NAUFRAGIO EN LA LAGUNA

Por: Víctor Hugo Vásquez

Luis Martínez, exitoso arquitecto de 45 años, meticuloso, detallista, aprensivo y exageradamente temeroso del ridículo.
Partió el viernes, con su esposa y sus cuatro hijas, como acostumbraba todos los fines de semana, a su hermosa casa que había construido en las orillas de la laguna de Zapallar.
Al despertar, al otro día, luego de tomar desayuno en la terraza que tenía una preciosa vista a la laguna y al mar, se sintió de buen ánimo, energético y contento. Después que su esposa y sus hijas terminaron los quehaceres de la casa, lo invitaron a bajar a la playa, pero les dijo que no, ya que sentía muy bien descansando en casa.
Pasado un rato desde que su familia se había ido, él determinó que estaba tan lindo el día y que ya comenzaba a hacer calor, que sería delicioso darse un baño en la laguna. Tomó un flotador, ya que sabiendo nadar, no era muy experimentado. Su idea era subirse al flotador y disfrutar dormitando arriba de él, y así lo hizo.
Gozó navegando sobre él y cuando le ardía un poco su piel, decidió darse un chapuzón, “¡ay que rico!” ―se decía― ahí mismo daba un par de braceadas y se volvía a afirmar del flotador. Luego, muy feliz, decidió hundirse por última vez, y al salir notó que el flotador estaba más lejos que las veces anteriores, trató de alcanzarlo, pero debido a una pequeña brisa, éste se alejaba irremediablemente. Trató de seguirlo, pero comenzó a sentirse cansado, nadó desesperadamente y pronto ya no daba más, comenzó a gritar que se estaba ahogando, pero no había nadie que lo escuchara, el pánico comenzó a apoderarse de él, se enrabió por lo estúpido que era morirse así, se acordó de que su mujer y su hijas no podrían devolverse a Santiago porque él tenía las llaves del auto en el traje de baño. Volvió a gritar, pero no muy fuerte, porque sentía como vergüenza.
ahogandose

Estaba en eso, cuando divisó a una pareja de jóvenes bajando a la playa, les hizo señas, el atlético joven al verlo, se sacó su camisa, se tiró un formidable clavado y con vigorosas braceadas, comenzó a acercarse a él. Luis, pensando en lo que se hacía en estas situaciones, se imaginó el tremendo combo que iba a recibir, trató de volverse, y al hacerlo, notó que sus pies tocaban el piso y que el agua le llegaba un poco más arriba de su cintura… hizo un gesto muy estúpido y le dijo: “perdóname”.

EL CRIMEN

Margarita Espinoza Silva

Juan salió de su casa de madrugada, llevaba 3 largas noches sin dormir una pestañada, se sentía acabado, demolido. Sus padres no tenían idea del drama que estaba viviendo. Trabajaban todo el día para que pudiera estudiar en la universidad, pero la loca pasión que había adquirido lo había hecho perder un año de su carrera, sus padres tampoco se enteraron de este fracaso. Se sentían tan orgullosos de la inteligencia de su hijo que por ningún momento se imaginaron que había reprobado. Pero, el daño no había sido sólo sus estudios, también había perdido la seguridad en sí mismo, se había transformado en un tipo tímido, triste, aburrido, irritable, incapaz de tener amigos, solitario, cada vez hablaba menos. Sólo lo motivaba esta obsesión que le consumía la vida.

Vagó todo el día por parques y por plazas, no sabía qué hacer con esta dependencia atroz que le había estrangulado el alma. Cada día se sentía más torpe. De repente, como un rayo se iluminó su mente, si, la única forma de terminar con esta locura de una vez por todas sería, aniquilándolo. Pensó largamente en cómo llevar a cabo el crimen perfecto. Con esta idea se fue a una ferretería para comprar el arma asesina, un hacha, que tuviera el filo suficiente para que de un solo golpe terminara con su existencia.

Regresó tarde esa noche a casa, con la confianza que a esa hora todos dormían. Se deslizó en puntillas hasta su dormitorio, con la respiración entrecortada, tenía la sensación que el corazón se le iba a salir del pecho, le latían hasta las sienes, estaba nervioso, un sudor helado se deslizaba por su cuerpo. Sin hacer un ruido sacó de su mochila el hacha con la que asestó un golpe certero a su computador. Y ahí quedó, partido en dos. Sus padres en su dormitorio no sintieron nada, el golpe se confundió con los sonidos del televisor, con el que se quedaban dormidos.

Qué fácil había sido desprenderse de quien le chupaba la vida y había frustrado sus sueños. Sintió que se sacaba un peso de encima, a pesar que había destrozado sus juegos, sus amistades virtuales, su compañía. Se sonrió de sólo pensar que se abría un mundo por delante, ingenuamente pensó que tendría amigos y amigas de verdad, a los que podría tocar, con los que podría reír, tomarse una chela y conversar largas horas como lo hacía antes con sus compañeros. Sintió nostalgia al recordar esos tiempos y lo invadió un deseo enorme de ir a buscar a sus viejos amigos con los que solía salir a carretear, total conocía los bares de encuentro, poesía, cantos y utopías.

De repente, se dio cuenta que no podía dejar el computador destrozado sobre el escritorio, no quería causarles dolor a sus padres pues era consciente del gran sacrificio que habían hecho para adquirirlo, aún más, todavía lo estaban pagando “en cómodas cuotas mensuales”. Era mejor deshacerse lo más pronto de él. Lo echó a su mochila con la intención de abandonarlo junto con el hacha en un basurero lejos de su barrio. Después les diría que se lo robaron.

Al salir a la calle, una fría llovizna le humedeció su rostro y una gélida brisa lo abrazó. El olor del pasto y la tierra húmeda lo sorprendieron. Hacía tiempo que no se contactaba con nada, así que se emocionó cuando las sensaciones lo envolvieron, tuvo la impresión haber vuelto a la vida.

En ese momento, se sintió arrepentido de lo que había hecho; no había sido la mejor solución, pero en realidad, la situación lo había sobrepasado. Cuando encendía el aparato no podía parar de jugar, siempre se decía, hoy no lo voy hacer, pero era una compulsión terrible, era un ludópata, sí, se daba cuenta que no era un ser normal. Pasaba horas y horas jugando con una pantalla. Era absurdo. Se angustiaba con esta monótona rutina, jugando siempre lo mismo, se aburría, pero no podía parar. Incluso, en ese instante quiso encender su celular, pues también traía juegos, pero esa necesidad profunda que lo arrastraba a comunicarse y entretenerse con una pantalla lo llevó a pensar de dónde surgía esta compulsión que lo ahogaba.

Lo primero que se vino a su mente fue la pregunta que les hizo su profe jefe, cuando estaba en el liceo ¿cuántas horas pasaban frente al televisor y cuántas horas compartían en familia? Realmente, la respuesta era abrumadora. La relación con sus padres era muy escasa y además pobre, durante los días de semana a la hora de la cena, se sentaban a la mesa con el televisor encendido, casi no se hablaban.

Luego, pensó en un tío alcohólico y en el drama que debía haber vivido cuando todos lo condenaban por no abandonar el trago. Este recuerdo lo llevó a cuestionarse que él era un vicioso, al igual que un alcohólico o un drogadicto. Ahí, caminando, bajo la fría noche, sintió que por primera vez que lo comprendía, y tal como su tío necesitaba apoyo, ayuda externa para salir de este laberinto.

Consciente que él estaba escapando de algo, sin saber de qué huía, se había metido dentro de una burbuja de la que no sabía cómo salir. Tal vez como su tío, arrancaba de la soledad, de la infinita tristeza que lo envolvía, lloró en silencio. Ahora sabía que no era el objeto el causante de la pérdida de su identidad, era él quien había perdido su centro, había perdido su voluntad, había sucumbido ante la seducción atractiva de un aparato que le entregó compañía a cambio de su libertad. Amargado cambió de rumbo y enfiló sus pasos a la sala de urgencia del hospital siquiátrico.

EL GRIFO

grifo

Marcela Royo Lira

Me crucé con él una tarde. Al principio creí que hablaba conmigo. Lo miré, tratando de entender lo que decía. Sin embargo, lo suyo era un monólogo. No supe con quién estaba furioso ni qué le había hecho “ese otro”, pero cuántos garabatos escupió en el rato en que lo tuve cerca. Hasta gesticuló con el puño en alto. Tuve miedo. Pensé que de pronto en su locura, volcaría en mí la furia acumulada.
Todos en el barrio lo conocíamos. Lo apodaban: el Grifo. Porque era bajo y ancho de cuerpo. Además, en los veranos, se encargaba de abrir todos los grifos del sector para que los niños disfrutaran bañándose en el chorro de agua.
Ese día hacía calor. La brisa de enero, que se deja caer a la hora de la siesta, no asomó. Ni un alma en las calles. Sólo él y yo. Caminamos juntos las cuatro cuadras hasta el paradero. Por un segundo, simulé quedarme atrás. El Grifo se detuvo y me esperó.
Llegó la micro. Subió conmigo y se deslizó sin pagar pasaje. Temí que el chofer lo hiciera bajar, hasta pensé pagarle, pero el hombre cerró la puerta e hizo partir el vehículo. El muchacho siguió con sus groserías. Noté la incomodidad de los escasos pasajeros, se refugiaron en lo que aparentemente ocurría en las calles. Pero nada especial pasaba afuera. Los hechos sucedían dentro del bus. Llegué a mi destino. Toqué el timbre y bajé. El Grifo bajó conmigo.
Ese día iba al dentista por un dolor de muelas. No sé qué me dio. Quizás vislumbré la excusa para no llegar a tiempo al consultorio. El asunto es que lo invité a una cerveza. “Cerveza no compadre. Me la prohibió el médico”, dijo. “Pero, si es tan amable tomaría una coca cola bien helada”. Y me sonrió.
Media hora después, me preguntaba qué hacía yo con un tipo como ese bebiendo cerveza a las tres y media de la tarde, de ese lunes de enero.
Reconozco que la conversación resultó interesante. Emitía un ruido desagradable al llevarse la botella a la boca, chupando del gollete y tragando. Pero, a esa hora no había nadie en el boliche y no importaba. Además, el dueño, un chino macizo, dormía la siesta con la cabeza entre los brazos, apoyado en el mesón. De pronto, el Grifo se puso de pie y golpeó con un gran mazo el gong gigante que había en la entrada del local. El samurái despertó sobresaltado y a empujones e improperios nos echó a la calle.
Después de eso me despedí de él, sin sacarme la muela.
Cuando conté lo ocurrido en casa, mi tío dijo que era un muchacho inofensivo que había sufrido un trauma muy grande cuando niño.
Sucedió hará unos once años. El Grifo tenía nueve. En ese tiempo vivía en Peñalolén, a orillas del Canal San Carlos, en una media agua. La madre trabajaba de nana, puertas afuera, en una casa de La Reina. Los siete niños quedaban solos durante el día, a cargo de la mayor de apenas trece. Esa mañana, uno de los hermanos menores tiró la pelota de fútbol del Grifo al canal. Se la habían enviado de regalo los patrones de su madre cuando supieron que fue seleccionado para el equipo del municipio. Tío Eugenio agregó que decían que era una promesa y que el Colo Colo le tenía echado el ojo. Los niños se quedaron mirando cómo el agua se llevaba el balón. En un arranque desesperado el Grifo gritó: ¡anda a buscarla, huevón! Y empujó al hermano.
Nunca encontraron el cuerpo del niño.
De vez en cuando lo veo. Camina por Avenida La Aguada escupiendo improperios. Suelo invitarlo a tomarse una coca cola y conversamos. No es mal tipo. Sabe de gasfitería. Los vecinos acuden a él cuando tienen algún problema de cañerías.
No hace mucho me pidió le escribiera una carta a su madre. Quiere saber si lo perdonó. De eso hace un mes y no hay respuesta. “Tal vez ya no vive en Peñalolén”, le digo excusándola. Entonces, se agarra el pelo y se lo tironea hasta hacerse daño. Cuando logro que se calme, ruega que lo acompañe a verla.”Usted es educado. Sabe expresarse. Ella lo escuchará”, insiste. “Está bien, Jonathan. Uno de estos días” prometo. Merece el abrazo de su madre. Lo espera hace mucho.
Un lunes, a media tarde, tomamos la micro hacia el antiguo barrio del Grifo, en los faldeos de la cordillera. Tuvimos que hacer trasbordo en Irarrázaval. Demoramos hora y media en llegar. Al loco se le ocurrió ponerse a cantar y cobrarle a los pasajeros. Luego, se sentó a mi lado y me pasó las monedas. “Para el pasaje, jefe”, dijo. Rojo de vergüenza, repuse que las guardara para cigarrillos.
Estaba nublado y hacía frío. Aseguró que no llovería. “No me duele el hueso de la pierna que me quebré”, dijo. Cuando salí había tomado dos casacas. “Gracias, compadre. Pero me gusta más la otra”, repuso cuando le ofrecí una de ellas. Se quedó con la nueva, la había comprado tres días atrás.
Quedamos en pana. Faltaban como veinte cuadras para Plaza Egaña. Tuvimos que esperar la micro que venía atrás. Tardó media hora. El Grifo compró dos helados de agua, pese al frío. Lo lengüeteó como cabro chico. Traté de apurar el mío. Lo mordía. Tragaba pedazos grandes. “Saboréelo, compadre”, me advirtió.
Nos subimos a un vehículo lleno de gente, hartos escolares y sus mochilas. Mamás con niños. Los colegios habían terminado la jornada. Todo el mundo iba de mal genio. Ni hablar del chofer. El Grifo se puso a discutir con unos muchachos. Lo zarandeé de la manga, le dije que se calmara. Los estudiantes se corrieron para atrás.
Pasado el Puente Arrieta nos bajamos. El Grifo se desorientó. Había cambiado su paisaje. Construcciones nuevas, recintos cerrados. No se acordaba del nombre de la calle. “Antes tenían números”, alegó. Quería ir a la orilla del canal, pero no le tuve confianza. Caminamos. El Grifo seguramente recordaba que allí se bañaba en los veranos con sus hermanos.
─¡Jonathan! ─llamó una mujer, desde la entrada de un almacén.
─¡Madrina! ─respondió él. Se abrazaron largo rato.
“Tu mamá hace como cinco años que se fue” “Antes que construyeran el condominio” “No, no sé donde vive” “No se despidió de nadie” “Sólo el Juanjo vivía con ella” “Los demás niños se fueron primero”, iba explicando la mujer a medida que el Grifo preguntaba. Comencé a preocuparme. No sabía cómo podría reaccionar. “Necesito ayuda, Jonathan” “Los sacos de papas y del azúcar pesan” “Estoy vieja” “¿Por qué no te quedas? “¿El Tito?” “Murió. Poco después de que te fuiste” “Ninguno de tus hermanos quiso vivir conmigo” “Pasaron harta hambre cuando tu mamá quedó sin pega de la noche a la mañana” “El Rafa y el Lucho salían a robar” “Dicen que el mayor de tus hermanos está preso en San Miguel”. Increíble cómo la mujer contaba los sucesos uno tras otro sin detenerse.
Y de este modo tan propio del pobre en mi país, que acogen en un santiamén a otro en la casa, lo invitó a vivir con ella.
Han pasado los años. A veces, cuando veo un grifo, pienso en Jonathan. Y me dan deseos de verlo y tomar una coca cola bien helada.

Mujer enamorada

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Por: Marcela Royo Lira

─¿Alberto, sabes quién dejó esta mañana un mensaje en el buzón de voz?
─Intuyo que me dirás algo interesante, querida. No imaginas cómo gozo ese tono especial tuyo para contarme las novedades.
─No te burles, Alberto. Estoy preocupada. Apenas desayuné, el presentimiento, más que cualquier otra cosa, me hizo levantar el fono y averiguar si tenía un mensaje importante, y en efecto estaba el de ella. Fíjate que Dolores viaja en estos momentos en avión a Uruguay. ¿A qué va? Es lo que quisiera saber.
─¡Bah! ¿Eso te preocupa? De seguro se inscribió en algún viaje de la tercera edad.
─Qué poco la conoces, Alberto. Somos amigas desde que íbamos al liceo. Le conozco bien.
─La conocí el mismo día en que me enamoré de ti, querida. Entré al pub y allí estaban riendo, las dos solas en una mesa con una copa de vino blanco en la mano. Llamó mi atención la risa despreocupada de Dolores. Por eso, me acerqué. Tú eras más tímida…
─No la conoces como yo. Temo sea otra de sus locuras. Te conté de cuando vivió exiliada en Suecia, su locura por ese muchacho chascón de los Inti Illimani. Fue atroz. Su madre se moría de vergüenza con las noticias que nos llegaban.
─Querida… querida, por favor. ¡Es una mujer apasionada!
─¿Y cuando le dio por irse a Lisboa detrás de ese fadista, casado y con cinco hijos?
─Recuerdo que reconociste que cualquier mujer podría volverse loca por un hombre como él…
─No sólo su voz… era otra cosa. El tono especial, la fuerza de su interpretación. ¡Pero partir detrás de él! ¡Seguirlo por gran parte de América y toda Europa!
─Conociéndola ¿no se te ocurre qué puede pretender en Uruguay?
─No lo sé, querido. Pero tengo una mala espina, siento miedo. Habló de un viejo tupamaro. Encenderé la televisión, quizás encuentre un programa que me haga olvidar a Dolores.
─Voy a comprar pan y El Mercurio. ¿Necesitas algo más?
─No, gracias.

**

─¿Qué sucede? ¿Por qué gritas, mujer? De la calle se te escucha.
─Ay, Alberto. ¡Es ella! ¡Ella, mírala!
─¿Dónde? Es un tumulto de mujeres.
─Abre los ojos… la de chomba azul… la que abraza a José Mujica… esa que lo besa en la boca ¡delante de todos!
─¿El presidente uruguayo?
─Está loca, Alberto. La semana pasada me dijo que se había enamorado. ¡Que este hombre sí que no se le escapaba!

Creyó

Por: Cecilia Nancy Bustamante Reyes

Pensó que lo iba a encontrar, ya no sabía dónde registrar. Tercer día desaparecido y no quería creer que ya nunca más lo vería, hacía ocho años que la acompañaba, al comienzo se sintió orgullosa de llevarlo consigo, gozaba al dejar que todo el mundo lo viera y supiera que tenía uno, pero poco a poco el entusiasmo se fue enfriando al extremo que últimamente ya casi ni se acordaba que lo llevaba, pero él seguía allí, silencioso y fiel. Así que ¿para qué sacárselo?, ya no le molestaba, aunque el maldito anillo de matrimonio ya no significaba nada para ella, ¡era parte de su dedo!, sólo su peso en oro podía serle útil. ¡Por eso lo único que quería era recuperarlo!

EL HORIZONTE Y EL PERRO

Perro

Por: Cecilia Nancy Bustamante Reyes

La mañana es fría y nublada, el mar refleja en su superficie ondulante el gris de las nubes, Javier camina cabizbajo lentamente por la orilla de la playa solitaria, mientras en el horizonte un barco se desliza diminuto, hacia el puerto cercano.
Es un hombre alto, moreno de verdes ojos y rasgos firmes, su espalda se nota encorvada por el peso de la tristeza. Recuerda la conversación de hace un rato con su hermano Mario, antes de salir a pasear.
―¿Qué te sucede? Te ves angustiado.
―¡Néstor me abandonó!
―¿Cómo sucedió? ―¡Es difícil de creer!
―¡Por supuesto que traté! pero no me escuchó.
―Cuando lo intenté era demasiado tarde, imagina que cuando regresé de uno de mis viajes, estaba drogado.
«¿Por Dios Néstor como llegaste a esto? Nunca lo esperé de ti.»
«¿Qué te sorprende, cuantos días has estado en casa este mes? ¡Responde!» Me dijo, «¡No más de ocho! Tus ausencias me hartaron, tu trabajo es lo primero.»

Javier detiene sus recuerdos un momento, las gaviotas revolotean sobre su cabeza y bajan a la orilla del mar a buscar alimento, sus patas largas y presurosas van dejando huellas débiles y finas en la arena húmeda. La angustia lo invade, siente el dolor de la pérdida, le atenaza y casi le impide respirar, mira el horizonte cree verlo más cercano y luminoso.
Retoma sus añoranzas, todavía está en sus retinas la última vez que se vieron. Néstor llegó a retirar sus cosas, nervioso, alocado, incoherente, lleno de ira hacia él, no logró calmarlo para que hubiesen hablado una vez más, intentó detenerlo, ante lo cual el amante sacó sorpresivamente un arma y amenazó dispararla, lo que aterrorizó a Javier. No pudo hacer nada.
«¡No me retengas, es demasiado tarde! Quédate con tu maldito trabajo y tu vida social. Siempre han sido lo más importantes en tu vida.»
Contempla ese rostro amado y le recuerda cuanta dicha disfrutaron, sus viajes, reuniones con amigos, planes compartidos, sus silencios, el apoyo mutuo, también que ese hogar fue su refugio al rechazo y críticas homofóbicas de los demás.
Años esperando el momento propicio para vivir juntos y develar al mundo su realidad, empezando por sus propias familias. El temor apresaba sus existencias ¿cómo iban a reaccionar en sus respectivos trabajos cuando se enteraran? ¿Cuántas veces escucharon las risas burlonas y crueles de sus compañeros de trabajo y amistades al referirse a personas como ellos?
Todavía Javier recuerda aquel día, la sorpresa y distancia de su padre al saberlo y el velo de tristeza y compasión que cubrió la mirada de su madre.
Todas esas experiencias dolorosas no les detuvieron en su momento para defender su derecho a ser felices y vivir juntos, el amor que sentía el uno por el otro los mantuvo unidos para enfrentar al mundo y su intolerancia. Con temor y lentitud lograron pasar cada valla, permanecer en sus trabajos y lograr una vida normal en su propio hogar. Javier le recuerda todo lo vivido a Néstor, tratando de que no lo abandone y le dice:
«¡Por favor, no te vayas! ¿No ves cómo luchamos para obtener nuestra dicha y tranquilidad?»
Néstor lo mira con rencor, va hacia él y le replica con frialdad. «¿Cómo no voy a recordar?»
Pero nada importó. Javier lo vio tomar sus pertenencias, abrir con urgencia la puerta, para no prolongar más ese momento.
Afuera la lluvia cae inclemente como lágrimas inmensas que se unen al dolor de la ruptura. Desde la puerta vio como se alejaba por la calle sombría y oscura, sintiendo el peso de la soledad y el abandono.
Tiempo después se enteró que viajó a África a trabajar por los más desposeídos del planeta, sin intención de regresar, no había vuelta atrás.
Javier reanuda su caminata, la playa solitaria es como un sedante, de pronto el ladrido sonoro de un perro consigue distraerlo y observa quizás un poco envidioso, cómo el can brinca con gozo mientras se mete al mar, se baña alegre, revolcándose en las olas pequeñas de la orilla, para salir chorreando agua salada, se sacude vigorosamente el agua, que asemeja un abanico a su alrededor y repite travieso una y otra vez lo mismo.
Luego, Javier se percata que el barco ya desapareció en el horizonte, ahora con una luminosidad increíblemente pura y con destellos dorados que lo cubren, se siente atraído como un imán, no puede apartar los ojos de él y camina con decisión y lentitud hacia las olas calmas y grises sumergiéndose poco a poco en ellas.

A LA DISTANCIA

Por: Cecilia Nancy Bustamante

En ese rincón de la céntrica calle se refugia cada día, con dificultad puede mantener la saliva dentro de su boca y más al pronunciar “¡Ayúdeme!” extendiendo su mano hacia los apurados transeúntes, trata de sonreír y apenas logra dibujar una mueca grotesca en su rostro.
Al recibir la limosna sus ojos la agradecen y trabajosamente pone la moneda en el bolsillo del pantalón, mientras, su saliva no quiere permanecer en su lugar y corre espesa y transparente desde los labios hasta la polera húmeda y pastosa.
Para el hombre, el único rayo de luz que ilumina su diario vivir es la presencia de Amelia, la nana de un departamento vecino, que todas las mañanas lo saluda con una sonrisa al pasar.
—¡Hola! ¿Cómo le va?
Ella lo mira de igual a igual, como si la baba que cae por la comisura de sus labios no existiera, y su grotesca mueca con la que parece decir “¡Gracias!”, fuera normal. Quizás el mayor anhelo de él sea poder responderle y conversar con ella.
Es Jueves, llueve cuando él llega, pero su rincón no se moja. Apoyado en la pared siente bienestar, incluso le cuesta menos balbucear lo acostumbrado. Divisa a Amelia que se aproxima por la vereda de enfrente sonriéndole, un poco más lejos se escuchan las sirenas estridentes de autos policiales que se aproximan, de pronto escucha el rechinar de neumáticos, disparos, estruendos y un auto en loca carrera que se aproxima por la calle atestada de vehículos. El auto a gran velocidad sube sobre la cuneta e irrumpe en la vereda, la gente corre despavorida, intentan protegerse ignorantes de lo que sucede. El Baba, así le llaman, sorprendido trata de ver lo que pasa, y de pronto recuerda a Amelia. Mira ansioso hacia donde la vio por última vez, con pavor observa varios cuerpos caídos en la acera, con dificultad y miedo atraviesa la calle y sus temores más recónditos se hacen realidad al verla casi destrozada por el auto que escapa, aún en sus labios está la sonrisa que alegra sus días. El mendigo permanece junto a ella, como esperando a que ella se levante, pero cae pesadamente al suelo al mismo tiempo que siente en su pecho el impacto ardiente y doloroso de un disparo. Abre anchamente los ojos y el mundo se pone patas arriba. En sus retinas queda grabado para siempre el rostro de animal acorralado y lleno de de miedo del mafioso que corre desesperado entre los transeúntes.

Miedo

EivarMoyaPor Tamara Vidaurrázaga

Se metió a la ducha y sintió miedo. Le gustaba bañarse antes de una fiesta, preparándose ante cualquier conquista. Limpio pero nunca perfumado. El olor a transpiración de hombre limpio le gusta a las hembras, pensaba. Les recuerda lo que todavía tienen de animal. Los perfumes son de mariquitas, piensa, mientras se jabona. Tuvo miedo de nuevo, como un apretujón en el estómago, pero prometió portarse concienzudamente esta noche. Ya llegaría mañana con alguna novedad para sus amigos: “A esa hembrita se la comió este pechito”, decía. “Esa carnecita me la serví anoche”, se vanagloriaba. Para él bastaba un beso o unas tocaditas para agregar a una mujer a su larga lista de conquistas presumibles. Le chispearon los ojos imaginándose el manjar que seguramente probaría esta noche. “Esta noche si que no tomo”, se prometió, pensando que así evitaría la vergüenza. Se jabonó el torso ancho y velludo, los brazos musculosos, el miembro por el que sentía tanto orgullo. Salió de la ducha y mientras se secaba las gotas de agua acumulada en su vello, se miró al espejo y dijo en voz alta “Esta noche si que no tomo. Y si tomo, me comporto”. Lo que no dijo en voz alta, pero sí pensó, es que a como diera lugar, en esta fiesta no terminaría como en la anteriores, vestido de mujer y bailando sobre la mesa.

 

*Obra de Eivar Moya. Carboncillo sobre papel.

La mujer que no tenía nada

Torso

*

Astrid Veloso Yáñez

La mujer no tenía brazos ni piernas y el amor de su vida vivía muy lejos. El único camino por el que podía llegar a él estaba infestado de sapos y cucarachas. Ella padecía pavor a estos seres. Entonces recurrió a un método inesperado que cambiaria para siempre su destino.
Realmente, y en honor a la precisión que nos exige este cuento, debemos decir que adoptó dos métodos. En relación a su discapacidad y tomando en cuenta que era mujer de recursos, encargó al extranjero la maravillosa silla Pride Jet 3, también llamada “Scooter Eléctrico Recargable”. También pidió a los fabricantes que le agregaran unas orugas especiales para subir por lugares poco escarpados y/o escaleras, ya que la casa de su amado estaba ubicada en una pequeña colina.

Para sacar del camino a los asquerosos sapos y despreciables cucarachas ideó con la ayuda del técnico la incorporación a su silla de tubos que lanzaban aroma a salvia y ajenjo, como es sabido la mezcla hace que los batracios desaparezcan pues odian estos aromas. Al mismo tiempo el aire salía a menos 5° Celsius, y a las cucarachas el frío no les gusta.

Armada así con este sistema de transporte ya no tenía problemas para visitar al amor de su vida. Pero, durante el proceso de compra de su silla, de la instalación de los mecanismos para alejar a las alimañas, se dio cuenta que “el amor de su vida” era un perfecto patán, que nunca había hecho ningún esfuerzo por visitarla, era un hombre cómodo, flojo e indolente.
Cuestionó seriamente su relación y decidió abandonarlo, se re-encontró consigo misma y valorizó su libertad.

El olor a salvia, más que el del ajenjo provocó efectos especiales entre ella y el técnico, sin darse cuenta se enamoraron perdidamente, se amaron con locura hasta que los efectos del olor a salvia pasaron y el del ajenjo los tranquilizó.

Dicen que una vez calmada la locura amatoria, formalizaron su relación estableciendo una empresa de control de plagas basada en métodos orgánicos no contaminantes.

* annakeiller.com

TREN

Por: Cecilia Nancy Bustamante Reyes

Desde siempre fue el mismo, y el accidente lo confirma, lo que nadie se explica es cómo hizo para salir vivo.
Desde que tiene uso de razón se recordaba escapando de algún hogar de menores, sin padre ni madre, entrando y saliendo de tribunales. Que no lo pueden condenar. Le dicen El Maldito. Es de contextura fuerte, alto, moreno, pelo lacio que le llega casi a los hombros, su mirada es zorruna y escurridiza, un choro por donde lo miren, desde lejos se aprecia su agresividad, ¡duro el güeón!
Su mejilla izquierda la cruza un tremendo tajo, se lo ganó cuando con El Topo, su compañero de correrías de hace años, estaban tomando en un bar de Bandera. Ya estaban casi borrachos cuando a La Poto Loco se le ocurre entrar del burdel de al lado. Era una mina rica, muy joven pero ducha en lo suyo.
Ambos compinches se calientan con la niña, ella no toma partido porque le excita que esos dos choros con cartel de duros se peleen por ella a cuchillada limpia.
Los mira recostada en la barra, con un trago en la mano y una sonrisa socarrona en los labios rojo cereza, la falda diminuta, ajustada al cuerpo y de color púrpura mostraba las piernas largas y torneadas. En el escote un par de tetas grandes amenazaban con salirse de la blusa, ella hacia rato que quería acostarse con uno de los dos, por algo eran famosos en el ambiente.
Los hombres como animales en celo luchan feroces, las cuchillas en sus manos suben, bajan, atraviesan el aire veloces y penetran el cuerpo del rival. Los parroquianos han hecho un círculo alrededor de ellos, avivándolos, esta pelea es un suceso en el lugar, ya que los contrincantes son amigos y socios de fechorías, por lo tanto, no importa quien gane o pierda pues parece ser el fin de la amistad de los dos maleantes.
Entonces El Topo, con precisión de carnicero, le tajea la cara al otro, se lleva a la mujer, y El Maldito con la cara chorreándole la sangre, grita enfurecido. La pareja sale sin mirar para atrás.
—¡Ya los voy a pillar conchesumadre¡, ¡y ahí mismo los mandaré al infierno par de güeones culiados ¡ ¡Me vengaré, de esta no se salvan!
Hasta que llegó el día, los encuentra a la salida de un antro que hacía las veces de bar y motel a un paso de la Estación Central, no alcanzaron ni a darse cuenta de su presencia cuando los charquea a tajo limpio. Sin piedad. La sangre corre por la vereda, las paredes se manchan.
En su afán, El Maldito no se percata que una persona lo ve y llama a la policía. Llega un tira y lo persigue, el matón corre y se mete entre las vías y vagones detenidos en la estación, sabe que si lo atrapa se pudrirá en la cárcel, hasta ahora siempre logró salirse con las suyas, pero de ésta quién sabe… Corre, está seguro de escabullirse, conoce ese sector como la palma de su mano, porque ahí se escondía, desde que era niño. Corre, salta, gira. Logra despistar al policía, espera un tiempo prudente y sale, con una mueca de triunfo en los labios, sonriendo piensa “¡De mí nadie se burla!” Camina displicente y seguro por las vías. Enciende un cigarro y no se da cuenta que la locomotora que se aproxima rápida y silenciosa ya está demasiado cerca.