena, acercándose al lago para alejarse de él. Sus ojos se dilataban con la emoción, su boca se secaba a cada paso y el pecho parecía galopar en sus pezones encendidos en dos aureolas rosa.
Las flores cercanas, con sus corolas abiertas y plenas de luz, destilaban su fecundidad en amarillas y radiantes lágrimas de gozo. Su pequeña corola también empezó a humectarse, sin saber por qué, aunque sentía algo nuevo allí abajo.
«Las noches son peligrosas —había dicho la abuela, un par de veces—Los seres del lago conocen todos los olores de una»
¡Son puros cuentos! Dijo, escuchando su propia voz, para disipar sus temores, y, en su ingenuidad de niña-mujer pensó: -Bajo el agua no se siente nada – y decididamente se desnudó y se dio un buen chapuzón.
El agua estaba tibia y acariciante ese verano. Chapoteó un rato, sintiéndose feliz y despreocupada. Estaba por salir del agua cuando una luz creció junto a ella y un olor desconocido y penetrante la invadió. Apareció entonces un cuerpo desnudo y brillante, con grandes ojos y melena verde que la tomó suave pero firmemente de los hombros y le dijo con voz ronca:
—¿Quién eres tú niña, que vienes a mi casa sin avisar?
—Me llamo Angélica, y te traje una flor, respondió dulcemente.
—¿Y dónde la tienes?
—Aquí dentro – …y de ella salió un botón de rosa.
¡Quiero todo tu jardín, Angélica! Bramó aquello, y sus brazos, largos y fuertes, la rodearon y estrujaron… lentamente. Ella sintió que sus piernas eran cogidas en una gran succión y sus bocas cubiertas con grandes tallos verdes y lechosos. El cielo se coloreó en un intenso arco iris.
Al despertar, en la orilla, solo atinó a decir:
—¡Eran puros cuentos de la abuela!